agosto 19, 2003

Clase 8. Trimestre II / 2003

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Alberto Cruz C.

Prosiguiendo en el tono de las clases anteriores en que hemos venido reiterando lo dicho, debemos ahora demorarnos -de morar, decíamos- en aquello del asombro. Y para ello volvamos a la clase inaugural del presente año académico, cuando hablamos de: los dibujos de los cuadernos extreman sus claridades y oscuridades en el alba. La aventura del extremarse. Así, ahora, el asombro en la aventura del extremarse: el asombro nimio ante una nimiedad, el asombro grandioso ante una grandiosidad. El nimio asombro ante alguien que avanza en aquello que nosotros por carencia no podemos o que avanza donde le atribuíamos una carencia para lograrlo. El grandioso asombro ante el arte, la poesía y la trascendencia religiosa.

Tomemos primeramente el asombro ante la música de las matemáticas, cuando la Escuela entera se reúne a estudiar reunidamente -digamos-. Y con ello el estudio avanza en el saber y conocer la completitud matemática. Y en este avance a la completitud se avanza en la consistencia, al saber y conocer que la matemática puede suspender sin por ello destruir, invalidar, o sea, dejando intacto. Por ejemplo, suspender lo contradictorio.

Entonces, como no asombrarse ante una disciplina que por siglos viene acompañando al hombre y que alcanza un tal poder de suspender. Como es posible que tan libremente -sin coacciones de ninguna especie- haya construido un pensar tan libre. Hemos de buscar ese espacio de libertad. Ahora mismo, aquí mismo; en este Taller de América. Búsqueda que no puede ser en tono de coloquio pues en el solo puede alcanzar lo que ya poseen los que intervienen en él. Sino en un tono de interlocución ante el mundo entero, sí, tal propósito.

El espacio de libertad buscado bien puede ser uno en que las acentuaciones vengan a ser algo decisivas. Acentuar es para hacer aparecer. Acentuar indica que el aparecer no es continuo, ni permanentemente sino cada vez. Es así renovadamente. En incesante renovación. Ello es lo que entendemos por plástico. Un aparecer acentuado. Entonces cabe advertir que estamos afirmando que lo libre es plástico. Que el espacio de libertad es plástico.

Por tanto el juego que la Escuela se encuentra construyendo es plástico. El acentúa algo. Sí, por qué el juego en sí mismo es plástico. Por ello su fruto es lo aparecido plásticamente. Que al serlo así, lo es en libertad, con esa libertad que alcanza la matemática de suspender como se señaló recientemente.

Por tanto no podemos decirnos ni decir que un juego en sólo o puro jugarse se basta así mismo. Que su plasticidad se cumple del todo. Que su acentuación alcanza la renovación propia de una vez. Pues la libertad matemática es con antecesor y sucesor, así, lo libre lo es de donde el juego que se construye es con un sucesor que acentúa. En tal sentido comparece un límite. El sucesor no puede ser suspendido.

Pero bien parece que el asombro -volviendo a él- tiende a lo sin límite, a lo sobre los límites, a lo sublime si no me equivoco, se produce entonces lo que hemos llamado una situación o una zona cáustica -en que cáustica es ese borde de luz que se refleja a sí mismo destellando- una cáustica entre el sucesor como límite y el asombro.

Dicha cáustica viene a dar cuenta de la relación entre los lenguajes del arte cual oficio y la lengua que entona la poesía al decir de Godo.

Vayamos a la observación. El destello cáustico enceguece al ojo. Este ya no ve lo opaco. El no ver en el caso del arte en la extensión es algo del todo imposible. Se ha de ver en él en completitud.
Pero esta completitud no es simple. Observemos esculturas de Claudio

La observación de ellas trae el vocablo, es decir, una palabra que apropiamos -de cloaca-. Esta designaba en la antigua Roma al alcantarillado, la cloaca máxima recogida todas las aguas servidas. Ahora bien, en la plástica del aparecer hay formas que avanzan hacia  nosotros por que otras las sostienen y hay puntos, intersecciones,  dobleces, cortes, aristas que recogen a esas formas sostenientes, sostenedoras, ellas son las cloacas. Que son bellas, bellísimas en Claudio. Ellas son así, las antipartidas del suspender. Son el límite del aparecer, son, por tanto el cuidado, la curia porque todo aparezca.

