mayo 11, 2004

Clase 8. Trimestre I / 2004

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} Jaime F. Reyes

La clase anterior hice una linea que comenzaba con el teatro griego y la mimesis continuando con la cámara oscura del renacimiento y teatro de nuestros dias, pasando por el cine, la televisión y finalizando con lo que llamamos interfaz.

Hoy me referiré a este último concepto, que también se conoce como interfaz gráfica de usuario. En los comienzos de la computación se consideró innecesario (además de ser extremadamente caro) dedicar potencia de computación a las personas en cuanto usuarios. Se dedicaba entonces todas las capacidades al problema sobre el cual estaba trabajando una máquina. Hce treinta años manejar un computador requería una especialización equivalente a la que posee hoy dia un piloto de naves espaciales; maquinas sin lenguaje operadas desde consolas llenas de lucecitas y botones mudos. La creencia, casi filosófica, de que el manejo de un computador debía estar restringido a unos pocos iniciados resultó y aún hoy lo es, enormemente perjudicial para los usuarios corrientes. Incluso si se consideran razones comerciales o de seguridad nacional.

La interfaz de usuario comenzó a mejorar en laboratorios especializados a partir de la década del ’70 en lugares como el MIT. Mejoras que se treadujeron en un nivel comercial y popular cuando en 1984 Steve Jobs introdujo en el mercado el primer macintosh. La invención de ventanas en la pantalla, con íconos fáciles y una interacción a través de nuevos elementos como el mouse fue un gran paso en el desarrollo de la interfaz y, en comparación con ese avance, en los últimos 20 años no ha sucedido nada realmente importante. Copiar el Mac demoró más de 5 años a otras compañías y en la mayoría de los casos los resultados, aún hoy, son inferiores.

En general el esfuerzo humano para con el uso de sus máquinas se dirige hacia optimizar la percepción de los puntos de contacto y el desarrollo de mejores diseños físicos. La interfaz sigue siendo tratada como un problema de diseño industrial tradicional, es decir, como la manipular esta máquina sin que se caliente, sin que emita ruidos excecivos, sin que dañe las manos u otras partes del cuerpo, etc. Es el mismo tratamiento que se le puede dar a la problemática de una plancha o una tetera eléctrica. Por ejemplo: el funcionamiento de los actuales controles remotos (con que manejamos toda clase de artefactos electrónicos como televisores, equipos de música e incluso camas especiales) está basado en la pulsación de botones; su diseño depende de algo físico. Recuerdo el primer Sony Trinitron en colores que llegó a Chile; su control remoto tenía 5 botones (dos para el volumen de audio, dos para cambiar canales y uno para el encendido-apagado). Hoy dia un televisor de la misma compañía puede tener más de 40 botones. Se le han agregado cientos de funciones, la mayoría de las cuales no se utilizan nunca ni sirven para el objetivo básico: ver televisión. El problema consiste en que diseñar una TV basándose en la ergonomía, en el modo en que el cuerpo humano utiliza sensores para trabajar con herramientas no produce una interfaz adecuada ni correcta ni satisfactoria para ver televisión. Apostar todo al desarrollo de aparatos cada vez más sofisticados, con pantallas gigantes de altísima resolución, con sistemas de audio de alta fidelidad, etc, no aporta en nada al problema principal: en decenas de canales –entregados como paquetes por empresas de tv cable u otros- no hay nada que ver. Esto se demuestra fácilmente preguntando ¿Para qué alguien compra un sistema carísimo de home-theater? Para ver videos o DVD que arrendó o compró en alguna tienda especializada, es decir, no para ver al locutor de noticias ni al animador de turno. Así debiese comportarse una televisión inteligente; permitiéndome ver aquello que yo quiera en el momento en que yo quiera.

Otro ejemplo: los teléfonos celulares. Estos pequeños aparatos deben ser los objetos más sobre diseñados de la actualidad, se parecen más a comandos de naves espaciales que a intercomunicadores normales. Al igual que en el ejemplo del control remoto, estos teléfonos son muchísimo más difíciles de usar que los antiguos mamotretos negros con disco redondo de marcado. Hay tantas funciones hacinadas en dispositivo que produce más mareo que satisfacción. Aquí tampoco se comprende el problema principal: nadie quiere un teléfono celular para apretar botones, sino para hablar con otras personas.

El desarrollo del hardware computacional tiende a seguir estas mismas lógicas equivocadas; pantallas planas gigantes de alta resolución, procesadores cada vez más potentes, memorias con capacidades que hace 5 años no se soñaban, teclados ergonómicos ultrasensibles, parlantes de alta fidelidad, etc. Y además, todo esto portátil. Sin embargo no hemos avanzado un ápice en interactividad real. Un ejemplo: un perro, una mascota doméstica cualquiera reconoce a su dueño a una cuadra de distancia por la forma de caminar o el olfato. Mi computador de última generación no tiene la menor idea que yo estoy sentado al frente a 40 centímetros de distancia. Toda la interactividad actual se basa en la persona que maneja la máquina, por eso algo tan elemental como imprimir un simple archivo puede convertirse en un ejercicio extenuante y estresante. Por esto es que muchos adultos se niegan a alfabetizarse digitalmente: son muy pocas las satisfacciones de acuerdo al esfuerzo entregado.

