El Acto Arquitectónico 3
Ahora, entrando en la observación. Tenemos que el triple lenguaje antedicho puede en su aparecer plástico llevar al oficiante de un oficio -al arquitecto que salga a deambular por su aquí-. Sin otro propósito que este. Y que él, en un momento dado es detenido. En alguna medida paralizado. Porque se aúnan su sentir y su pensar. Y aún su obrar. Pues se pone a dibujar lo que ve y a escribir lo que piensa de lo que ve.
Anteriormente hemos señalado que el acto hace actos dentro de sí; ahora pues este de la detención. Que deja en la distancia propia, exacta, para mirar lo que se ha de ver. Sin embargo cabe advertir que el acto de detención procede por lo que hemos llamado, sus horas. Así, la hora del inicio que es de reinicio, cada mañana al despertar, el cuerpo es detenido por el sonido, el segundo canto de un pájaro pues el primero que no oímos, fue para prevenirnos. La hora del comienzo de la jornada que detiene a través de nuestros estados de ánimo en que el espacio sonoro y visual se presenta como irreversible, en que ir de aquí para allá y de allá para aquí son diferentes. La hora de la jornada, en que somos detenidos por las verdaderas magnitudes de un espacio reversible. La hora de las cuentas de los afanes: detenidos por los ofrecimientos de lo combinatorio. La hora nocturna, detenidos por lo posible. Tales horas son fruto de observaciones. Se las capita. Recoge, en el de ambular. En el hábito de su quehacer. Y sí se las descarta se queda sin las horas. Si se guardan en carpetas de observaciones, otra detención que nos paralice más hondamente verá a las horas con mayor claridad y acaso no como horas. Pero no se deambula necesariamente sólo o sí se lo hace bien puede enseguida mostrar sus carpetas. Y al mostrar se logra una permanente presencia de lo observado. A ello lo hemos llamado “a flor de la labios”. De donde surge que aquellos que alcancen el a flor de labios, se pongan a deambular juntos. Otras íntimamente juntos.
En ronda, así hemos llamado al proceder de los pulsos creativos en una mutua hospitalidad que recorre el tránsito, el camino del origen a la generación de la obra. La ronda, entonces, es la posibilidad de alcanzar esas distancias en el mirar, que hacen aunarse el ver y el pensar, que es trazar y escribir, de varios pulsos creativos. La ronda es, entonces, un tal fasto. Una tal medida de fastuosidad. Fastos objetivos; demostrables llegándose a los precisos lugares de detención. Hay un cierto sentido unívoco en esta probanza. Que acompaña al sentido multívoco en que hablan las observaciones. En que la compañía no es una relación primeramente controlante sino que celebrante, impregnada de ese venir e ir al reposo -que ya se señaló. Sin embargo los fastos de la ronda vienen a pedir más: ella se da en un hogar, que es casa y escuela. Escuela de la educación de los actos y casa del entreacto. Este es un reposo en medio de ese venir e ir al reposo. Es una hora sin obligaciones ni responsabilidades, pero al par es una hora nocturna de las posibilidades. Por tanto es una ascética para el quehacer de la ronda. Esa ascética creativa mediante la cual la observación cae en cuenta y recoge lo más alto de su pulso o cesura y lo más lejano, su término o cadencia. Cesuras y cadencias son las cortaduras de la observación.