El Acto Arquitectónico 2
Tenemos que, con lo ya dicho, el acto es un quehacer. Uno permanente. Cuyo pulso creativo unas veces ha de ser buscado desde sus recuerdos y otras veces él nos sale al paso sorprendiéndonos mayor o menormente. Vamos, entonces, en pulso que al par nos deja dentro del quehacer -cuando lo buscamos- y ante él -cuanto nos sale al paso-.
Volviendo a la casa, a ella la habitamos en un dentro de sus piezas y en un ante mis paredes, pavimentos, cielos. Así el quehacer habita en nuestra época histórica. Con sus maneras y proceder. El acto habita en pleno su condición de dentro y ante. Dicha plenitud consiste en que el acto primeramente acepta, que no trata de zafarse de la es la época ni aislarse dentro de ella, sino por el contrario, trata de participar construyéndolo. Vale decir, abriendo y fundando, aunque sea en la medida de un grano de arena. Ahora bien, un tal quehacer por cierto requiere de una casa, donde doblemente repose en cuanto al apoyo y la coronación. A dicha casa la hemos llamado de la melancolía. No, por considerarla un lugar de nostalgias, sino por el contrario uno que nada suspende. No como las matemáticas, a las que les es otorgado el suspender.
El acto es, así, melancólico. Su pulso es reverente. Ve signos de valor. Trascendentes. Del infinito inagotable. Y definitivo. Es que la melancolía es la aceptación de la gracia, que revela a las criaturas frutos del amor del creador. Por tanto, en esto, la melancolía no entra en suspensiones. No suspende el origen de lo reverente. Y como aceptar una gracia lleva a compartirla, la melancolía reverente es un quehacer que se preocupa y ocupa de la hospitalidad. El acto hace de ella un acto. En que la interlocución que es ya densificación de las conversaciones al paso, se vuelve un intercambio de experiencias acerca de la melancolía, un intercambio plástico, podemos precisar. Que ciertamente, en ciertos casos llegará a un cumplimiento explicitado y en otros quedará a medio camino o en inicios implícitos. Así, puede quedar implícito el don. Del creador a la criatura. Ese don global -digamos- que nos dona el recibir libremente dones gratuitos. Los dones específicos, singulares, de la plasticidad por ejemplo, que se dan a través de las disposiciones naturales, las que han de ser educadas pues los dones han de recibir responsablemente. Vale decir quedamos dentro y ante el don; quedamos dentro de nuestra gratitud y ante la visitación del don. No dueños en manera alguna del largor o cortedad de la visita, aún cuando vayamos en la esperanza de su permanencia. Nada de esto suspende la melancolía para llevar el pulso de su mirar reverente. Pero no suspender implica, requiere de un lenguaje. Uno tridimensional -digamos: que oye a la poesía, que observa y que alguna manera estas dimensiones son generaciones de la melancolía, que es su origen. Aún cuando el aparecer plástico históricamente -cabe decir- se haya dado en imprevisibles situaciones.