abril 8, 2005

Clase 4. Trimestre I / 2005

Categorías:
Manuel F. Sanfuentes
¿no fue el hallazgo ajeno a los descubrimientos
– oh marinos
sus pájaras salvajes
el mar incierto
las gentes desnudas entre sus dioses! –
porque el don para mostrarse
equivoca la esperanza?

Marcel Proust, en En Busca del Tiempo Perdido, robusto libro, también conformador del habla francesa, casi no respira en el declinar del párrafo que no suelta y deja al lector esforzando sus pulmones para sostener el pulso que el autor propone… en ese ir encadenado, a veces abre una interrogación y no la cierra sino 5 páginas más tarde.

Quizá exagero, pero el hecho de encontrarse habitando en medio de una interrogante sin que se vislumbren sus límites, o los arcos que las contienen, es una cuestión espacial-textual que el lector debe advertir, no para dar respuestas, sino para escrutar el límite en el que se encuentra; se trata de un cuestionamiento.

A diferencia del francés y del inglés en el castellano abrimos y cerramos la interrogante con un signo de entrada y otro de salida; por eso límite; puesto que hay un espesor que pide algo.

Esta cosa de preguntas respondiéndose a sí mismas en Amereida es un modo de esclarecerse dentro de sus límite. El poema parte con 3 extensas preguntas, como diceiéndose: “¿no es así?”

Y en vez de responder afirmación o negación, el poema hace gala de su don para mostrarse y nos “equivoca la esperanza” de encontrar un sí que nos concienta como lectores, o un no definitivo.

En vez de… continúa con:

que también para nosotros
el destino despierte mansamente

Si ponemos más cautela en las formas que la letra posee en apariencia, nos veremos destinados a recibir del tiempo las claves que responden sin cerrar las marcas que en el texto nos cuestionan… el tiempo del tiempo:

“ni día ni noche”

Una tercera forma que adviene como una quimera no es ni este ni aquel; del mismo modo que ni barbero ni cura encontrarán la fuente literal de los males que ellos atribuyen hicieron del Quijote un descabezado y sin medida caballero: los Libros, ellos son los “autores del daño” o “aquellos inocentes”. Ese mismo espesor del límite de la interrogante; entre la inocencia y el daño. Y como aquel espesor debe ser habitado, respondido e indagado, Barbero y Cura se dan al escrutinio de un volumen a otro, sin hallar respuesta alguna si no sólo la constancia de que en ningúno habrá un sí o un no a sus demandas de cordura.

¿Qué es un autor? Aquel que abre la posibilidad de juicio, aquel que su obra permite anotación, escrutinio y permanece, como hemos dicho, “como viniendo”. Se es autor en cuanto se abre un inciso ante el paradigma aparentemente clausurado. Cervantes trae la figura del caballero para desclasificarla, darle nuevo horizonte y dejarlo permaneciendo como permaneciente; lo vuelve a traer a su tiempo para rescatar la quimera.

Amereida viene a traernos nueva luz sobre el contiente, no a priorizar; después de 500 años de nuevo mundo ella nos trae la figura del hallazgo, la abertura de ese don para mostrarse y su recreación. Amereida es autora del sentido de ese hallazgo como un don: el regalo de América; y su forma para hacerlo: un poema hecho entre varios, que equivocando la esperanza, omite su autoría.

Sólo un nombre en la portada, sin privilegios.

Jaime Reyes

En este capítulo volvemos a encontrarnos con Miguel de Cervantes. De hecho Don Quijote ni siquiera interviene. La biblioteca que peligra en el fuego no es tanto una sala con volúmenes, es decir no es un lugar físico con libros; es más bien un listado de lecturas. Hoy diríamos una bibliografía, tal vez una crítica bibliográfica. En la novela se trata de la biblioteca del Quijote, pero en verdad son las lecturas realizadas por Miguel de Cervantes.

Podríamos concentrarnos en el ejercicio literario y dedicarnos a conocer y analizar los títulos que aquí se mencionan, para saber si compartimos, o no, los criterios del autor respecto de la calidad de esas obras. Hay algunas más conocidas que otras: nosotros en Chile conocemos bien “La Araucana” de Ercilla. Y podríamos concordar en que no sólo es uno de los más bellos poemas épicos escritos en castellano, sino agregar que además es uno de los textos fundamentales de la poética americana. Y que ojalá alguna vez en esta escuela tengamos la oportunidad de adentrarnos en éste como lo hacemos ahora en el Quijote. Sin embargo esta clase de ejercicio no me parece que sea el horizonte sobre el cual versa el Taller de América.