Sí, que aparezca a través de vencer el límite plástico que genera a la cloaca. Pero el asombro lo es de aquello sin límites. Es más allá, entonces de las acentuaciones que poderosamente incorporan lo no acentuado, en la escultura de Claudio Girola. Vemos que la cáustica se vuelve en sí contradictoria. Queramos ser sin límites estando en, con y por los límites. La belleza de la cloaca -en su impropiedad da cuenta de ello-, pues queremos que en su ser así llamada, llame.

Volvamos a observar: el espejo retrovisor lateral de un automóvil que por su dorso entrega difusas figuras deformadas, yo dibujando. Y que por el derecho entrega las verdaderas magnitudes que permiten conducir, acaso con mínimas rectificaciones.

Por tanto avanzar por el derecho que no por el dorso.
Ello lleva al Patrono de la Escuela: a San Francisco de Asís.
Al que se lo tomó como patrono en un acto de desprendimiento en que la Escuela entera bajó a la playa para que cada cual entregara algo suyo al mar.

Se han dado sucesivas celebraciones el día de San Francisco. Acto en su honor. Acto en que la voz de la Escuela dice y hace, sí, las celebraciones manifiestan la parte de la Escuela. A los que egresaron el trimestre del año pasado en el ya tradicional regalo se les entregó unas versiones del Canto a las Creaturas. Hay que reparar, hay que constatar una cierta reversa. Una reserva ante lo que se reserva en San Francisco.

Una profunda reserva. A la cual hemos respondido, cabe advertirlo  con una reserva nuestra. Por cierto no profunda, ni menos sobreabundante como la del Santo. Pero sí, por el lado del espejo, que no por el del dorso. Luego asombro y reserva sobreabundante han de ir juntos. Entonces, el asombro se asombra de la reserva de sobre abundancia, la que des-cubre, des-vela en cada ocasión en que él se nos adentra -como decíamos en la clase anterior-.

Y el asombro se nos adentra como un presente. Un presente recoge el pasado y anticipa el futuro. El tiempo se contracta. En la plasticidad en un aparecer. Como los símbolos matemáticos colocan ante los ojos los árboles de los antecesores y de los sucesores. El asombro en su contractarse vuelve, torna, al obrador en obra. Esta avanza sobre aquel. El obrador vive de la obra y para ella. Vive del momento cáustico, luz de destello de la obra. Así, de cáustico en cáustico destello enceguecedor -como se señaló-. Y en el destello yacen  reserva profunda y cloaca bella. Tanto que podemos perder de vista que es perdernos de vista del obrador. Pero el nervio que pulsa a la Escuela y a la Ciudad Abierta es el del ritmo del obrador. No, por cierto, para que venga a ser el albatros de Baudelaire en que sus  alas gigantes le impiden andar, sino a la manera -con suerte- del estornino de Godo.

El nervio del pulso del obrador que no oscurece en el interior del destello, sino que el zig-zag del suelo de estornino -si lo alcanza- lo enfrenta cada vez nuevamente a la reserva sobreabundante. Cuando se entra en interlocución con otro arquitecto, el gesto hospitalario que no es requerido, es de palpar a través del diálogo su modo de enfrentar a la reserva sobre abundante. Que no de soslayo.

Naturalmente que estas realidades del arte, del espíritu, son vistas por otras miradas que han de llegar a aberturas y fundaciones bien diferentes, pero todas no podrán dejar de enfrentar.

Con la frente.

Por eso, cabe que el alumnado de la Escuela, como lo hace el profesorado, venga con-decirse con palabras, con sus propias palabras templadas en la observación, de su ya estar enfrente. De manera que cuando en el jugo de cartas se lleve a cabo, cada alumno las enfrente con cuanto se le ha venido adentrándose.
Lo cual, no significa una tarea, ni menos una prueba, sino un acto de gratuidad respecto del propio madurar.
Maduración que podemos llamar:

La construcción el presente de un jugador

de un obrador que obra.
de un oficiante que oficia.

Las ocho clases de este segundo trimestre son los pasos de una tal construcción. Ahora nos toca volvernos sobre ellos a través del acto que desde Amereida podemos llamar del origen.

Cruz del Sur
Origen. La creación de las creaturas.

De todas las creaturas. Por eso este juego. Asombroso. Un juego cuyo acto es ser creatura. Abre a todos los actos de la Escuela, los que se estén concibiendo, llevando a cabo en los Talleres, en la Cultura del Cuerpo… a que enfrenten su origen.

