abril 6, 2004

Clase 4. Trimestre I / 2004

Categorías:
} Jaime F. Reyes

La vez anterior terminé con una pregunta: ¿Por qué Alvar Nuñez Cabeza de Vaca volvió a embarcarse después de haber pasado inenarrables penurias durante diez años de naufragio en la Florida?

Propongo una respuesta: Lo hizo simplemente por la Aventura.

No quiero definir esta palabra, prefiero indagar sencillamente en ella para vislumbrar aquello en que nos toca y que viene al caso para el tema de este taller.

Alvar Nuñez escribió todo lo que le sucedió en esos diez años. Hizo las crónicas en un libro que se llama Naufragios. La proposición entonces es que toda crónica es el relato de una aventura.

Por otro lado, nosotros tenemos una estrella nombrada y posada sobre el océano pacífico; a una de las cuatro estrellas de la cruz del sur la hemos llamado aventura y es en virtud de ese nombre que llamamos mar interior a toda la vasta extensión del continente americano. De alguna forma, para nosotros, América es sinónimo de mar. Y por lo tanto sinónimo de aventura. El por qué asociamos al mar con esta palabra es una cuestión que trataré en otra ocasión.

Ahora bien, para vivir una aventura se requieren en verdad pocas cosas. Casi basta con imaginar –ni creer ni pensar- que todo cuanto sucede a nuestro alrededor es susceptible de convertirse en una.

Una aventura no es sólo la maravilla de la peripecia desencadenada a cada instante, mostrándose por doquier incansablemente, renovando el espíritu humano.

No es sólo el ansia de conocimiento, la búsqueda insaciable del la verdad del universo o la demostración de un mundo que, en tanto naturaleza, se extiende y se abre ofreciendo sus dones.

No es sólo la tensión del peligro constante, desbocada a flor de piel abrazándonos como una droga, plena de necesidad, que nos impulsa a intentar alcanzar extremos cada vez más extraños.

No es sólo el anhelo de la soledad que nos quita de la realidad como una fiebre para conducirnos hacia los lugares ignotos y lejanos donde no hay huella humana que nos testimonie en la dulzura de la compañía.

No es sólo el amor profundo a lo desconocido cuando nos invita, soplando un viento frío y libre sobre el rostro, a decir siempre “adelante”, a partir por partir en todo momento tras horizontes siempre inalcanzables que van convirtiéndose, uno tras otro, en el destino.

Ni siquiera basta comprender ni amar la sed que alimenta el vuelo de la mariposa hacia la luz de la estrella.

Alvar Nuñez volvió a embarcarse porque en la aventura se halla y se posee el reino de los cielos (y no

} Manuel F. Sanfuentes

El acto que nos incumbe es aquel que está entre el juego y lo que se haya (el hallazgo). En el sentido de los trovadores y juglares, buscamos su significado definidos en el siglo XII:

Trovar: hablar figuradamente; inventar, hallar, encontrar. / Componer versos (1197)
Juglar: 1116, músico, bufón. Antes: sinónimo de alegre, burlón; gracioso, risible.

Entonces:
El juego como supremo rigor de la libertad.
El Hallazgo como reconocimiento; el regalo, la gratuidad americana.

El acto de recibir de la escuela es el de jugar a lo hallado, y para el que lo ejerce (los alumnos de primer año), el de hallarse en el juego de lo jugado; cada cual trae su estampa, su singladura, su timbre.

Es el acto del Ha-Ludens (pensando en el ha-lugar de la poesía de Godo)… lo diremos mejor: el Acto del Sa-Ludens.

Y para este saludo tenemos de Amereida 2 acepciones:

1. Am. I pg. 5
y no entregó el viento en torno al primer barco
su saludo más vasto

2. Am. I pg. 118
vestidos solos
con su propia estatura múltiples las manos del marino y del gigante
padre casi se topan en un gesto de saludo

También es un saludo al transcurrir del tiempo y la invención en el campo del sentido. Entendemos así el paso del Pueblo de Palomas a los Estorninos que se da en la disyunción, esto es una disyuntiva:

“Yo conozco los cielos rajándose en relámpagos, y las trombas
y las resacas y las corrientes: yo conozco la tarde,
el Alba exaltada como un pueblo de palomas,
y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!”

El Barco Ebrio
Arthur Rimbaud

Aquí, 2 estorninos:

Estornino
Bajo aquella proporción
sacia el momento
“cuatro cuartos sin…”
(inocencia irresponsable de la escala)
sean y
no vuelven, no vuelven.
Estornino
ligeros por sucio
(con hermosura
desaviene los días)
“Doña reabre,
por si aquel”.
De estotra alumbra
audible
al íntimo tiro
o
construir sucesiones.
– Irreprimible postura –
la querella
donde solo
los urde (1)

El pueblo de Estorninos, ¿Y la parsimonia de las palomas, su quietud e indiferencia? No más. Hoy la inquietud, el ágil vuelo de bandadas, la velocidad que al mismo tiempo de andar dibuja ese andar; múltiples direcciones, una orientación. El recibimiento Saluda a los Estorninos como miembros nuevos del poblado.

Rimbaud se refiere al momento de la exaltación, a la agitación que levanta el vuelo de las palomas; ahí ellas esplenden y se alzan; siempre un inicio; un alba.

Los estorninos no están exaltados, sino en disyunción, por eso el saludo es cuando “casi se topan”. Esta poética es la clave de la disyunción:

“cuatro cuartos sin…”
, casi como un número, 4, 4 y 0, 440; ¿Pero qué es el “sin”?; es la poesía, el Sin es el casi nada, el vacío de la disyuntiva; 4/4 son un todo, un 1, entonces está el 1 y el Sin.

El Acto del Sa-Ludens es el acto con que el Sin deja concernido, apropiado a cada miembro de la bandada; lo hace suyo y lo incorpora con un saludo. Los estorninos en su vuelo en velocidad casi, también, se topan; se incorporan en su proximidad sin choque, en su saberse en la distancia; una distancia conformadora de un orden de velocidad y transparencia, puesto que se ve a través de ellos, no cubren sino que dejan intersticios que son aires y claridades que permiten al ojo ver.

Se trata de darle sentido a nuestro quehacer para que nada se deshaga en la indolencia de la indiferencia…

cuatro cuartos sin
saludar
ha-lugar
sa-ludens
palomas y estorninos

Es dar nombre a nuestra procedencia, es incurrir en el corazón del Sin para signarle, darle cara a lo que no lo tiene; Del acto poético decimos que canta al dios del lugar, canta el ha-lugar; hace que lo que ahí se da acontezca como un regalo, puesto que en realidad lo que nos cita es el sin presente del presente. El dios de la plaza, donde se hace pública la intimidad.

Notas.

1. Estorninos
Godofredo Iommi
Taller de Investigaciones Gráficas
Escuela de Arquitectura PUCV
Valparaíso, 1986