diciembre 22, 2005

Lanzamiento del libro Embarcación Amereida

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Lanzamiento oficial del libro

En la sala Obra Gruesa de la PUCV se llevó a cabo el acto de lanzamiento de los libros ganadores del concurso de publicaciones académicas de nuestra universidad. En dicho concurso participan académicos de todas las escuelas y facultades, resultando ganadores 5 títulos el año 2004, entre ellos «Embarcación Amereida y la épica de fundar el mar patagónico» del profesor de Diseño Industrial de nuestra Escuela, Boris Ivelic K.

La presentación del libro

estuvo a cargo del poeta Jaime Reyes, jefe del Taller de Ediciones e.[ad].

Señor Rector, autoridades, señores decanos y directores, profesores, alumnos y amigos.

Hace más de doscientos años un hombre, que en una piragua a vela y remos se internaba junto con otros pocos por estos canales aún innominados en busca de hombres sin alma, llegó un día de mares al límite de su fe. Ni los padrenuestros, ni las avemarías, ni las letanías apiadaban al Dios de esas olas que los quebrantaban y de esos vientos desgarradores. Su piragua iba a zozobrar. Entonces ese sacerdote tomó una cuerda – imagina [en] sus dedos duros de frío, apurados, temblorosos – amarró una medalla con la efigie de San Francisco Javier y la echó al agua. Y nos favoreció el santo – dice – pues ya iban en decadencia los huracanes y dos de ellos vi que, declinando por estribor con mucha oscuridad y agua, nos dejaron libres las débiles embarcaciones, tan pequeñas y sin resistencia que me horrorizaba de sólo pensarlo, pues un navío no hiciera poco en conservarse entre tanta tormenta.

¿Qué hizo José García Alsué, el sacerdote jesuita, al echar la medalla del santo pendiente de un cordel a las aguas enfurecidas? En nota de pie de página los editores modernos de su Diario de Viaje juzgan que el jesuita, tan supersticioso en esto como los indios que buscaba, lo hizo para castigar al santo. Para que en efigie él sufriera lo que cristianos devotos suyos sufrían en carne y hueso sin ser oídos.

Pero este comentario, aún desde el punto de vista de la superstición, es una estupidez. ¿No era justamente ahí, en la piragua, donde la medalla compartía la suerte atroz de sus tripulantes, a medias vivos entre el aire y el agua? ¿Qué castigo peor que ese podía haber en la hondura quieta del mar?

No. Esa noche de tormenta [que pasé] en las afueras de la isla Guamblín comprendí que 200 años antes el padre García había en verdad echado al agua un señuelo. Un señuelo hecho para pescar la paz de la hondura. ¡Imagina [en] un pequeño óvalo de plata con la figura impávida del Santo misionero oscilando apenas iluminada por la suave luz submarina del canal! ¡Imagina [en] al sacerdote diez metros más arriba, extenuado y despavorido, sujetando el cordel de la medalla en medio de las olas rabiosas, las ráfagas, los turbiones y los gritos de desesperación de sus marineros! ¡Imagina [en] su fortaleza espiritual capaz de sostener ese cabo leva, flojo, nulo, en esa vorágine llena de golpazos, estampidos, quebraduras, rasgones! ¡Qué acto tan extraño me parecía antes y ahora cuán lleno de sentido! En medio de una tormenta, en medio de un fiordo abrupto, ¿dónde puede fondear un barco sino en la paz de las aguas?, ¿cómo van a aquietarse las aguas si no se vuelven también templo?, ¿cómo van a encontrar su paz si no son incluidas en el orden de la Creación?, ¿cómo van a entrar en la armonía del cosmos sin palabra?

Como San Francisco de Asís predicando a los animales, el padre García halló en la naturaleza otra dimensión para la palabra. Pero, de agua como es el mar, ¿cómo podía oír? Por eso el jesuita calló y hundió una imagen. Para convertir al mar. Y en esa imagen hundida en el mar como un señuelo, picó el pez fabuloso de la paz de las profundidades. Entonces el jesuita recogió el cordel y sacó al aire la medalla húmeda. Y con ella sacó al sol de entre las nubes, sacó su piragua de los huracanes.

Ese día fue fundado el Aysén del mar. Ese día no se inició una construcción; se reconoció un abismo. Ese día no se puso una primera piedra; se caló un señuelo inaugural. Ese día picó el pez imposible, el padre de todos los peces, el alimento de todos los hombres, la remuneración de todos los miedos. Ese día picó la paz en la medalla.

