Clase 3. Trimestre I / 2005
Antes de releer este episodio tenía una pregunta a su respecto, y ahora que lo hemos leído una vez más esa pregunta se mantiene intacta: ¿Por qué es este episodio el más conocido de Don Quijote? Incluso aquellos que nunca han tenido el libro entre sus manos saben que Don Quijote se enfrentó en batalla contra molinos de viento pensando que eran gigantes, ¿por qué?
Los alumnos dicen:
– porque es el mejor ejemplo de la personalidad del Quijote…
– en donde se refleja exactamente la locura del personaje…
– porque está muy bien escrito y es simple y es posible verdaderamente hallar la aventura…
– porque hay algo en esa batalla común a todos los lectores…
Yo creo que todo esto es cierto y que tienen razón, pero sospecho que nos falta algo más. Veamos.
Efectivamente pareciera ser el episodio en donde más claramente se da el personaje tal cual es, pero con eso no alcanza. Cada libro, cada novela tiene un episodio en donde mejor se caracterizan sus personajes y sin embargo no por eso son conocidos.
Es cierto también que tenemos aquí a este señor viejo que no anda en su juicio; digamos medio loco porque allí donde la realidad objetiva tiene molinos de viento, el caballero embiste gigantes malignos. Por un lado tenemos a la fantasía, al sueño semi demente y por el otro está la realidad cruda, material, innegable. Pero la mera constatación del mal estado mental y físico (porque al cabo los molinos-gigantes le dan una buena paliza) del Quijote y su enfrentamiento entre fantasía y realidad, no es motivo para que se convierta en el más conocido episodio de la lengua castellana. Muchos libros hay que tratan con estas mismas circunstancias.
Pensemos ahora en la empatía que esta batalla crea con todos los humanos que de una u otra forma nos vemos enfrentados casi diariamente con esta clase de pelea desigual. Luchas humanas de las más variadas clases que todos los días de la historia se libran con estos mismos u otros resultados. La compasión que pudiera despertarnos el pobre Don Quijote, nuestra solidaridad con su condición y desventura, tampoco justifica tanta fama.
Supongamos ahora que este episodio está extraordinariamente bien escrito, que es la suma de lo perfecto en redacción, vocabulario, originalidad, etc. Que es una verdadera matriz acerca de cómo ha de escribirse una novela. Todo lo cual es más que probable. Sin embargo bien sabemos que la erudición, la perfección estilística o la belleza formal no derivan en gusto popular. Cuestión de preguntarle a las más altas creaciones del arte de todos los tiempos.
Yo creo que estamos perdiéndonos algo. Aunque deba advertir de antemano que para esta pregunta que hago no tengo una respuesta definitiva. Yo no soy estudioso del Quijote ni soy un experto en literatura; se trata de una intuición poética y me voy a guiar por lo que Miguel acaba de decir: “aquí se ha introducido un elemento telúrico”. Uno de ustedes dijo además que aquí era posible hallar la aventura. Creo que desde allí nos acercamos a cierta clave. No me parece importante saber si los molinos son tales o son gigantes; mejor preguntarse ¿de dónde sacó el Quijote la idea de gigantes? Si estos nunca han existido en verdad y sin embargo el hombre siempre los ha concebido. Y como el mismo Quijote observa, los ha concebido en los mitos. Yo creo que este episodio ha trascendido porque hace que la realidad, aquella sustancia material, medible y objetiva, se vuelva mito épico. Y así logra acceder a la más honda intimidad de la condición humana. Luego, esa misma condición se vuelve enteramente aventura.
Pero esta idea nos depara varios problemas. El primero de ellos es que una novela es justamente lo contrario de un poema épico. Los personajes de novela son siempre humanos, parecidos a nosotros y habitantes, por tanto, de nuestro mismo mundo. En cambio la épica trata con héroes más emparentados con la divinidad que con la humanidad y que habitan no en nuestro tiempo –ni siquiera en nuestro pasado- sino en un tiempo original, primero y fundamental. Pensemos además que Cervantes vive en el renacimiento; una época en que expresamente surge una idea de mundo en la cual, por ejemplo, no existe un caballo alado porque la biología no lo permite, o no puede un arquero lanzar una flecha sobre una montaña porque las leyes de la física no lo permiten.
Los griegos sí podían concebir y creer estas cosas. Para un hombre del renacimiento, igual que para un occidental actual como nosotros, el pasado es aquello que antecede directamente al ahora, al hoy; hechos y situaciones que acontecieron ayer y que podemos ligar directamente con el presente. Pero Mneme o Mnemosyne, a pesar de que la traducimos como memoria, no es meramente un conjunto de recuerdos, sino una diosa que habla –a través de los poetas- sobre una fuerza cósmica que, por ser intemporal, está siempre presente latiendo en el universo. Esa fuerza es lo relatado en los mitos. La épica no trata de lo antiguo, sino más bien de lo primario en el orden del tiempo y considera bello lo íntimo de las cosas esenciales. Así era la poesía griega. Nosotros en cambio, al igual que Cervantes y su Quijote, hemos sido educados para pensar y creer que lo real es exclusivamente lo que nuestras manos tocan o los ojos ven. Hemos hecho del universo una pura apariencia. A nuestro mundo científico-técnico le importa el cómo de los fenómenos, a un griego le importaba el por qué. Para un griego lo real es aquello que se manifiesta como esencial; no la apariencia sino las fuentes originales.
