abril 5, 2006

La Invención de la Piel de Kukulkán.

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Para aquel que viene y principia su tiempo de estudio; esto es: quien se convierte en estudiante y adquiere el estatuto del ser universitario, el acto de recepción se vuelve un signo de pertenencia en ese Universo -Universidad que es comunidad- en el que es recibido como uno de los suyos. No lejos del estudio, la fiesta, el acto, el reunirse no en el aula, sino en la ciudad, permiten que toda celebración sea un ejercicio del ser universitario en cuanto participación de los ya pertenecientes y las nuevas generaciones que constituyen cada año el corpus nuevo que hace a la Escuela y nos permite a todos, alumnos y profesores ejercer la misma familiaridad que participa de lo abierto.


“Pues no se nace, se principia latino”
, nos dice Amereida; este es el signo de nuestro acto, no de nacimiento, sino de principiar en el camino del estudio que vuelve a cada cual un príncipe de su aprendizaje y, al mismo tiempo, siervo de sí mismo, puesto que llevar adelante esta premisa es esfuerzo múltiple de la propia práctica (el dibujo que observa y da forma) y de la faena emprendida entre varios: el acto que recibe al alumno y le regala una nueva pertenencia. Decimos pertenencia porque partimos en el curso nuestro del presente que nos pertenece; desde aquí, tomamos dos palabras que abrieron este año académico para otorgarle estatura a ese presente y vigor al oficio:
Nosotros hemos salido haciendo esta salida o esta entrada por América con ánimo de principiantes. Hay una cierta dedicación una paciencia y una pasión que consiste en buscarle un comienzo al comienzo. Y esto es lo que hace a un principiante.

Las más veces parece tontera o locura o simplemente pérdida de tiempo esta aplicación en tantear y calcular el comienzo de algo que comenzó hace tiempo. Pero esto es lo que hace a un principiante.

Nosotros somos los principiantes y hemos venido desde lejos aquí. Y ustedes aquí son los príncipes. Los príncipes aparentemente nada tienen que ver con los comienzos de los comienzos.

Los príncipes mandan en algo que ya está en marcha, en algo que marcha bien, en algo que aparentemente no necesita que le anden recomenzando sus comienzos.

Pero ¿por qué los he llamado a Uds. príncipes? ¿Por qué son Uds. príncipes? Porque Uds. se ocupan, dándole ímpetu al cálculo, día y noche, Uds. se ocupan de algo principal.

Amereida, pg. 62 y 63


Estas palabras de Amereida resuenan como una dedicación delicadamente acertada y que el oyente del poema atiende como en un diálogo exclusivo entre uno y otro; la palabra poética le habla a uno desde esa pertenencia o reconocimiento.

Hablar, decir y recitar es este modo de recibir que tiene la palabra poética de acercar lo propio a lo desconocido; el juego -diferente al divertimento- consiste en suspenderse en pos de un resultado que sólo tiene cumplimiento en la propia resolución de dicho juego(léase Un golpe de dados nunca suprimirá el azar, S. Mallarmé).

La segunda palabra para este inicio fue traída por Alberto Cruz en la primera clase del Taller de América; habíamos estado fugazmente esa mañana en Santiago con Carlos Covarrubias, y a la hora del Taller Alberto recuerda un verso del poeta: La Bella Verificación; remitida a la observación y al acto de verificar, de acertar ese valor de verdad de las cosas, la verificación multiplicaba su valor al adscribirse a la belleza, -acto de la poesía ese de reunir lo dispar y abrir el horizonte de las palabras-. Era un fragmento del Aire Enrarecido, un libro de Carlos editado por la Ciudad Abierta el año 90:

La Bella Verificación

Esta renuncia arraigada a la pilastra.

Las garzas
añadiendo ojos cambiantes a los datos
los abandonos rigen la carne
la cadencia en la calle.

El modelo ciego
el alma cúbica desecha a lo largo
oral cerca al pergamino.

Al abrigo del juicio
tonos puros y virtuales en la tolerancia
ayer.

La equidad alterna
la puerta
la asimetría encarnada.

Método de transparencias
por el acto alguien deja su sitio
las palpitaciones súbitas.

Tal continuidad.

Brevísima interrumpía la marcha
los bordes aptos del puente
el estambre
luego la mira compondría la distancia.