Han pasado dos siglos desde entonces. Mil naufragios posteriores atestiguan que el padre García no celebró un pacto con estos mares, amansándolos para siempre. Los hombres siguen aquí echando sus embarcaciones al agua con cautela, siguen mirando las nubes y desgarros del aire con ojos ansiosos. Y siguen naufragando y muriendo. Pero desde ese día y acto la muerte por mar fue aquí destino humano y no mera tragadura del hombre por un abismo sin dios. Desde ese día los que mueren aquí en el mar mueren en el mundo y no fuera de él, en un eriazo de la creación. Y cuando en un lugar de la tierra la muerte recobra el sentido, entonces ya los hombres pueden vivir en él. Esa es la paz de que hablo. Por eso digo que el jesuita, lúcido de miedo ese día de zozobra, fundó este Aysén con su sola cuerda y medalla como no lo hubiera hecho un ejército trazando surcos, levantando empalizadas, abriendo espesuras, sondeando bahías, fijando derrotas.

El relato pertenece a “Aysén Carta del Mar Nuevo”, de Ignacio Balcells. Lo he leído aquí tal como lo hemos leído tantas veces estando en el archipiélago porque ilumina y aclara el comienzo de la épica de fundar un mar, a través de una embarcación llamada amereida.

Todo comenzó hace ya muchos años, al inicio de un verano extraño. En aquella ocasión debía reunirme en Río Negro, al norte de San Ignacio de Huinay, con un viejo constructor de botes al que conocíamos como Don Checho. Él era el maestro que nos enseñaría y nos guiaría en la desconocida empresa de hacer un barco. Construiríamos en su taller, trabajaríamos con sus herramientas, viviríamos con su familia, aprenderíamos con su oficio heredado de la tradición de su padre y de los hondos secretos de ese lugar. El día del encuentro, por estar enfermo, no pude ir a Río Negro y no llegué a reunirme con Don Checho. Algunos días después, de regreso en Viña, me contaron que él me había esperado, y que en el viaje de regreso a Huinay se había ahogado. La noticia me produjo culpa; mi conciencia quedó atormentada; pensaba que, tal vez, si yo hubiese estado con él, no se habría ahogado. Pasé el resto del verano enclaustrado en una casa de Santiago, leyendo y sólo leyendo. En marzo supe que Don Checho sí había regresado a su casa en Huinay después de ir a buscarme, y que luego había salido, solo, al mar. Encontraron después su bote a la deriva, con algunas de sus pertencias a bordo. ¿Se fue, simplemente? ¿Se suicidó? ¿Desapareció en la pura fidelidad dentro de su mar silencioso? La soledad de mis lecturas estivales, durante ese tiempo ancho, ya habían marcado el horizonte de nuestra empresa con un signo eterno y nada podría borrar el sentido de esa muerte como revelación. ¿Revelación de qué? revelación del modo como es la épica humana, la epopeya de los buscadores de patria, la saga de los buscadores de destino.

Sucede que una aventura épica es siempre una cuestión de deuda, un modo de vida que permanentemente nos convierte en deudos. Nos debemos primeramente, para fundar el origen de un pueblo, a nuestros propios muertos. Godo decía que “En América a nadie lo han acunado con cuentos donde figuraran ni el descubrimiento de América, ni la conquista, ni la lucha por la independencia. A ninguno de nosotros nos contaron las abuelas, para hacernos dormir, las historias de Lautaro, o de Moctezuma o de Sarmiento de Gamboa. La historia nuestra no ha llegado a ser cuento. En otros pueblos, todavía se cuenta, para hacer dormir a un niño, la historia de Aquiles, o de Sigfredo y las brujas. Este hecho, lo primero que nos revela es que nosotros no sabemos aún dónde están nuestros muertos. Pero tenemos que abordarlos, so pena de morir de cualquier modo.Tenemos que abordarlos para poder saber cómo vivir y cómo morir.”

Pues nosotros, en la construcción de la embaracación amereida abordamos la tradición de Don Checho. Y en esta épica de fundar el mar patagónico abordamos la poesía de Ignacio Balcells.
Sólo desde este primer pie es que podemos mantener una fidelidad incorrompible; sólo establecidos sobre esta voluntad poética es que conseguimos que lo adverso se mude en favorable; sólo lanzados y a travesados por ese rigor precioso es que las musas y el Dios nos favorecen en el riesgo siempre. Sólo siendo así deudos la propia deuda se hace deber y así podemos navegar, abrir y subir un nuevo mundo al claro de los hombres.

Saludamos y agradecemos a Boris Ivelic, a los alumnos, profesores y talleres de la Escuela, sobretodo a los diseñadores, que durante más de diez años han vivido, trabajado y estudiado en Aysén del Mar Nuevo. Valga este saludo también para todos los que, en esta universidad, y en otros lares, han confiado en la aventura, permitiendo finalmente que ella se extienda en las páginas de este libro.