Principio de Correspondencia
Estimado Andrés y Alberto[1].
Nos saluda una mañana grácil y cristalina como pocas en la ciudad de Santiago, un domingo de tranquila familiaridad lejos del lugar de permanencia. Habíamos tenido con Jaime la primera intención -y por defecto- de poder transcribir las clases del Taller una a una como en los últimos 3 años; la operación no deja de ser menor en cuanto transcripción de lo presentado en la clase in situ que luego se vuelve un “vulgar” escrito para poder ser leído por otros. Hospitalidad ésta de poder transmitir a los otros un quehacer de intimidad y ronda que nutre a la Escuela de su propio quehacer y de la actualidad en que la palabra se nos avecina en el presente cada vez más como una advertencia.
Ya nos decía Amereida de la advertencia, del suspendernos y del dejarnos inquietantes ante la observancia; de eso se trata: ¿cuál es la nuestra? Trataré de explicar en lo sucesivo algunas premisas que al Taller de América le son imprescindibles para su consumación y ejecución, independiente de temporalidades o temperamentos que pudiesen arrastrar esta cosas nuestra hacia las particularidades de cualquier persona o régimen.
El dibujo en la impropiedad del acto.
Es pertinente en este lenguaje que se construye e importante señalarlo: el dibujo está en el límite del acto escritural; por eso podemos hablar de signo puesto que hay un trazo que delinea también a la letra y la dibuja en un conjunto legible; el dibujo muestra lo que ha sido posible presentar; “no hemos venido a ver, sino a no ver[2]”. Toda observación por medio del dibujo anota y contracta un infinito de distingos; así, volvemos a dibujar cada vez como un primerizo amanuense. Partimos dibujando los hurios secos de las playas de la zona, Patricio Cáraves los anotaba en el pizarrón recién pintado, el contraste era exacto para leer una exclusividad, un regalo. Después Fernando Espósito, desde el acto de habitar la ciudad de Barcelona, nos trae la Sagrada Familia y los centros donde él procedía afectuosamente como un huésped. “… Por eso mañana partimos a recorrer América”, terminó David Jolly la semana pasada; silla a silla dibujada, lugar de encuentro de a dos, de a poco, estrechamente, recatado; recuerdo uno de sus dibujos con un hueco por atrás, el cuerpo se vaciaba en el respaldo de la silla y desaparecía.
Hubo una clase con pizarrón vacío, triste parecía el panorama, falta algo cuando ese espacio negro no muestra nada -creo que un televisor apagado al frente de uno dice más todavía-, esa vez Jaime y yo versamos como lo hacemos pero sin ese respaldo que da a la palabra caparazón.
¿Qué trae el dibujo a diferencia de hablar a solas, qué significa mostrar, presentar lo hablado junto al dibujo de un determinado acontecer? Un lenguaje que sostiene su palabra en la iluminación del acontecer por medio del dibujo; la observación también recrea la palabra que al acto nombra.
Las formas de la palabra.
El enunciado de Rimbaud del “largo y razonado desarreglo de todos los sentidos”, es la epifanía del poeta fuera de serie, esto es: aquel que deviene en que su ser actúa más allá de las mediaciones que todo oficio se somete para manifestarse; el acto poético intercede entre unos y otros como un alma hablando a la otra[3]; (…es el silencio que guarda Jesús cuando escribe sobre la arena[4]).
La videncia dio paso a la errancia; la carta donde Godo plantea el porvenir de la poesía es una propuesta de vivacidad en torno al don inescribible del poema, de toda palabra, “he visto entonces al poeta salir de la literatura, sobrepasar el poema, y aún, abandonar la escritura… la poesía existió antes de toda escritura, y nada impide al poeta prescindir de ella”[5]; el sentido semántico de los objetos-palabras retumba cada vez por tecla nueva. “No debería de extrañarme que la música del futuro fuera unísona”[6]. El discurso leído puede remitirse demasiado a una promiscuidad no declarada, unísona; así cada método es la forma de su no camino.
La poética somete a la palabra a una constante transformación en lo que llamamos su expresión, sus formas. Avanzar desde el escrito a la exigencia que lo hablado requiere para celebrarse, nos remite al mismo tiempo que a un origen, a un futuro trato con el vocablo en sus posibles modos de hacerse presente. El verso, incluso lo que se ha llamado el verso libre, no es todavía la figura señera del poema; el acto poético, in situ, aquí y ahora, dicho ahí, acontece más en el espectador que en 1000 páginas de buena literatura (el lector es de a páginas, de líneas, no de volumen). La problemática planteada por el acto poético, ciertamente, no es literaria; no de corrientes, no géneros; nos ocupa el habla en cuanto su cumplimiento y no a su remitida presencia social dentro de una “república”.
Poética del principio y lo principal.
Téngase presente que todo valor de original responde a la apertura de un horizonte que principia[7]; no requiere esto de impulsar una profesión sobre ello que se practica, sino de habilitar la capacidad de ubicarse dentro del juego que se propone; éste es: contractación lúdica de la materia en la extensión (es una proposición). Se trata de esa condición primordial que remite todo al momento de su comparecimiento –in the begining was the word; hacerse presente desde un principio, cuando “el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” y nada más había; esta constatación de lo primordial nos deja lejos de la solemnidad inicial con que todo principia; la poesía ha de llevarnos a ello a todo tiempo y a su vez; sin embargo todo actuar en (lo) presente carece de originalidad por que, en realidad, los actos humanos poseen siempre un remitente que hace de responsable; hasta que la acción no remite a nada y se inaugura como un precedente, una vía de pensar que no había sido transcurrida hasta entonces: el acto poético, el desconido.
Concluyo que la figura de Sócrates del “habla debilitada” puede remitirnos a un esplendor no consumado; qué significa la época de oro? La noción de lo precioso, o de aquello que se precia, debe entenderse como un valor a rescatar de la más desconocida significancia; labor así de todo lector, del escucha y del observador; atender al delicado manifiesto de la realidad.