junio 29, 2004

Clase 3. Trimestre II / 2004

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} Manuel F. Sanfuentes

La primera instancia para las aproximaciones al acto y a la forma se dan bajo aspectos cuantitativos, importa definir el «quantum» sobre el que ha de gobernarse. Arthur Rimbaud o anota sencillamente: «el poeta definirá la cantidad de desconocido que se despierta en su tiempo en el alma universal»; continúa: «él dará, más que la fórmula de su pensamiento, la notación de su marcha al Progreso».

En este sentido, la belleza que ha de embellecer nuestro acto pertenece a la categoría de instancias no progresiva; esto no quiere decir que no se avanza, sabemos que se va a.., de camino a… Martín Hidegger titula así un libro suyo: De Camino al Habla, pienso que para situarse en ese deambular orientado de la palabra.

Me parece que las relaciones abiertas con las que tratamos no han de comprenderse de modo cuantitativo, como un número o un valor; si avanzamos a la resolución o resolución de una fórmula, que contenga en ella las posibilidades del número, estaremos más cerca del sentido que queremos tratar. Sentido y cualidades no han de ser numerables.

La poesía no trae belleza, o una cantidad de ella, tampoco con respecto al desconocido, sino que determina un «tipo», puesto que ha distinguido sus íntimas relaciones y cualidades. Es curioso, Rimbaud distinguió belleza y amargura (en el sentido de la zozobra en Godo) y aquí en el Taller decimos que aquella misma belleza ha de ser esperanzada. Si atendemos bien, estos distingos son con respecto a un sentido y no a cuantitativas o progresivas interpretaciones.

Más aún, la fórmula resuelva la situación entre las partes de manera de hacerlas comprensibles en un universo determinado. Su escritura -puedo equivocarme- se da siempre bajo el lenguaje de las matemáticas; y formula, puesto que no trabaja con unidades aisladas -como números- sino con valores asociados a los cuales les corresponde la imprecisión de una variable. El reconocimiento de esto es lo que ha hecho a las ciencias y al lenguaje formal de las matemáticas, prevalecer en la búsqueda de una «cualitas» -si hablamos en el sentido del «quantum» y que las aproxima al sentido de lo verdadero. Es el mismo pulso de la Esperanza Esperanzada… Si me atrevo m*s: aproximadores, aproximadores al número. Los judíos tienen 72 maneras de nombrar a Dios, pero no todas de ellas han de pronunciarse, algunas se reservan… y las demás nos aproximan cada vez con mayor precisión, nos aproximan al Número Único, a Dios, a la Verdad… a la Belleza.

¿Podré hablar de paradigma como lo hacen los matemáticos? Paradoja: este «élan primordial hereditario», esta transcripción de lo innombrable tiene una notación: la escritura de un lenguaje aproximativo. Esto ha sido, para números constantes (álgebra elemental) el principio del alfabeto: a, b, c; y para las funciones entre números variables (álgebra superior) el fin del alfabeto: x, y, z.

La notación es la escritura donde las partes constituyen las resonancias de un todo. La transmisión de esa heredad debe ser anotada en tanto valores aproximativos que denotan posición. La coherencia de este lenguaje es la que permite su comprensión, una estabilidad acorde a su comportamiento. «La notación de su marcha» dice Rimbaud; la trascripción de un proceso esclarecedor que debe ser anotado para establecer los caminos que los diferentes sentidos comunican entre sí.

El orden de la belleza constituye su escena y permite su visualización. Se oye cuando se está viendo; la notación reúne al ojo y al oído en sus disparidades. La escena se lleva a cabo ante la cabalidad del ser humano; el acto de la poesía es distinguir o advertir en dónde hay cabalidad y cuando el espectador se reconoce en ella.

Termino con la lectura de una de las Iluminaciones de Rimbaud:

Escena

La antigua Comedia prosigue sus acordes y divide sus Idilios. Avenida de tablados.
Una larga escollera de madera de punta a punta de un campo pedregoso donde la muchedumbre bárbara evoluciona bajo los árboles despojados.
Por corredores de gasa negra, siguiendo las huellas de los paseantes que llevan faroles y hojas.
Pájaros de misterio se abaten sobre un pontón de mampostería movido por el archipiélago que cubren las embarcaciones de los espectadores.
Escenas líricas con acompañamiento de flauta y tambor se inclinan en reductos habilitados bajo las pinturas del techo, en torno a los salones de clubes modernos o a las salas del Oriente antiguo.
La hechicería maniobra en lo alto de un anfiteatro coronado por los boscajes -o se agita y modula para los beocios, a la sombra de las arboledas que se mueven en la arista de las culturas.
La ópera cómica se divide en nuestro escenario por la arista de la intersección de diez tabiques levantados desde la galería hasta las candilejas.