Amereida – Palladio
Discurso de presentación realizado en por el Arquitecto Jaime Márquez:
Cuando Bruno Barla me llamó por teléfono, para decirme que Alberto Cruz pensaba que yo podría presentar, aquí en este acto, el libro “Amereida-Palladio” -no pudiendo negarme a un pedido de Alberto- me surgió de inmediato una interrogante que, en ese momento, no supe si quedaría despejada en el empeño de cumplirlo: ¿Porqué se le pedía a un discípulo, si se me permite llamarme así, el cual -asumiendo un designio explicitado por el propio maestro- había abandonado la universidad para salir, o entrar (una de las incertidumbres de hoy, es cuándo se esta saliendo o entrando) salir o entrar al mundo de lo público. Se entiende, a uno de los tantos modos de lo público.
Cuando luego, recibido el libro, lo hojeé -en ese acto tan propio del tiempo de las revistas y la televisión- pensé: “me han pedido que presente un libro impresentable”. ¡Sí!, porque además de mi incompetencia, me pareció -en ese primer hojear- no ser un libro. De manera tal que, como el león, aunque tenga tapas duras y un índice, no sea un libro. Un libro, se supone comúnmente, que se escribe para cerrar algo, y Alberto Cruz esta siempre abriendo.
Ello me hizo recordar aquello de los “cuadernos azul y marrón” de Ludwig Wittgenstein, que no lograban llegar a libro. Pues mientras más esfuerzos hacía por dilucidar las necesarias precisiones del lenguaje, más se ramificaba el problema. Tanto que Wittgenstein, para convencerse a sí mismo que, verdaderamente, su pretensión era hacerlo comprensible, se fue -de la Universidad de Cambridge en Inglaterra- a enseñar en una escuelita rural, si no me equivoco en Noruega.
Pensé entonces: “lógico, debo primero leerlo completo”. Y, además, con un leer tal como el que nos proponía que aprendiéramos -en este mismo edificio, de esta misma Universidad, a mediados de los años cincuenta- el profesor filósofo Ernesto Grassi: un leer “laborioso”, como nos dirá Alberto en el propio libro.
Todavía ojeando (primero lo escribí con “h” de hoja, y ahora con “o” de ojo) al ojear los dibujos, me imagine las manos de Alberto como esos pájaros que, a la sombra de un árbol, picotean describiendo unos recorridos indescriptibles; pero, -claro está- guiados por una honda necesidad vital.
Iniciada entonces la “laboriosidad” de leer, se nos muestran, en estos cuadernos-libro, Alberto -y Bruno con él- como arquitectos que son en el estar siendo. Nosotros, los formados en la Escuela de Arquitectura de esta Universidad, aprendimos que el regalarse el tiempo de la observación podía abrir, a partir de observar lo “ya sido”, la posibilidad de vislumbrar “lo aún no”.
Y a lo largo de este laborioso leer, la laboriosa empresa de hacer de un estudio un libro, nos comparecerá nuevamente ese recorrido entre el ojo que contempla, la cabeza que reflexiona, la mano que dibuja, nuevamente el ojo que verifica y finalmente, quizás, la mano que re-crea. Por ello, nos dirán los autores, la observación se constituye como tal por la simultaneidad de dibujar lo visto y escribir lo pensado. Ello viene a replantearnos la originaria y radical cuestión de “actuar y pensar”, propio del habitar humano. Praxis y lexis, en la “herencia” de los griegos, ¿o quizás, ya tradición en nuestra Escuela, según el distingo de los autores?.
Pienso que talvez, justamente por aquello de la herencia de los griegos, el hacer público este libro deba ser “una carta a los arquitectos europeos”. Carta que da cuenta de haber recibido aquella heredad y pretender volverla tradición en virtud de su reflexión, como también nos harán notar Bruno y Alberto. Todo esto a su vez vendrá a señalarnos que aquí también, en América, “lo ya sido” quiere y puede alcanzar “lo aún no”.
Constatamos, en ese prólogo del prólogo, que el propio Alberto nos va a confirmar todos aquellos temores y dudas iniciales. Nos dice: “dar cuenta de un estudio en su completitud, es un imposible” y luego nos refrenda, “ pero, no por ello, lo re-concebimos, por ejemplo, en tres cuadernos sucesivos…”.
Acto seguido nos iluminan, los autores, sobre cinco padecimientos del oficio: de tener que habérnosla con la lejanía o cercanía de la heredad en la reflexión; de la persistencia de “lo ya sido” en “lo no aún”; del asumir el “re-cordar” como una empresa de reflexión; de la necesaria no completitud del estudiar y del ineludible “dificultar” que conlleva el facilitar. Padecimientos todos estos que, a lo largo del estudio, tuvieron justamente a la laboriosidad como soporte. Y por ello, no queriendo que sus frutos permanezcan como preocupación y ocupación solitaria, publican, hacen públicos, dichos frutos. Los quieren hacer también para nosotros, pares que ejercemos el oficio en la, así mal llamada, administración pública.
