diciembre 18, 2005

El Acto Arquitectónico 4

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Entremos ahora al lenguaje. Para agregar a cuanto se ha podido señalar que el lenguaje es plástico y que por serlo va conforme a un pulso de aparecimientos. Así va entre extremos: aquellos de la tribulación y el gozo. En que la tribulación es el abandono, el sentirse abandonado por todos y de todo. Se nublan las disposiciones naturales educadas, las carpetas de observaciones se vuelven inmirables, el don ya no nos visita. Gradual o repentinamente llega el extremo del gozo; confortado por el don, él explica que se trata de una crisis de la esperanza. Necesaria, para la maduración del pulso creativo del quehacer. Es la dimensión espiritual del lenguaje. En su cuidarse. Cuidarse que requiere, a su vez, de otra dimensión: lo racional. Esta se empeña en no ir en un pulso de extremos plásticos. En un tono único. Y unívoco. Que vigila el buen construir como dirían los matemáticos. Y que hemos llamado “obliqua”. El cual se aleja lo más que puede dentro de una profundidad lo más próxima posible. Es construir el ante, del dentro y el ante señalado anteriormente. Un buen construirlo -se entiende-. Que construye en dos campos: el de la palabra y el del dibujo. En la palabra constituye los vocablos. Palabras que adquieren tal univocidad que definen las cesuras y cadencias, ya indicadas. Y los vocablos que se constituyen de manera especial en la extensión física, con su plasticidad, los llamamos voca-exte. Estos y aquellos se encuentran -a decir verdad- en su casa en el dibujo. En la escritura dispuesta dibujísticamente. Ella es leída allí primeramente en sentido vertical. Como en las estelas, en que la vertical otorga una suerte de simultaneidad a la lectura -de suyo horizontal-.
A dichas escrituras – dibujos, las llamamos “morfismos”. Ellos provienen, al igual que el dibujo, de las observaciones de la acción de achurar. En la cual se permanece rayando una hoja mientras se atiende, se concentra en algo. Así -por ejemplo- se da hospitalidad a un huésped. El achurar no distrae, al contrario ayuda, acompaña. Tiene algo de semejante con ese ser detenido en el deambular de la observación. Pero cabe reparar que el achurar no raya sino que traza una y otra vez esparciendo un negro que nunca llega a cubrir ranuras de la hoja de papel intocada; ranuras de luz. Tal delicado trato con la luminosidad, reverente como los procederes de la melancolía. Así, el achurado melancólica, plásticamente reverente viene a desatar una “volupta” o voluptuosidad, que casi de manera imperceptible detiene al propio lenguaje escrito – dibujado cuando construye, con buen construir, cosas tales como la cesura y la cadencia; esas cortaduras de la observación. Dicha voluptas se extiende, así, desde el oír hospitalario al exponer morfismos, como un acompañamiento creativo del a flor de labios, anteriormente señalado. Un acompañamiento que es representación. De la simultaneidad plástica. Tal voluptas que se ubica ya en el reposo base del pulso creativo y que es una de las primeras en abandonarnos en esa tribulación que madura.