Enfrentar de cada cual, acentuando conforme a su singular manera, nacida en su singularidad, cuidada en ello por la Escuela, a fin que la singularidad manifestación de los límites de condición de creatura manifiesten la libertad de nuestra condición, en que manifestar, manifestar condición es indicar la sobreabundancia que es regalada a la creatura.

Estamos -entonces- en la libertad del espacio de una Universidad Católica, espacio del acentuar, como dijimos en el comienzo de esta clase.

Manuel F. Sanfuentes

Uno puede advertir cuándo el verso nos concita y nos deja ensimismados, retumbando al pulsar de cierta cuerda, encaramados encima de un ángel que no se advierte; uno reside ese instante como siendo algo más que uno mismo. Entonces no hay ensimismamiento sino pura proximidad, otredad; uno deja de ser uno mismo en ese tiempo.

La phalène vuela y ciega su existencia hasta el extremo. Nosotros no hacemos tanto, pero nos ilumina esa chispa que estalla cuando el fuego consume a ese ser de alas blandas y lo deshace; nosotros no hacemos tal, pues nada tiene un tal cual o cada cual tiene el suyo en su naturaleza.

¿Qué de todo eso da su nombre a la phalène? Más que una consumación es el hecho de que ahí se cumple algo, se da una vida entera que prende y se extingue ahí mismo y no recapitula ni vuelve ello mismo a suceder; sucede otra cosa, no aquello sido.

La palabra cuando es dicha se hace y se deshace en la boca; el poema de la phalène es ella misma, su propio tiempo, su propio aire, su presente y su memoria. Y de ello nada queda en lo tangible, ni un edificio, nada semejante a lo que yace ocupando un lugar en el espacio. No hay más que un tiempo dedicado a la indolencia, a la siesta americana, al paseo por la ciudad, a la vagancia matinal de un joven que promete.

La insignificancia que más tarde significa y da sentido, constituye en el que así practica su prestancia, un eje más que memorable; es primeramente un querer que se va haciendo una voz como una guía que se torna en referencia.

Acaso será su vuelo el que nos reconforta, su aérea proporción que nos evoca el aire libre y nos induce a un paso intransmisible. Será la muerte voluntaria en ese fuego de una noche que nos deja atónitos y malheridos. Nosotros nos salvamos de esa muerte inclaudicable, de morir en el regazo de un ardor insufrible. Pero no así la poesía, no lo que se dice en ese instante. La palabra cuando es dicha se consume en el oído; podemos recordar pero no transcribir, podemos hacer señas pero no la misma cosa.

Aquello más preciado ha de buscarse a diario; lo que se guarda se aquieta y queda mudo y cada vez exige que uno vaya a celebrar lo que en la intimidad hace precioso lo que se emprende. El poema es un sol que vence al alba, se empina, enciende el fuego en estas costas del Pacífico y decae en sus aguas y se consume en entero en el ocaso… y la noche vuelve y sólo recrea el día puesto que ya no lo tiene; la luz se ha disipado hasta la próxima jornada y así… inevitable cada día.

“hambre insaciable de un alimento intangible”; sed de cuanto hace resistir y lleva adelante el motivo que se desconoce: lo que la fe hace perentorio y pertinente. Ese alimento intangible -como dice- nunca sacia el hambre trascendente.

No cumplimos un procedimiento ni una fórmula que nos refresque del trasnoche; por eso la phalène no es una actividad de lo ordinario ni obedece a u calendario que las artes requirieran; ella se da en cuanto necesidad de lo insaciable, en cuanto afán de permitirse irse dando en lo que le da a lo suyo, a su quehacer o a su oficio, un vuelo que no ha tenido y no tendrá jamás si no advierte en lo intratable lo intangible que sí, siempre, todos reconocen.

El Taller ha procedido desde un inicio, desde Dante, en este camino que nos advierte de la intimidad que en la Escuela ha de darse; tampoco como un cumplimiento de una palabra empeñada, sino como una ruta de un devenir que hace de lo nuestro un fraternal acompañarse entre lo versado y lo que se proyecta.

Si la fiesta ha de ser consoladora, habrá un suelo que debe irse dando para que el pie reciba bien lo que en el vuelo viene como inasible, etéreo y consolador.

El viaje, el vuelo de la phalène hasta el fuego que la consume, es un recorrido por lo que ha dado base a este Taller: la capacidad de sostener en las palabras -una obra del lenguaje- un origen que ha dado tradición a un modo de asentarse y hacer fe en las arenas que vuelan cada día y que avanzan en un tiempo que aún no tiene su medida.