abril 24, 2006

Presentamos el libro ‘Embarcación Amereida’

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ENCUENTRO CON LOS LIBROS DE LA ESCUELA

Acto en el Museo Nacional de Bellas Artes

Al acto de presentación del jueves 18 de mayo en el MNBA, asistieron más de trescientas personas; amigos de la Escuela, muchos ex alumnos y la familia del autor. Luego de las presentaciones se realizó un brindis en el hall central del Museo, preparado por el diseñador Ricardo Lang y su taller de tercer año de diseño industrial.

Discursos de las presentaciones

Presentaron el libro los sres. Arturo Chicano, Director de la Escuela; Sergio Ostornol, arquitecto naval y co investigador de este proyecto; y el poeta y editor del libro Jaime Reyes

Discurso de Jaime Reyes G

Lo primero es un saludo. 
Saludamos y agradecemos a Boris Ivelic, a todos los alumnos, profesores y talleres de la Escuela, sobretodo a los diseñadores de objetos, que durante más de diez años han vivido, trabajado y estudiado en Aysén del Mar Nuevo. Valga este saludo también para todos los que, en nuestra universidad, y en otros lares y mares, han confiado en la aventura, permitiendo finalmente que ella se extienda en las páginas de este libro.

Hace un año navegábamos a bordo del Aquiles de la Armada, desde Valparaíso hacia el Mar Nuevo de Aysén. Una noche, al preguntar al navegante dónde estábamos, nos dijo que justo frente a la isla Mocha. Cada isla tiene su historia atada al mar, algunas tienen además su nombre atado a la literatura, y unas pocas tienen un nombre que hace sentido en la poesía. La isla Mocha es de estas últimas. Y hace sentido por su relación extraña y directa con otra lejana isla de otro continente. Se trata de la isla de Nantucket, en la costa este de Estados Unidos. 
Hace algunos años llegué hasta Nantucket en un viaje que consistía en plantear preguntas directas a las leyendas de los siete mares. 
Esta es una isla que gobernó las rutas fabulosas de los hemisferios, que envió hombres hasta el último y más desolado de los confines, que leyó en la niebla las partidas y de la mano de la muerte impuso su leyenda en los oídos de todas las latitudes.
Su orilla aún está infestada de máquinas marinas de toda laya que de a miles y miles plantan una espera. Sus anclas son más que un bosque dulce, más que la pesca y aún más que la historia.
Esta isla desciende del matrimonio entre un monstruo y la poesía. Y es una hija pródiga y fiel que decide su distancia y que gesta sus movimientos como lo aprendió hace cientos de años. Es una hija silenciosa que admite curiosidades, pero que aún se reserva el estallido del viento sobre los colores y que no resigna su reverencia ante la luz de los faros.
En ella comenzó un nombre que abriría la sed moderna por el poder en las naciones. Se dijo ese nombre para que Dios continuara gobernando el terror de las quietudes y el diablo arrancara en las tempestades. Se anunció ese nombre sobre todas las bordas del mundo, para que todos lo hombres recordaran, sin cesar, la hondura. Se sugirió ese nombre para marcar cualquier emprendimiento sobre los horizontes sin senda; para designar cada calma muerta, cada tormenta de espuma, cada noche de nuevas estrellas.
Se gritó ese nombre desde los mástiles y las proas cuando la amenaza se convirtió en poema, porque así el desconocido tuvo tiempo propio y sus extensiones volvieron al seno abrigado del mundo. Porque así también se enfrentó el mayor de los miedos y pudieron entonces las musas nadar nuevamente junto al siseo de las quillas y danzar con la útil y sola melodía del cordaje.
Ese nombre que creímos fantástico o cantado sólo en el mito ha abierto tumbas verdaderas sobre el suelo de esta isla. Tumbas en cuyos fondos también se ve el mar; tumbas que abrigan a la locura terrible y a la niñez inocente; que ligan huesos roídos con nacimientos y cuentos antiguos con residencias eternas. El nombre que convence y convierte, que abruma, inventa y recrea. Como los náufragos que se devoraron entre sí mientras la sombra los extraviaba más allá del dolor, mientras el sol hirviente les secaba perpetuamente los ojos, ellos volvieron sin embargo al mar cada vez que la vida les susurraba ese nombre, ese puro y espantoso nombre. El nombre que que aún se lee en los reflejos brillantes de los faros de esta isla; que todavía recorre golpeteando la madera de sus muelles y que roza el balanceo de las boyas. Aquí, antes de embarcarse, todos preguntan una vez más y todos atisban y otean desde la orilla. Como si la verdad, la belleza y el drama estuviesen rondando a pocas millas; como si la silueta siniestra y alba los observara semi sumergida aguardando renacer con mejor furia, con más veladuras y con la culminación total de la aventura.
Por supuesto, Moby Dick es el Nombre en la isla de Nantucket.

