abril 11, 2006

Clase 4. Trimestre I / 2006

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Canto XIII

la nave de los ángeles

del libro «La Nave de los Ángeles» de Jaime Reyes G.

Los primeros en posarse sobre nuestras landas fueron los ángeles antiguos, que usaban desnudas las manos y con ojos de un solo color que fulguraban el lustre profundo de los cielos. No traían estandartes ni emblemas ni escudos, sino el mobiliario sencillo para servir una primera mesa. Ellos eran la invitación de las plazas. Y bebimos la naturaleza reunidos sin hablar, pero no en silencio. Estaba así iniciada la llegada y la redención. Poco a poco levantaron un sitio hasta convertirlo en lugar por el saludo. Ellos eran el saludo. Pero estaban retirados en las cobijas pobres que regalaron a los forasteros de todos los caminos y se quedaron en mil esquinas marcando el perímetro de una estancia, como si luego fuesen a servir de matriz para el alzamiento de las ciudades del mundo.

Después bajaron los ángeles niños en un tropel tumultuoso y silbante. Esa algarabía era la inocencia. Inundaron la mesa, el perímetro y el derredor decretando juegos. Nos llamaban uno a uno en voz cumbre, pronunciándonos con esos nombres que creíamos olvidados; esos nombres santos que recibimos en la hora del nacimiento. Ellos eran el nacimiento. Armadores de ruedas, cantaban y cantaban abatiendo la solemnidad y apabullando al rigor ceremonioso. En ese desorden entendimos que ya no seríamos anulados por la muerte, porque todo reino les pertenecía.

Bajaron luego los ángeles fantasmas y nuestro rostro se repletó de horror al ver la novedad transfigurada en antiguo régimen, pero eran rostros conocidos, como si sus cuerpos fuesen la figura perfecta de los espejos. Tradujeron el alivio hablando dialectos incomprensibles. Sus pies no tocaban nunca el suelo, pero no podían volar, como si una fuerza exquisita los jalara hacia abajo sin alcanzar a hundirlos. Éstos traían cofres, arcas, cuevas y laberintos repletos con los más insólitos tesoros. No eran joyas ni oro, sino los detalles incontables de la vida; aquellos que recordábamos y también los que habíamos pagado al olvido. Ellos eran la suma del tiempo y derogaron las mutilaciones con que estábamos acostumbrados a sobrevivir -indiferentes- entre pasado, presente y futuro. No se quedaron en la playa; prosiguieron -traspasándonos- y se adentraron hacia los valles y las montañas y los desiertos. Una estela fragante sí permaneció fluyendo como un aroma visible; bailando y silbando sobre nuestros regalos.

Entonces comparecieron los ángeles albos. Vestidos de pobreza celeste; la que ha renunciado incluso a los colores. Demostraron, sin embargo y de un solo trazo, que basta una reverencia hacia lo alto para que el aire y el viento se vistan con la fastuosidad inenarrable de los milagros. Ellos eran los lirios del campo. Se movían sutilmente, humildes, pero con la mirada fina franqueando nuestras frentes. No nos pidieron nada, no hablaron demasiado, pero uno a uno fueron ubicándose detrás de cada uno de nosotros, tocándonos las espaldas como el sol en los campos, como la sal en los desiertos. Girando suavemente sobre los hombros alcanzamos a advertir un sudor, quieto como el hielo eterno de las cumbres, que se vertía desde sus bocas: era la historia del trabajo transmutada en una exhalación sólida, palpable, tersa. Y verdadera. Nunca habíamos visto semejante testimonio. Cuando nos animábamos a hablarles cuando crujió un estrépito delicado sobre los mástiles; caían las velas serenas sobre las jarcias y los aparejos. El velamen bruñido se congregaba entre los cordajes. Se estableció entonces la índole divina de estos arribos: llegaban para quedarse.

Hubo unos instantes de suspenso. Algunos botes regresaron a los barcos como si fuese el momento de una fase puramente terrestre. Pero regresaron éstos y otros miles. Allí venían los ángeles de la guardia. Veloces, prestos, con ojos tan grandes que se les salían las almas batiéndose en luz, en fuego, en extensión. Ellos eran los vigilantes, los príncipes del comienzo, los que cultivan el nacimiento del tiempo. Se apostaron sobre nuestras cabezas como un cetro imborrable e innegable. Nadie pudo evadirlos ni consentirlos; simplemente se quedaron ahí arriba, al alcance de un salto, viendo hacia todo el derredor, estremeciéndose ante cualquier cruce de palabras, ante cualquier sueño, ante cualquier indicio de hallazgo o de encuentro. Los que se posaron sobre nuestros niños eran los más luminosos, los más atentos, los más hermosos. Como si aquellas vigilias infantiles urgieran oídos distintos, gracias nuevas y murmullos felices. Es cierto, murmuraban una extraña y útil melodía para impedir que la maldición fantasmal del silencio recayera sobre los espíritus de los pequeños. Estaban más allá de la mera compañía, justo en la condición humana.

