Clase 7. Trimestre II / 2005
Ha de seguir en adelante estos adelantos que traen con el dibujo una lectiva profusión del delineado: de la línea dibujando lo dibujado (Goya) hasta la línea que atrapa el volumen y su voluntad de corrección del ojo que recorre el espacio y lo aprehende (Rodin) y en última presencia: Chillida, las líneas adyacentes, cruce de líneas, líneas sucesivas, líneas traslapadas, líneas repetidas, líneas voluptuosas.
La línea del dibujo que se equipara con la palabra y vienen a decir juntos, al unísono: imagen y palabra como un principado que inscribe su procedencia, su relación y vínculo estrecho entre el caracter y su grafía; esto es: el dibujo del número y la letra, sus distinciones, sus proximidades; una palabra o un número de varios dígitos, sus encadenamientos en frases o ecuaciones… la resultante: un sentido encadenado entre letra y número, esto es: valor, medida, proporción, justeza.
Así, Godo atiende a la disputa carencia-abundante; una justeza ubicua que equipara, establece sus extremos -entre paréntesis: la pregunta es sobre el enamoramiento-, el eros está en el entremedio del valor y su posición; he ahí la problemática de la ubicuidad: el desde dónde.
Desde dónde? Agora, lugar de la palabra, desde ahí es donde se habla; se funda en la palabra, desde ahí el proceder; la Ciudad Abierta como ha-lugar por antonomasia; espejismo y realidad: neo-utopía, lenguaje para un nuevo instante, éste en que ya procede el intercambio, el diálogo internos-externos, la hospitalidad del oficio, la tecnología y la ciencia, las matemáticas, la formación y la información; las nuevas doctas y maestrías; la universidad reside hoy en una nueva graduación; hoy día califica, certifica, otorga, merece nuestra atención.
No bastará nunca la formación, cual enamoramiento, lo infinito permanece intacto; la palabra no instruye, sino cuando -oída- conduce, lleva y otorga sentido. El oír a la poesía (labor del escucha) es lo que ha orientado este quehacer de nosotros; instituto de arquitectura, ciudad abierta, amereida, travesías, universidad…
Vocación y crecimiento, escuela, pueblo y continente; universo, una parte de él, América: lo aparecido.
Si avanzamos lo hacemos en la justeza poética que ubica al oficio y le orienta, dirige; hay una directriz que permite el paso y su resolución, por eso la línea, luego del dibujo, nos trae el volumen. Esto voluminoso es la envergadura de la empresa, la faena del emprendimiento de la obra que de partes hace al todo inherente y conciliar.
Estamos ante el medio que permite la transmisión, más allá del comunicado; lo entremedio instruye acerca de su esencia: habla por altavoces, se ve en el monitor, su presencia se duplica, puede hablar a varios a la vez, puede reiterar su presencia, puedo volver hacia atrás, pero… no puedo volver a preguntar; no hay una pregunta más, porque el registro tiene su propia conclusividad en el tiempo (hay una medida determinada), es la diferencia de lo en vivo y lo documental. Lo mismo, disputa de lo oral y el escrito; así los intermediarios, los escribas, Hermes, el mensajero, el portador.
El Fedro… o del amor (que viene al caso) es decisivo para comprender esta problemática de la transcripción y el comunicado, puesto que está el discurso original y su recreación, su volver a decirle… la cosa; es que si hay un texto o escrito de por medio uno se remite a aquella fuente.
Las fuentes como abrevaderos, el remitirse o escalarse a las proporciones reales de la existencia y a la posibilidad de sus extremos. El agua se renueva en el acto de saciar la sed del peregrino o el animal jadeante del paseo.
Esas fuentes siempre de hospitalidad pueden recibir nuestras demandas, nuestra inquietante permanencia entre la fórmula y el desconocido.
Un acto así es un modo de residencia en lo vasto… residencia de los pájaros… y no el colmo de lo evanescente.