En Nantucket me encontré con documentadas versiones que indican que el primer nombre de la más famosa novela de Herman Melville fue “Mocha Dick”. Cuenta la leyenda que en los alrededores de esta isla dos barcos fueron atacados por un enorme cachalote gris. El mismísimo Melville, de hecho, navegó estos mares. Lo cierto es que Moby Dick está basada en la crónica que escribiera un joven sobreviviente del Essex, un barco ballenero de Nantucket. El Essex fue atacado, partido en dos y hundido por una enorme ballena frente a las costas chilenas. Sobrevivieron hombres en dos botes, sobre los cuales debieron incluso alimentarse de sus muertos. Uno de los botes fue rescatado frente a las costas de Iquique y el otro llegó a Juan Fernández. Uno de los sobrevivientes escribió y publicó la crónica del naufragio y Melville se basó en ella. 
¿Y qué de la poesía con todo esto? Al final del volumen segundo de amereida hay una bitácora, escrita por Claudio Girola, de la primera travesía. Godo le hizo unas notas a esa bitácora. La nota 46 dice:

También el olvido es bello, olvidar, por ejemplo, que el arrojo es la travesía y no la vida de un obstáculo, en este caso, el perro. Pero la hermosura cuenta menos que la ruta y esto sí que es difícil aprenderlo. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Hacer tal ruta, abrir tal rumbo, tal vez de tales cosas, interrogaba Kant a los capitanes de barcos balleneros, aquellos que Melville dijo que buscaban la ballena blanca y tal vez Ajab sea el nombre de la musa de toda pura travesía.

Y entonces ahora nos preguntamos ¿Por qué Ajab puede ser la Musa de toda pura Travesía?
Porque la ballena blanca es el miedo vuelto nombre, y así, nombrado, se hace real y existente. El miedo hecho carne sobre la realidad. El miedo es una musa, nos dijo Ignacio Balcells. Y sólo en el abismo más espantoso es posible concebir un miedo semejante. Ese abismo terrible es el mar. La tierra firme no puede elaborar un vértigo como ese; uno donde incluso la muerte carece de tiempo y de lugar. Para la mayoría de nosotros, sobre todo para los latinoamericanos, el mar no es parte de este mundo; no existe como posibilidad de ha lugar, de habitación, de vida y promesa de más vida. Por eso el gran Hölderlin, cuando quiere cantar los fundamentos sustanciales de la formación de una nación, escribe un elogio al mar llamado “El Archipiélago”. El poeta sabía que los griegos vivían en un archi-piélago, pensándolo no como un conjunto de muchas islas, sino como un conjunto de mares. La diferencia es radical. 
El Mar Nuevo de Aysén es un archipiélago. La épica de la fundación del mar Patagónico, como reza el título de este libro, implica aprehender que la hermosura cuenta menos que la ruta. Esto es difícil aprehenderlo porque nosotros, especialmente quienes estamos dedicados a una vida en el arte, pensamos y anhelamos que todo cuanto hacemos esté lanzado hacia la belleza. Y de hecho es así; en la belleza residen las musas que abren verdaderamente el mundo y todos los artistas de la historia han querido trabajar bailando y danzando con ellas. Al parecer, sin embargo, en nuestra tarea hay algo más profundo que la belleza. Como si no importara que cada obra que acometemos obtenga o no la belleza. De hecho ese olvido es un abandono; es el acto de Eneas con Dido. El olvido que también es bello, como que nosotros hagamos nuestras obras para abandonarlas, pero no porque no nos importen o nos de lo mismo lo que suceda con ellas. Nuestro abandono es un desprendimiento en el sentido del regalo. Nuestras obras son regaladas y por eso “las olvidamos”, olvidamos su belleza y volvemos a comenzar, año tras año.
Por eso Godo dice que la ruta, aquello que es más importante que la belleza, se parece al amor, porque el amor esto es lo que enseña; volver a comenzar siempre, volver a no saber. Para que el amor exista es necesario ser siempre inocente, mantener la emoción del primer encuentro, permanecer en un estado de enamoramiento, todo en la flor de la piel, en la novedad. Y esto es lo difícil, porque el ritmo de la vida diaria muy pronto se convierte en rutina y ahí todo se muere. Nuestras travesías igual; cuando se conviertan en un acto rutinario simplemente las dejaremos de hacer. Por eso se hizo la embarcación Amereida, para volver a partir hacia un Mar Nuevo, para estar atentos y vigilantes en la aventura. Esa vigilia es la del capitán Ajab, un hombre terrible que sin embargo acometió un acto extraordinario: atravezó el mundo tras el desconocido, que es la ballena blanca. La aventura total; navegar todos los océanos y mares del mundo tras el miedo máximo, y siendo capaz de consentir, en esa aventura, incluso su propia muerte. 
Este libro es acaso un reflejo de tales cuestiones; el testimonio definitivo de nuestra propia aventura.

Otros Antecedentes de este libro

De la Edición

Podríamos decir que esta historia comenzó en 1965 cuando un grupo de artistas realizó un extraordinario viaje desde la Patagonia hasta Santa Cruz de la Sierra. Luego, en 1984 la Escuela de Arquitectura y Diseño recogió la indicación poética y dio inicio a las travesías. Entonces los talleres emprendieron viajes a lo largo y ancho de América.

De la presentación en Puerto Montt

«…hace ya muchos años, cuando un amigo de nuestra Escuela –al que llamaremos Juan- le hizo una invitación a un Taller de Diseño de Objetos. La invitación consistía en ir hasta un lejano país. Un país que nace justamente desde esta ciudad hacia el sur. Un país que llamamos Trapananda.

De la presentación en la Casa Central PUCV

«…ese día fue fundado el Aysén del mar. Ese día no se inició una construcción; se reconoció un abismo. Ese día no se puso una primera piedra; se caló un señuelo inaugural. Ese día picó el pez imposible, el padre de todos los peces, el alimento de todos los hombres, la remuneración de todos los miedos. Ese día picó la paz en la medalla.