«El Dragón grande, la antigua serpiente, fue arrojado a la Tierra y sus ángeles con él»

Las ilustraciones del libro, y las notas correspondientes, son composiciones fotográficas sobre los ángeles de papel del diseñador Gustavo Orellana.

David Jolly.

Croquis 1.

En una exposición de los Tracios que son un pueblo vecino y anterior a los Griegos que me tocó ver, estaba expuesta una figura hecha con algún tipo de cerámica esta mesa con su silla. Estaba fechada el año 1500 antes de Cristo.
Así podemos constatar que la mesa es una construcción que se pierde en el fondo de la historia, y la tenemos hoy presente dándole forma a nuestro habitar, cada día.

Croquis 1 y 2 Museo Caixa Forum, Barcelona España.

Croquis 2.

En un museo, que es un gran espacio, que es la refacción de un edificio con un destino primero distinto, por ejemplo era una industria y que hoy se lo ha convertido en un museo. En él hay amplias salas donde se exponen obras de arte. El que lo visita mira pausadamente, contempla las obras en lo mas alto de sí mismo, la mas alta construcción humana –el arte- con la mas alta mirada de cada cual en un recinto vasto. Esto es un palacio contemporáneo.
En este lugar hay una cafetería, que es la celebración de lo que se ha visto, comiendo algo breve, la celebración del presente con la comida sin residuo, las bebidas los sandwiches, el canto a la eficiencia. Ahí hay dos tipos de mesas unas con sillas para estar entre varios y también está la barra, que es una mesa para estar como de pie, sin enfrentarse, con el tiempo regulado por el comensal, cada cual decide cuando se para.

Croquis 1 y 2 Museo Caixa Forum, Barcelona España.

Croquis 3.

Un palacio tradicional, dedicado a la música, es un edificio que celebra el triunfo de la ciudad en su dedicación al arte de la música que culmina disfrutando de ella, oyéndola en un acto solemne.
Lo culminante del está recogido en el edificio en la invención de sus capiteles, que están construidos con unas flores (hortensias) giradas, el arquitecto casi en un arrebato hacia la abstracción para quedar en el espacio y no en la decoración ha colocado las flores al revés de cómo se las ve en el jardín, exponiendo su tallo y el revés de las flores.
Bajo estas columnas, junto a esta magnificencia hacia la abstracción, hay unas mesas cotidianas para sentarse a tomar un café, es una complacencia diaria.

Croquis 3 Palau de la Música, Barcelona España.

Croquis 4.

Una mesa en la calle.
Esta mesa emplazada sobre la acera, muestra la potencia de nuestro presente hoy podemos residir en todas partes, el interior puesto afuera porque el clima lo permite.

Croquis 4 Calle Enric Granados Barcelona España.

Croquis 5.

Un café-retaurant (una brasserie).
A medio día, en el centro en la máxima densidad, se dispone de poca extensión para cada cual, una mesa que tiene 48 cm de lado para estar comiendo dos personas en medio de la ciudad una forma de la alegría del presente. Esto es posible por la urbanidad donde los movimientos, las miradas, los gestos consideran al otro sin invadirlo.

Croquis 5 Calle Monsieur Le Prince, Paris Francia.

Croquis 6.

La ausencia de la mesa.
En una terraza de la Universidad, los alumnos se sientan bajo el sol en la primavera a comerse su almuerzo apoyados contra un muro bajo que deja ver a quienes están en la otra terraza.

Croquis 6 Escuela Superior de Arquitectura de la UPC Barcelona España.

Recapitulando:

Nos damos cuenta que esta realidad en la que habitamos en mesas es un hecho largamente construido que heredamos desde un comienzo insondable.
Así la mesa de un palacio actual en sus dos versiones solo o acompañado es la mesa para darse un gusto.
También la mesa junto a la magnificencia que parte con un acto solemne tiene su versión cotidiana.
La mesa en la calle que canta la potencia del habitar hoy donde toda extensión se puede volver habitable porque esa potencia la llevamos en el cuerpo es la actitud de habitar.
En medio de la ciudad en su centro, en el medio del día, una detención, ante un plato cuidado, un alto, es una pequeña celebración. Todo esto ocurre en la mínima extensión, y es posible porque hay una urbanidad ortogonal.
Y por último la mesa que no está, sobre el suelo y bajo un sol templado,
los jóvenes poseídos por la gracia de su edad suplen el espacio con una abundancia de energía, sus cuerpos prestos construyen la mesa en sus gestos.
Nosotros somos herederos de esta multiplicidad que habita en mesas, ninguna nos es extraña, son todas propias.
Y estamos en este continente y desde la visión de Amereida permaneceremos en él, no vamos a emigrar. Es mas queremos desvelarlo y para eso construimos. Entonces nos preguntamos ¿Cuál mesa? ¿Qué mesa construiremos?

Para respondernos esto mañana partimos a recorrer América.