diciembre 18, 2005

El Acto Arquitectónico 5

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El acto da hospitalidad a los huéspedes de la época nuestra. Cabe, entonces, advertirse acerca de ésta. Bien lo parece, ella es fecunda. Rápida, aún vertiginosamente. Echando hijos al mundo -como se decía antaño. Ahora, tomando este echar, podemos caracterizar plásticamente, con esa plasticidad que hemos venido desarrollando, a la época, como una de hechos. Tal caracterización no es algo unificante, que atribuya una unidad simple, compacta. Todo lo contrario: pues la época lo es de las excelencias. Y de excelencias que son concebidas y realizadas mediante procesos a su vez excelentes. En cuanto a sistemas estructurantes programables, automatizantes, regenerativos, los que se coordinan en conjuntos de procesos que tienden a magnos procesos globales. Por ello y para ello el echo es exacto. Su perfección es la exactitud. La que exige no sólo la labor de la parte que se hace cargo, sino de una contraparte controlante: no sólo la labor de la parte que es la del interno, sino de externos que la especializan, que internalizan sus externalidades, así como la parte externaliza su internalidad. Pero la exactitud ha de ser transparente. Las excelencias, por tanto han de ser comparables. En que lo comparable es variación. Y esta es competidora cual si se participara en un concurso selectivo, con ganadores que ofrecen soluciones con vidas útiles sustentables, concesionables. Y que son evaluadas por procedimientos sistemáticos actualizados conforme a las últimas tendencias, a escala global que se adecua a la local a través de comprobaciones cuantitativas y cualitativas que entregan un aval. Un magno aval que garantiza la excelencia exacta y transparente. Entonces, echar hijos al mundo con aval. Y al par con una libertad sin restricciones. Que hace del echo algo contiguo. En él se está unido, comprometido sólo por un momento, una ocasión, la que no repercute ni en el pasado ni el futuro. Una realidad incidental -puede decirse. Que no requiere de pueblo alguno. Pues lo contiguo bien es como las disposiciones que toman las esquirlas que caen de una explosión. Tal presencia del azar, aún más, las esquirlas caen en un espacio en fuga; una hacia lo indiferenciado. Pero no como una rectilínea, sino que en permanente transformación. Lo estable de lo contiguo es su transformarse. Cual canto a su potencia de echar hijos al mundo. A su potencia de fusión. Así, la transformación de la contigüidad entra a fusionarse con la excelencia de la productividad. O sea, la producción que alcanza altos rendimientos que significan ahorros invertibles directamente en el progreso del proceso o indirectamente en los diversos insumos. Entonces la transformación de la contigüidad que viene de instalar la condición de lo transitorio, de lo no definitivo, se fusiona con la carrera de logros de la excelencia, cuyos productos de reemplazo dejan rápidamente obsoletas a las exactitudes productivas recién alcanzadas. Por tanto, se trata de la hospitalidad hacia esas fusiones que bien parece, se proponen equilibrar la densificación de la globalidad. Ella, la hospitalidad, ha de volverse sobre sí misma a fin de advertir los irreductibles; pues si no, su labor será -a pesar suyo- reductora.