Mejor pregunto ¿qué tienen en común casi todos los libros que van a dar a la hoguera de Cervantes?
Los alumnos responden:
– Están todos escritos en castellano…
– Son libros antiguos…
– Son todos libros de caballería…

Esto es; son libros de caballería, pero ¿qué son los libros de caballería?
Antes de contestar consideremos que durante el renacimiento es abolida casi definitivamente la mitología como componente de la verdad. Ahora es la ciencia quien explica el mundo. Los libros de caballería son el canto del cisne de la realidad compuesta por elementos míticos. Son libros en que de cierto modo aún se tiende a confundir el ser antiguo y el renacer del hombre; se confunde cuando al mismo tiempo y en una misma obra se mezclan la narración y la descripción. La narración se refiere al pasado, a algo que ya sucedió; los relatos míticos se concentran en ese tiempo primigenio y original. En cambio la descripción, que es lo propio de la novela, se refiere a lo actual. A la novela, en rigor, no le interesa lo descrito sino la descripción misma. Los personajes de este capítulo (el barbero, el cura, la sobrina) no tienen en sí mismos ningún interés y no se trata de ellos, sólo interesa lo que acontece entre ellos. Los libros de caballería y sus autores se esforzaban en la invención de sucesos interesantes: inventaban aventuras. Aún cuando sus aventuras estaban situadas no en un tiempo fundamental sino en un pasado inmediato, sí recogían de algún modo la tradicón del relato mítico. De hecho consideraban, no sin razón, que por ejemplo La Ilíada y La Odisea podían ser perfectamente libros de aventuras. Podríamos hacer la siguiente tabla con estos opuestos, según lo que hemos dicho ahora y en clases anteriores (y que explico más adelante):

Mito                                realidad
Épica                             novela
Narración                      descripción
Pasado                          actualidad
Pasado original            pasado inmediato
Imaginación                  ciencia

Aunque siempre se trate de aventuras. Pero nuestro Cervantes le achaca a los autores de esos libros ese esfuerzo como algo indigno y los condena a la hoguera, ¿Por qué?

Porque Cervantes comprende la naturaleza de la aventura desde otro mundo, llegando a la paradoja de afirmar que escribe su libro de caballeros andantes en contra de los libros de caballería. ¿cuál otro mundo?

Sucede en su época (que no es tan distinto en la nuestra) que las aventuras de esos libros se sitúan en el pasado, pero no en el pasado originario como el de la épica (ver tabla), que es un pasado inmortal que no envejece. Es decir, nosotros estamos a la misma distancia de Aquiles que Platón o que un ciudadano del siglo XVII. En cambio estos autores pretenden reconstruir un ideal del tiempo en donde los lectores no vivan la realidad, porque no hacen ni épica ni novela. Cervantes consideró que esos libros fueron una especie de droga para el público porque los liberaba de la realidad, elaborando un pasado “ideal” no propio, atractivo y que al ser ajeno es “sin problemas”. Irritaba a Cervantes que estos autores consideraran como no poética la realidad actual: el presente.
Entonces él introduce la realidad: esto es constantemente Sancho Panza. Por este personaje podremos preguntarnos eternamente si los molinos eran tales o eran gigantes. Don Quijote es la luz del filo que junta y separa estas dos zonas del espíritu. Acá la imaginación y allá la realidad. Y lo que lo coloca en ese filo es su voluntad de aventura. Cuando los molinos-gigantes le dan una paliza dice que los magos con malos haberes podrán quitarle la aventura, pero jamás el esfuerzo y el ánimo para persistir precisamente en la aventura.

Por primera vez la realidad entra en lo poético para que suceda la verdadera aventura, la que está más próxima a la condición humana. Cuando así sucede, la realidad misma se abre para que aparezca y exista la imaginación, lo imposible, lo nuevo. Esto ya no es la poesía griega, que relataba lo original, perpetuo e imperecedero. Pero toda la Gracia del libro de Cervantes no es esta introducción de lo real en lo poético, sino justamente demostrar que el principio a la inversa también opera; lo poético entra en la realidad para que el mito, el milagro, sí sucedan. A pesar de lo que diga la ciencia.

Pensaba entonces en nuestra mayor aventura; la TRAVESÍA. Tal vez nuestras travesías se hallen auguradas en el escrutinio de la Biblioteca del Quijote. Porque ¿podrían decir ustedes, definir, qué es una aventura?

Los alumnos dicen:
– es ir en busca de algo…
– es lo peligroso, lo arriesgado…
– es ir hacia lo desconocido, lo incierto…

Fíjense que yo creía esto mismo que ustedes hasta que busqué la palabra en un simple diccionario. Y resulta que aventura viene del latín advenire, que significa llegar, suceder. La aventura no es ir hacia… sino que ella llega, es lo que llega y lo que sólo sucede. Es como decir ir, pero “a lo que venga”. La aventura es así una espera bellísima. Como el adviento, el tiempo sagrado antes de navidad. Y esto es precisamente la máxima expresión del presente. Se trata de la espera del mejor y más extraordinario de los regalos. A eso vamos nosotros de travesía.

archivo adjunto Cap. VI