Clase 7. Trimestre I / 2004
} Manuel F. Sanfuentes
I.
Debiese hacer una consideración en este inicio. Reiteramos a menudo al poeta francés Jean Arthur Rimbaud; me preocupa esta insistencia y me cautiva al mismo tiempo; sólo él ha sido capaz de hacer el distingo, necesario, entre la labor de la poesía y el quehacer de los oficios; claramente él habla del siglo de las manos, del hacer; y conocía aquella proyección de la poesía de ser explicitada más allá del pronunciamiento de un vocablo.
Rimbaud es la mala culminación de un refinamiento poético que tal vez no se tenía desde los antiguos. El trance o problema -al igual que F. Hölderlin- es que no tuvo la suficiente capacidad de sostener en sí mismo aquella pugna entre la palabra y la acción… (tal vez no se puede); entonces, él abandona la palabra y se atiene a las acciones de un fracaso memorable.
Deben pasar algunos años para llegar a los inicios del siglo XX para que Andrè Breton y los surrealistas redescubrieran a Rimbaud como el imperio de la iluminación ensoñadora (puras reminiscencias). Más tarde aún, el filósofo Martín Hidegger hará algo semejante con Hölderlin… desde entonces:
“pleno de méritos
mas, poéticamente habita el hombre sobre esta tierra”
La reiteración no nos obliga; ella nos interpela; nos trae adelante una y otra vez, siempre lo mismo pero nunca igual -decía Godo-; la reiteración tiene el rol de hacer retener; el coro canta dos veces, hace bis y los oidores van inundando su memoria… ¿el día mismo, cada nuevo amanecer, no es la máxima reiteración a la que debemos atenernos?
Reitero: A negra. Rimbaud. Las Vocales. Solicitud de una palabra y el pedimento de otra que se le distancie comedidamente; tal fue la faena y el encuentro hace unos días con el Taller de Diseño Gráfico de IV año de Michele Wilkomirsky… resolución: poema:
Aes Arrobadoras
al alfeizar antiguo
ah el arrebol las asperezas
a las ancianas
adolecer las andanzas
el aura
su alteza
su audaz arpegio
arlequín
su astucia
acto que alianza sin altercados
aparejos los adornos
se amoríos del affaire los más afines
arrítmicos y alados por azar
las antecedentes del alba
asistencia que va
no de ausencias
aes ahora sí
alicientes atómicas
ampliaciones
aunanzas
aorta ausente
asentamientos
sí
el alejamiento de las altivas aminoradas
(…)
acometidas tantas
los acabados
amapolados en las apoyaderas del arca
los afanes
afluente éste
aferente tal
II.
Otra reiteración constante han sido los procesos de comprensión y traspaso de una realidad dicha a otra escrita; no necesito remitirme a culturas de tradición oral, nosotros mismos ejercitamos la oralidad como validación de la dimensión de presente del acto poético. Palabra dicha, fuego consumado, phalène.
Vamos al Fedro de Platón. Sócrates pide a Fedro le transmita el discurso que Lisias había pronunciado ante él hacía un momento; Fedro dice: “verdaderamente Sócrates, yo no puedo responder de darte a conocer el discurso palabra por palabra”. Sócrates descubre que Fedro traía consigo el discurso de Lisias y que él había trascrito al papel. “Sospecho -dice Sócrates- que sea el discurso (…) supuesto que tenemos aquí a Lisias mismo, no puedo ciertamente consentir que seas tú materia de nuestra conversación. Veamos, presenta ese discurso”… y así aconteció, Fedro renuncia a ser él el transmisor por propia boca (habla) del discurso de Lisias y se remite a los apuntes anotados, a los escritos.
Pareciera que hay una disputa de fidelidad, de cómo utilizar el recurso más apropiado para llegar lo más cerca de una verdad acontecida (lo dicho por Lisias en su discurso). El habla, pues, se distancia, ella toma el aire de cada presente; la escritura transcribe el aire acontecido (las palabras) y las conserva, las deja consignadas.
500 años antes de Cristo, 2000 años antes de la invención de la imprenta, los griegos ya sabían del arte de la fijación del discurso y de la disputa entre el habla y la escritura.
Me parece que la poesía se dirige más como hablante; en ella se conserva la gracia de lo intransmisible, de lo inatrapable. La escritura talvez no es más que una mejora en los procedimientos de fijación, un rudimento para poder contar.
Entonces no estamos con el habla más cerca de la verdad, según Sócrates, sino más cerca de la palabra, porque ella va siendo ahí y apareciendo como racimos nuevos.
Esta es una magna contradicción; yo estoy leyendo esto que no sé bien si es un discurso, y no estoy diciendo lo que estoy diciendo a flor de labios (estoy diciendo a través de estar leyendo); lo escribo esta mañana con buena disposición pero para ser leído más tarde, a esta hora en que todos escuchamos como una apología de la palabra dicha a través de la escrita.
Sin embargo, por medio del escrito defiendo lo que es hablado; pero salvo esta contrariedad de que lo que se dicta se lo hace por medio de la voz. Precisamente esa disposición del decir.
No está muy clara esta dicotomía, creo no ser lo necesariamente explícito; pero tal disputa entre la palabra dicha y la palabra escrita anticipó al eje palabra-acción de Rimbaud. Entonces la escritura quedó como una expresión de la acción, del hacer, pero no tan desligada del habla; y la palabra dicha quedó en su mismo transe, inmutable, siempre ha decir, disponible… tal disponibilidad del habla ha de conformar los límites del lenguaje.