Doy otro ejemplo: Mis clases, tareas y lecturas del curso de Presentación al Diseño se encuentran en forma de archivos digitales, en formato PDF (portable document format) en un sitio en la red internet. Para obtener y trabajar estos documentos los alumnos deben instalarse frente a un computador equipado con conexión a internet (para este caso el ancho de banda de la conexión no es relevante), deben abrir un primer programa navegador y llegar hasta mi sitio, luego bajar los archivos. Si su sistema no tiene los lectores de este formato deberá navegar hasta otro sitio, descargar dichos lectores, instalarlos y reiniciar el sistema. Entonces podrá leerlos, para luego configurar su impresora con los formatos adecuados para la impresión, tener papel y tinta y sólo entonces, si todo resulta bien, imprimir los documentos para recién ahora comenzar a trabajar o estudiar con ellos. Pero puede hacer otra cosa; ir hasta la fotocopiadora de Elsa y pedirle las copias. Ella ya las tendrá preparadas porque yo hablé previamente con ella. Todavía no puedo hablar con vuestros computadores personales. No quiero decir, en absoluto, que una opción sea mejor que la otra, solamente quiero indicar que ciertas opciones que se nos ofrecen hoy dia como obligatorias para estar dentro del mundo deben ser constantemente revisadas.

Señalé más arriba que el desarrollo tecnológico extraordinario del hardware y del software no le han aportado nada a la interfaz. Doy un nuevo ejemplo: Supongamos a un general en el centro de comando de sus fuerzas durante una guerra. El general está parado frente a un enorme mapa, a todo color, de cielo a suelo y de muro a muro, que representa su escenario de operaciones. Mientras sobre el mapa va moviendo figuritas de colores que representan a sus tropas, camina, gesticula, y habla con sus oficiales. Mientras esto ocurre un soldado va introduciendo en algún sistema digital la información que el general produce sobre el mapa. La pregunta es ¿Por qué el general no introduce personalmente estos datos? ¿Por qué prefiere el mapa? ¿porque es de la “vieja guardia”? ¿porque es más rápido o más eficiente? El general está cómodo con el mapa porque se contacta con él a través de todo su cuerpo. En el fondo sigue siendo la vieja mimesis griega.

Los computadores actuales poseen una interfaz restrictiva con opciones excluyentes y todo su funcionamiento está basado en sus dispositivos materiales y configuraciones físicas. Pero incluso si llegásemos a acordar que esto es bueno ¿qué es mejor, el mouse, el lápiz óptico sobre una pantalla sensible, teclear órdenes en lenguaje DOS? La respuesta es que depende: cada persona tiene sus propios y particulares requerimientos y precisa entonces de una solución única y específica.

Por lo tanto: una interfaz moderna es aquella que desaparece. Así de simple y paradójico. Una que sea capaz de reconocer gestos, miradas, conversaciones, la riqueza del habla. Esto es multimedia, no el intercambio básico de información. La interactividad real es una por la cual los trabajos digitales con un computador se parezcan más a una conversación cara a cara, al mapa del general, al reconocimiento de la mascota.

} Manuel F. Sanfuentes

Si aludimos a lo señalado en la clase pasada por Alberto C., con respecto al silencio -que es aquel que se hace presente y se admite, reconoce la falta y se apodera de ella- y al poema de las Aes en donde la sintaxis reúne a las palabras no por relaciones lógicas sino que vigorosas; tenemos que ambas, sintaxis y silencio, hacen un par que es base de un diálogo entre la palabra poética y el lenguaje de los oficios.

El silencio en el oficio se da cuando se produce el reconocimiento; el instante de la observación es tal; es un arrobamiento que hace a la realidad aquietarse ante uno para mostrarnos sus íntimas procedencias.

El acto de enlazar las palabras, de asirlas y hacer que se comporten una a otra distintivamente exige de ellas un campo de acción. Decimos que la palabra no es una entidad sino un ámbito semántico espacial (por eso también decimos que las lenguas tienen relación con el habitar física y fonéticamente un idioma). La palabra trae un orbe, viene con ella dibujada una orla, una cantidad infinita de sentido.

Los lingüistas, comunicadores y hoy los diseñadores han percibido que los signos (o palabras) no debiesen estar (no están) asociadas a un significado; ellos no son representativos. No así las cosas, a las cuales les corresponde una palabra significante que no sobrepasa a la cosa que está señalando; una mesa no es más que una mesa.