¿Es Palladio, talvez, un pretexto para todo esto?. Mi personal respuesta es, en cierto modo: un sí y, en otro: un no. Palladio es “un hallazgo -de Bruno- no ajeno al descubrimiento”: un “texto previo”, sobre el cual re-leer o re-escribir, en Europa y América, el poema de Amereida. Haciendo público este re-escrito, se espera que -en virtud de ello- venga a incidir sobre las circunstancias de los pares que obran en nuestras ciudades: en las de nuestro país, en las de América y, quizás también, en las de Europa.
Me parece, entonces, que lo que me corresponde y se me pide, no es presentar, sino recibir este libro como uno de aquellos que, habiendo dejado la universidad, intenta juntar el pensar con la acción –empresa descabellada hoy día- en medio de lo público.
Y para recibirlo no puedo menos que, desde mi ejercer, intentar un balbuceo de interlocución, a partir de algunas observaciones del libro, como respuesta al intento de ampliar la Ronda que él nos propone.
Sólo algunas cuestiones, de las muchas, que este libro (que no cierra) nos abre.
Una primera: la extensión -que conforme nos revela el estudio, ha pasado de la ortogonalidad del acceder español a la diagonalidad que mira adelante, observando en transversal- a nosotros, los del obrar en la ciudad de hoy, nos constriñe, esa extensión, como una que se bifurca en la multiplicidad y simultaneidad de las redes. Redes que introducen en el espacio los ritmos del habitar de hoy; los cuales, por la diversidad de la velocidad generan, de suyo, nuevos bordes y centros.
La segunda cuestión, enlazada con la primera, nos la abre uno de los dibujos de Alberto, con su entorno de textos. Nos dice que hoy no se da la extensión como en las cartografías antiguas, que mostraban en sucesión los sucesos que permitían acceder a ella. Nosotros comprobamos, en nuestro obrar público, que dicha extensión nos comparece como un conjunto de comarcas (para usar una palabra que intenta rescatar el sentido originario de la tan desprestigiada palabra “zona”). Comarcas unas dentro de otras, al modo de las muñecas rusas. Por ello –pensamos- acontece esa dificultad de no saber hoy si se sale o se entra “en y de” las redes y comarcas.
Una tercera cuestión: los edificios en altura, nos dicen los autores, serían un modo de entender el “progreso”, testimoniado (ese ambiguo concepto) en la vertical. Vertical que se apodera de la representación de la ciudad en su voluntad de habitar la lejanía. A nosotros nos apremia la pregunta si esa voluntad supone el consumar la extensión, sin dar cabida a comarcas sagradas, antiguas “reservas del rey”. Donde la naturaleza -“madre nodriza de los poetas”- posibilite que el saber sea siempre un volver a no saber. Por ello, “santuarios” -o “parques re-creativos”- nos estarían reclamando su “ha lugar” en la ciudad extensa de hoy.
Una cuarta, y por ahora última, cuestión: en una visita a la Catedral de Lima, años ha, sentí que la altura y grosor de sus pilares, posados sobre el amplio suelo de la catedral, decían de un empeño del constructor español por presentar, o representar allí, la voluntad de dominio del conquistador sobre la extensión del nuevo continente. Y, esa simultánea presencia de vertical y horizontal, nos habla de una medida -entendida esta como relación de algo con un canon y, a través de ese canon, con un otro. En varios de los dibujos de los exteriores de las Villas de Palladio, Bruno nos hace patente esa “medida” de lo alto con lo ancho en el canon del territorio del Véneto. Todo ello nos viene a cuestionar, a nosotros en la ciudad de hoy, la sin medida de una vertical de la mera altura, sin relación con su específica comarca.
Permítaseme, para terminar, dos reflexiones.
La primera, que -en este ser del arquitecto, que nos propone Amereida, del estar siendo- se hace explícito el que nuestro obrar en la ciudad debe colaborar a construir la continuidad del tempo urbano, por la simultaneidad de un pasado, que se consuma en un presente, pero no suspende, ni clava, un futuro (ello es un rotundo no a “el fin de la historia”). Esto viene a hacerse “presente” en el instante del obrar; simultaneidad -instantánea y abriente- que Kierkegard habría llamado del “éxtasis”.
Y, la última, cada vez que leía a lo largo del texto lo del “ángel Palladio”, no podía dejar de venirme en mente unos ángeles que dibujaba Chagall (también el de Rodin, en la escultura de la gloria o defensa) los cuales siempre me parecieron que -junto con cubrir o guiar con sus alas- estaban descargando su peso sobre quiénes los soportaban.
Jaime Márquez Rojas Arquitecto UCV 1959