abril 22, 2005

Clase 6. Trimestre I / 2005

Categorías:
Manuel F. Sanfuentes

Procuramos que haya un abrigo para estas soledades; un auspicio que congregue lo divergente en la vertiente que habla desde sí a la diferencia.

El Ha-Lugar de Amereida dice de un haber que tiene lugar; la transfiguración se advierte cuando ese lugar se admite como obra de la naturaleza y obra del hombre. ¿Cuál es el límite?

La realidad se hace presente puesto que advertimos su incidencia en nuestro quehacer del oficio, ¿cuál es el límite del oficio? Su llegar a ser, de la experiencia al uso diario; el habitar el propio cielo permite al pueblo comparecer en los mismos vocablos.

Todo pueblo requiere ese “Ha”; la palabra poética que acompaña y anda a solas puede coincidir en una acción que le sea pertinente o le venga a disgregar al oficiante sus reuniones. Si unas y las otras, el encuentro con el poema es siempre un modo del hallazgo.

“Yo era allí entonces el que soy aquí ahora”, dice Don Quijote luego de haberse estado tiempo extenso dentro de la cueva de Montesinos; días para el hidalgo, para los de afuera una hora sola. Don quijote transfigura aquí el tiempo, lo extiende como el sueño vigilante de una realidad que Sancho alega es un encanto.

En nosotros, sin transfigurarnos, el “yo allí” es también el “yo aquí ahora”. El el yo del nosotros que en el tiempo permanece inclaudicable. El “yo es otro” (Rimbaud) no-histórico para la poesía, en el oficio y el devenir del pueblo el yo es “yo”, es el mismo, puesto que es histórico; no hay encantamiento.

No hablamos de un ego en el individuo, sino de una filiación, de un encuentro que hace al nosotros un “otro”, que en la poesía hace del yo una dedicación:

«¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón,
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.»
Don Quijote, Capítulo XXIII, Segunda Parte
Dulcinea

Sea mi silente parecer
la aventura desta dama
compañera del señor
y alma nuestra
motivo de las armas
y estandarte inscrito a fuego
en corazón de caballero
que me llama cada vez
al nombre mío
sin que sepa que soy yo
allí la misma
que sin verme me hace suya.

Don Quijote

Salid a las calles encantados
admitid mi figura esbeltamente
y no temáis veloz por ciegos
ni a la turba que confunde
cuando balan los conjuntos
conformando un pliego nuevo
que a la ruta hacen un río
y al paisaje de lo urbano
un albedrío campesino.

Sancho

Parecer que el corro nuestro
traiga rumbo a esta comarca
y les deje a la ciudad
estelas y virtudes dignas della.
Lo menor que yo sustento
pocos tienen justo afán
sin dar dos veces,
es lo mayor de mi real
estar aquí contando el día.
Longo tramo se nos viene en adelante
ancho el cielo sobre sí
y parecido a la quimera
obra nuestra la ventura.

Alberto Cruz C.

Lo contiguo en un ascensor; suben, se quedan unos junto a otros, bajan. Se están unos junto a otros en contigüidad, no se sabe donde de dónde vienen ni hacia dónde van; continuidad sin antecesor ni sucesor; tal es la vida del país, del acontecer, de la ciudad actual.

Don Quijote es contigüidad? Ustedes lo tienen que saber; contuguidad o continuidad.

El pulso de la Escuela es contiguo o continuo, debemos preguntarnos. Días vendrán en que esto se converse entre ustedes.