diciembre 2, 2003

Clase 7. Trimestre III / 2003

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Manuel F. Sanfuentes

El Taller concluye para dar paso a un intervalo demorado; se aquieta más que acabar. Concluye este primer pie con el fin del año académico, con la vuelta de travesías y la presentación de ellas y de los quehaceres de cada taller en los próximos exámenes finales.

Tomaré para el caso, o fin, un poema de Godo para concluir o dar inicio a este intervalo; entendemos académico puesto que nuestro debate se da en las aulas que albergan a la universidad, y es allí donde a la poesía se le ha dado cabida, no como una instancia de cátedra, instrucción o literalias, sino como formación en las intimidades de la abertura a la que ha querido consagrarse el estudio en este lugar, como una dedicación a la más alta voluntad del ser cuando ha de ir de la mano de una palabra que libra su batalla como una suerte nueva… leo:

la tarde recoge su cielo

esta incesante memoria
            del momento
cuando cada luna traiga el mar

una sola ciudad en lugares distantes

las bellas uniones no se tocan

la sonrisa de la pasión en tu silencio
la libertad de las nubes es sin retorno
y el suelo inaprensible del gusto

la música desconocida del trazo
cuya la américa renueva el aserto

de nuevo a tí
        huésped de los vientos

Es innegable que la poesía apela a una suerte nueva… Hay huésped y hay viento (dos cosas) y en poesía las dos juntas una sola: el poeta y el que halla en ello esa voluntad inaprensible  de saberse recogedor del cielo.

Podemos desde ahí hablar del aserto; la asertiva postura de la certeza, de la “no me cabe duda” esta vez se renueva; habíamos hablado en clases anteriores de la restitución.

No es la duda metódica la que nos orienta sino la interrogante que se pregunta cómo, cuándo y dónde ha de darse esa fortuna renovada.

Nuestra relación con la poesía, siendo no metódica ni instructiva, no se da tampoco como aprendizaje, sino como un ejercicio de sentido; ella da sentido no porque no lo haya, ella abre uno nuevo; por ejemplo: este de que América renueva su certeza. Tal vez este continente sea el más certero de todos; la verdad cobra tiempo. En América no hay mitos sino tradiciones que se originan en el mundo de lo tangible; única certeza.

América no vive de los fantasmas del pasado, sino de la posibilidad de un futuro que en el presente poco se vislumbra; un porvenir de las certezas y de la coincidencia entre el anhelo y la realidad… su mar interior.

Esta coincidencia en el poema se da por la fortuna; al poema se le pide siempre que entregue algo, que diga algo de modo que el que oye se complace, más que en lo dicho, en sí mismo; esa es la fortuna, lo que en la phalene dice la carta que se levanta:

   arena
    en el follaje

Después de una entrega así puede entenderse que al poema se le pida y no se le pida, de modo tal que se está ante él con la misma gratuidad mutua que se dispone en el acto poético, y que en suma es pura solicitud.

La palabra poética nos dice bajo esas instancias: gratuidad y solicitud, por eso el orden de belleza se da ahí cuando el poema renueva su formación, incluso su constitución es un nuevo aserto; podría decirse, una palabra “ad-hoc”.

¿Dónde se inicia y hacia dónde se continua en la lectura del poema? ¿Cuál el clímax y su sucesivo sopor o exaltación? El poema responde a su dictado, a su escritura y a su disposición espacial.

Así, puedo recoger un poema de Godo, de no sé cuándo escrito, sin título pero decidor, para leer hoy, aquí mismo, como si fuese en la página 1338 de la lectura de sus obras completas; pero no es así… no he de ir, y no hemos ido en sucesivas cronológicas de una poética disyuntiva; no hemos venido aquí como un avance, puesto que hemos venido aquí en la libertad de las nubes.

¿Porqué las bellas uniones no se tocan? ¿Porqué tal intangible?… es que las uniones no han de ser materiales, son de hecho intangible.

¿Porqué nos pide la travesía su dimensión poética? ¿No basta el trajín y la peripecia de la aventura; no está la poseía ahí en cada cosa? Sí, pero no todavía la palabra; la palabra que abre la música desconocida del trazo y la incesante memoria del momento.

La búsqueda del aserto ha pedido la elección del lector; quien oye y lee discrimina y selecciona, prioriza no intelectualmente sino, podríamos decir, por pasión. Así, las palabras del libro se explayan como hojas de un árbol las cuales no están jerarquizadas, son un entramado que ha de numerarse y distinguirse en cuanto contemplación. Entonces el poema aludido, esta vez, puedo así leerlo:

de nuevo a ti
        huésped de los vientos

la libertad de las nubes es sin retorno
la sonrisa de la pasión en tu silencio
y el suelo inaprensible del gusto

las bellas uniones no se tocan

la tarde recoge su cielo
cuando cada luna traiga el mar

la américa renueva el aserto
                cuya

la música desconocida del trazo

esta incesante memoria
            del momento

una sola ciudad
        en lugares distantes