Encomienda y Regalo a los Alumnos que Egresan
Cada vez que los alumnos terminan su titulación y egresan, la Escuela los despide con un acto en que a cada uno se le hace entrega un regalo que ha sido preparado para ellos a propósito de las circunstancias que a ellos envuelve y a la Escuela le son pertinentes.
Esta vez se ha nombrado al regalo la Encomienda, en cuanto la Escuela y sus profesores le encomiendan a los alumnos el afán por el oficio y su dedicación… reza así:
“En la palabra y privilegio de la forma se fecunda la suave gentileza que sella el paso con férrea determinación en la escena del nosotros que evangeliza el confín del mundo, el corazón de la obra dibuja el continente. La perseverancia es favorecida cuando el temple se perfila al entusiasmo y la serenidad conduce a la definición del detalle: amor a la obra.”
Junto a ello e íntimamente a la vez, el Padre Ricardo Smith, quien imparte en la Escuela el curso de Cultura Religiosa, pide el silencio apropiado para oír a Juan, cuando dice: “en el principio era la palabra” (Juan 1, 1-18), les bendice y así cada cual se va encomendado.
A continuación un Prólogo a la Encomienda el cual trata de las materias que en la elaboración del regalo, y su ronda en él, se iban haciendo presente en la reflexión que la práctica incita en el pensamiento, el cual se puede transcribir en un escrito, éste que aquí se lee:
Antesala del Lector
Se prologa un prólogo para permitirse habitar el instante que nos propone el estar “ante”; la demora en el “comedimiento” y la preocupación por el lector es una suerte de otorgamiento que le viene al oficio para ir desde un primer momento a la profusión premonitoria.
El previo es la oportunidad para preocuparse del lector y de advertirle; Cervantes hace la meditación del autor cuando sabe que está ante el lector, es el primer enfrentamiento de las singularidades de la primera persona (autor-lector). Sin embargo aquello que se va a prologar definitivamente no está, no se presenta sino solamente como una venida de la memoria de lo que se ha tenido: … “¡ah!, el entierro de Grisóstomo”… o tal fragmento del Quijote.
En el prólogo al “desocupado lector”, anticipa la hidalguía y la ventura que el texto va a traer con don Quijote. Baste este anticipo -o aventura del libro- para la abertura a un texto altísimo que edifica para el castellano una capital, una Ciudad Santa… la lengua puede ser un lugar de peregrinación, por eso podemos detenernos en este previo a las andanzas del personaje.
Hospitalidad de la Antesala
Durante el primer trimestre del presente año, en el Taller de América se ha leído en cada clase un capítulo distinto del Quijote, no así el Prólogo del libro que aquí se prologa; se ha guardado lo “pro” para esta situación posterior, en que aquellos que aquí se despiden y que son los depositarios del presente han -desde ahora- construir su propia aventura.
Hemos estado en el texto pero no en su antesala (cosa que hacemos ahora). No se trata de un “pre” cual antecesor de lo otro, ya que el prólogo se escribe al término, cuando el autor reconoce en la justeza del finiquito la verdadera magnitud de la obra o completitud: se trata del texto que cierra el todo para abrirse a otro que va a leer. Desde aquí su hospitalidad, desde el autor que lo tiene todo en tanto que ha tenido esa intimidad de la que puede uno -posteriormente- distanciarse o volver a ella, ponerse antes y decir desde aquella vuelta al estado “pro” para quien, cual nuevo lector, no sabe de la magnitud que está ante el.
Este es el momento del regalo o presente; cuando se da este “procedente” que a todos hace uno y conforma al pueblo. Cada cual se lleva esta palabra que habla delante de la historia, que anticipa y propone su advenimiento, que da mesura a su aparición en el mundo como un hecho nuevo.
Facsímil del Original
Por razones de la lectura, de su adentramiento y comprensión, es que nos hemos remitido al escrito “príncipe” o primera edición de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra, impresa en Madrid el año 1605 por Juan de la Cuesta. La cuestión tipográfica en la edición puede ser un despropósito, a no ser que se considere que algunos caracteres tipográficos, por ejemplo la S larga ( f ), hoy no son utilizados pero que han guardado una relación íntima y directa con el pronunciado de la palabra que se escribe; así: fofsiego, en que la primera ‘s’ (f) difiere de la segunda en su dicción; hoy día es sosiego: se unificó el sonido, se perdió un distingo y su signo cayó en desuso. El caracter desaparece.
La lengua, aún siendo la misma, difiere en su escritura y ésta en su recitado. Remitirse a un clásico -además de su lectura- pide ir a su forma, en este caso la grafía del impreso; no en cuanto patrimonio sino a la remisión a un origen, de ahí el sentido de “original” o fuente, que origina y construye mundo.
Nos interrogamos sobre el sentido de la reproducción y de la facsimilaridad de las páginas del prólogo del Quijote; el arte y facturación del libro adscribe a la reproducción por tanto pide lectura y al mismo tiempo tiempo de relectura; por eso nos remitimos al original; la edición príncipe ilumina la reproducción, remite a su fuente y nos lleva de la mano a la intimidad de todo quehacer que advierte su procedencia.
Reclamo y Dicción
Tomamos las palabras, se inscriben ellas mismas en las página como un artesanado ecuánime y sometido a las leyes que han venido del códice y de su párrafo ajustado a la página. En esa época no había foliación todavía o número de página, los párrafos se componían tipo a tipo móvil (caracter a caracter), y al final de cada página un “reclamo” se descuelga del párrafo y margina a la derecha una palabra o primeras sílabas del comienzo del párrafo siguiente, por cuanto reclama el encadenamiento y continuidad del texto para procurar el hilo de la lectura que se sostenía en la dicción; es una señal inequívoca del encadenamiento, la página tiene algo de la precedente y ese algo es de palabra.
A inicios del siglo XVII los lectores eran escasos y se asistía a los textos en actos de lectura compartida; así la compaginación o modo de disponer el texto y hacerlo legible se remiten a ese acto de lectura y de la palabra dicha entre varios. La grafía o toda composición tipográfica de un texto piensa en el lector como una medida que debe imperar en el cometido del libro. El editor vela por el texto y al mismo tiempo por su lectura; el acto de hospitalidad se da en la composición que se hace extensible.