Yo creo que Cervantes introduce una conexión entre su tiempo y otro mundo, y la verdad es que no importa si lo hizo a sabiendas o no. La lucha del Quijote contra los molinos es la conversión de la realidad, que es siempre inerte, quieta y muda, en un movimiento que ilumina y clarifica el mundo porque lo re encanta aunque sea por un breve instante. La lucha del Quijote es épica.
Pero la poesía moderna, a pesar de todas las conexiones directas, no puede volverse griega. La épica griega relata siempre los mismos sucesos para que estén presentes generación tras generación: pretende transmitir la presencia y actualidad constante de los mismos mitos. En cambio a la poesía moderna le interesa encontrar nuevos objetos poéticos cada vez; le importa la creación de nuevos mitos. Al menos este interés es de radical trascendencia especialmente donde se carece de mitos, luego no hay origen y así no se tiene destino. Esto es América y esta es la pretensión y el horizonte siempre desconocido de amereida. La épica no acabó en Grecia; llega hasta nosotros. Cualquier fragmento de la historia es susceptible de convertirse en leyenda y engendrar así el deleite que produce en el alma humana cuando lo imposible se torna posible. Es decir, el deleite de la más grandiosa aventura.
Miro entonces a nuestra amereida y más específicamente a nuestras travesías, que son la culminación de nuestras aventuras. ¿No vemos nosotros a los gigantes hijos de Gea allí donde hay montañas, simas y océanos transfigurados por los cataclismos? ¿No vemos nosotros abismos míticos allí donde hay quebradas o valles profundos? ¿No vemos dioses en cada lugar y musas danzando en cada fiesta? ¿No son nuestras travesías una visión que modifica la realidad? ¿Son quijotescas nuestras empresas creadoras, nuestras fiestas?
De las respuestas a estas preguntas hablaremos la próxima clase.
El autor en cuanto escribe propone un lector, no un ideal de instruido, no a un entendido, sino aquel de voluntad voluminosa y a quien el ir de un párrafo a otro va urdiendo en su interior un trenzado que transcribe este proceso como si fuese una heráldica de lo leído.
Don Quijote se equivoca una y otra andanza; qué significa que vea gigantes en vez de molinos?, que diga captores en vez de frailes inocentes, que diga que sí lo que ni caridad estimaría concorde?
Estamos ante el invento de la realidad para que la aventura sea posible. No puedo explicarme que un gran referente sea al mismo tiempo una digna sobrevaloración de lo real y no un reconocimiento de su justa medida.
Quiera permanecerse hasta hoy día con tal equivocado, pues parece que no resistimos que lo real sea tal sea.
Poesía no idealiza, sino que realiza; arte de la lengua debe ser. Recién en 1966 la Royal Society of London erradica definitivamente toda retórica de los informes científicos presentados.
Tampoco arte nuestro de retorcer el vocablo hasta hacer un enramado que impida ver los frutos.
Amereida es más escueta: “vuelvo a la ciudad, a su fulgor cotidiano”. Será América el resultado de una retórica de la historia; a Colón le sucedió lo mismo que al Quijote: veía a Kublai Kan en vez de Moctezuma. Todavía tenemos algo de reminiscencias enceguecidas. Plan de Barcelona, socialismo europeo, protocolo de Kyoto, libros de Frankfurt, institutrices irlandesas, teatro alemán, luces francesas, etc. Y América cuándo?
El marido de la “supuesta raptada» princesa vizcaína “pasaba a las Indias con honroso cargo”. Esto indica propiedad, como: “pase al salón”; se pasa siempre al lugar próximo de la misma comarca, océano de por medio; se pasaba a Indias en una continuidad imperial. ¿Cuál será la suerte de este honroso vizcaíno?
Nosotros habitamos esa suerte, nosotros no pasamos; estamos ya ante lo real sin un equívoco. Nuestra realidad es tajante y estricta, y sólo en la palabra y su recitado nos permitimos la extravagancia, el delirio, el blanco del poema como un extremo del silencio… esa página de Amereida que sólo dice:
qué
nos interroga acerca de la continuidad, de cómo somos pasados o permanentes, de cómo la palabra poética puede erigir en nuestro continente un lenguaje que nos apropie de su realidad.
No he visto molinos en Travesía, por tanto no he visto gigantes; hemos visto sí la tierra agigantarse, a la palabra robustecerse, a los fiordos confundirse con el borde, al sol atardecer en la bahía.
Nuestra incidencia e iniciativa está en la aventura del nombre. La lengua al mismo tiempo que es edificio o Babel, también es un pliego que enumera cada folio del libro.
La fijación de la palabra en la memoria: un acto; el acto de recordar; de retener involuntariamente en el corazón de la intimidad el signo que a la realidad hace patente: aquí y ahora.
No nos equivocamos con el Quijote, su irreal aparecer en lo real es el esfuerzo de Cervantes por demostrar que la aventura de la lengua debe hacer de un vil molino un vil molino… al final esa misma realidad se le viene al caballero con un buen porrazo por tozudo.
Había pensado remitirme sólo al buen Cervantes y a sus dotes de gran escriba y quedarnos dentramente en lanzas de Quijote, sin embargo persisto en este dictado -puesto que no niega el uno al otro- para remitir las cumbres europeas a un eriazo americano donde todo ha de ser reinventado, puesto que molinos aquí nunca se hallaron ni hallarán lugar propicio.
Este uno y contraparte ha de hacer el rostro del “nosotros” que Alberto nos propone como rumbo de la Escuela que se viste esta vez de yelmo y lanzas para hoy día sin que renuncie a la propia desnudez que se tiene ante los dioses:
¿ “ por qué el don para mostrarse
equivoca la esperanza?”