Entramos al ámbito de los infinitos sentidos, de la posibilidad semántica del lenguaje por medio de la sintaxis; y cuando ésta se ve aireada por campos de silencio como voces acalladas, el acto que se da sobrepasa el común denominador o la forma que debiese…

… y cuando la sintaxis sólo reúne y no coordina a las palabras? Recordemos que admitimos remitirnos a relaciones de sentido. Leemos el poema O Pureté! pureté. Rimbaud de Godofredo Iommi:

///
cándidas
dehesa
siglan

///
creta veloz
indemnes
levas
entela

///
desistiésemos
hile
arteros
horadada

///
siquiera

///
mella
veraz
balasen

///
negras
baldados
la taza
primigenia

///
vararan
letánicos campos
al asa
impagas

///
asidua
orzas
himen

///
deméritas
a inconcluso olivo
ojal sombrío

///
las duelas
seta
vestigios
nativa
adyacente

///
sumisas
varío
púber
abordadas

///
visitantes
cásida
salobres
lenidad
anfibios

///
extensivo
pía hurtan
adalid

///
consuno
aja
templas
desdecida
dual

///
anteriores
exacto
de mar

///
huera
laceran
eximia

///
premuras
hiel
extremo pontón

///
heríale
diserta
índigo
usuaria

///
caces
argüido

///
lasas
gallo
salaz

///
digital
casas
comisuras

///
cesura
hebras
adscrito
arrestos del jardín

///
arras
ahoras
gura
tul

///
presa
conspicuos
cimbre
numeral

Las palabras parecen asilarse, aguardar y explayar, al mismo tiempo, su intimidad semántica:

huera
laceran
eximia

El ejercicio que algunas veces hemos hecho es el siguiente: “y si huera y laceran la eximia”. Dejo de hacer silencio, significo, mortifico a las palabras; podría incluso restarles vida, la encuadro; es como hacer una marina (me disculpan si lo hacen), pero en todas ellas el mar pierde algo de verdad, queda bien representado pero insalubre (ustedes verán si hay excepciones a la regla).
Si duda dice algo este racimo, “y si huera y laceran la eximia”. Pero cuando están a solas las palabras, no es que digan más, se silencian; dicen cuando se les pide.
La dimensión de sentido en la poesía y el juego de las palabras en el acto poético y la phalène, no es de orden cuantitativo, sino de distanciamiento y proximidad. Por ejemplo: del poema de Godo, “cesura hebras”… ante el ceso, el pensiero, la mente y el cuerpo, se tiene el modo en que liga el tejido sus hilos, sus hebras, aquellas que van conformando el tramado que cesura no sabe… por ejemplo. Por ejemplo uno otro me habrá de decir: “por supuesto”. Por ejemplo: máquina de cocer, paraguas y cama de disección. Por ejemplo: pintor, arquitecto, poeta, escultor, diseñador y un filósofo. Por ejemplo: Amereida. Por ejemplo: Mallarmé en el Golpe de Dados:

“eso sería
peor no
ni más ni menos
indiferentemente pero igual que”

Ese “igual que” viene seguido de: “el Número”. ¿Cuál?, no importa; la cifra cada vez arroja una cantidad, y esa cantidad un valor que da y tiene sentido; números infinitos, sentidos infinitos.

Cuando la phalène pide una palabra, en realidad lo que está solicitando es la posibilidad de sentido de lo que se está llevando a cabo ahí; y las conectivas que luego reúnen a todos esos sentidos dispersos son unidades discretas que no intervienen en el valor semántico de la palabra, pero –podríamos decir- hacen reposar uno junto o distante al otro.

Si a esto interviene el silencio como un valor tonal que calla y omite, viene a abrirse una entraña en el poema que no requiere de palabra para hacer sentido; podemos decir que el silencio otorga, la omisión conciente. Siempre en un sentido favorable el silencio eleva el grado de sentido en el poema.

Podríamos decir que América hasta el año 1492 vivió en ese silencio para lo que en esa época se llamaba Mundo; pero sabemos también que ese silencio para el mundo civilizado fue una variedad de sentido que hasta hoy día trata de comprender. Este antes americano fue un son que guardaba en sí su intimidad. El regalo de América al que en Amereida nos referimos es la entrega de ese silencio portador de un nuevo sentido que el mundo no conocía; el desconocido de América es la revelación de ese misterio, aquello que estaba y que no estaba… y decimos que esto hace completitud, total, un solo mundo.

Es esa la reunión del silencio americano con la sintaxis europea, orden y palabra, la que permite la disyunción poética que aquí tratamos; por ejemplo aquello para cada oficio, diseño gráfico, arquitectura y diseño industrial… respectivamente, del mismo poema de Godo:

lo digital
las casa
las comisuras

La disyuntiva también procura el calce, que es encontrarse con lo que le hace juego y le va bien; le sienta.

La poesía requiere de este orden que se da entre el silencio y la sintaxis; todavía no hay sujeto de por medio, estamos anteriorizados, dibujando las bases de una novedad americana que ya se ha dado primeramente con la arquitectura; los diseños son el paso siguiente; y la poesía, como dice Jaime R., se reserva siempre otro tiempo… esto va a suceder como un alto en la poesía contemporánea.