Habría quien hubiera querido verte transeúnte
celebrando la nostalgia en la página
la pereza bajo la rama
el dorso arcaico y

al descender por su extranjería
aquel pabellón.

*

Antesala de la Palabra

Nos reunimos a las 6 de la tarde el Caleta Portales al inicio del Paseo Weellwright recién inaugurado, los alumnos de primer Año habían construido cada uno dos máscaras, la suya y la otra para un compañero mayor; ellas no dejaban ver hacia delante, más aún, impedían ver. Pero todavía podíamos oír; buscamos a la Reina y al Rey y llamamos a todos al centro de la ronda, todos con su máscara de frente, menos los Reyes que dejaban sus miradas visible. La primera explanada del paseo tiene una serie de bancas de hormigón que íbamos rodeando en el avance; guiada por la mano el Rey, la Reina subía y bajaba las bancas, y cuando estaba sobre ellas, se detenían, y se proclamaban los versos del poema con que la Reina fue elegida entre sus pares hace unos días. Así, de verso en verso, avanzamos hasta que el poema fue dicho en su totalidad; podríamos decir que un real modo de entrar es por la palabra como un anticipo de lo porvenir. El poema tenía por nombre:

Invención de una Belleza.   

La edad del árbol
culmina en la frontera.

El juego de la juventud
disputa el juicio moderno
del color.

Conoce el goce
el tiempo de la incertidumbre
y la lucha de la creación y la vida.

Amigo
viaje al fuego de la sabiduría
a la aventura sin enemigos
a la búsqueda del soliloquio
que da luz al cielo.

No impone la muerte imposibles
ni fantasmas aquí acogidos.

Mis amigos
la palabra es superficie
y el sol de este dominio
ya principia.

*

Entremedio del Dardo

El paseo se angosta luego de la explanada de las bancas; comenzamos a descender, al lado poniente apoyado en las barandas que dan a la playa varios conjuntos de tubos naranjos aguardaban a los participantes; junto a ellos bolsas de papel contenían los dardos de papeles de colores que se introducían en los tubos para ser disparados como una cerbatana. Cargadas las municiones, por la playa hacia nosotros serpenteando la Serpiente Emplumada se acercaba donde estaban los disparadores que comenzaron acertar sus dardos en el cuerpo de la serpiente; más de 5 paseos y ella quedó clavada por cientos de dardos; luego de acabadas las municiones y después de un momento de contemplación, los que llevaban desde su interior a la serpiente, la depositan en el suelo a lo largo de la playa, entonces un grupo de alumnos con spray de colores correspondientes a los colores de los dardos fueron uniendo los dardos amarillos con los amarillos, los naranjos con los naranjos y los verdes con los verdes. El cuerpo de Kukulkan quedó dibujado con un trazado de 3 constelaciones de colores que atravesaban su enorme cuerpo. Esta acción posterior de “recapitular” o de continuar la operativa del juego y contemplarla, le daba sentido al acto de disparar dichos dardos, el acto se va resolviendo siempre en el presente de su definición, nada quedaba sin que su ciclo completase la vuelta que lo “encierra” en una unidad partícipe del acto entero; dispararle a la serpiente era constituyente y resolutivo de la invención de la piel de Kukulkan.

*

Ábside del Bocado

Seguimos caminando, todavía quedaban máscaras sobre las cabezas; dejamos extendida la serpiente sobre la arena; el día comenzaba a descender, una luna incipiente se asomaba sobre el cielo atardeciendo; la noche comenzaba iluminando nuestro avance. El paseo se angostaba más y en la medida que llegábamos a la última angostura el poema de la Bella Verificación se iba recitando fortísimo junto a los módulos apoyados en la baranda que contenían los versos del poema que iluminados desde atrás dejaban leer cada una de las letras que lo conformaban. El banquete, luego de la palabra y junto al vino, eran esas mismas letras que moldeadas en jalea y base de cobertura de chocolate, comíamos una a una para quedarnos dentro del poema y degustar las “unidades discretas” que arman las palabras; oír, leer y luego comerse las mismas letras que hacían esas palabras vivas y orales en su momento fue un instante cúlmine de intimidad con la palabra cuando es ella la que recorre todas las instancias del acto; incluso esta cotidiana del ingerir alimento. La palabra se hacía carne y el acto cuerpo de todos.