noviembre 4, 2003

Clase 5. Trimestre III / 2003

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Manuel F. Sanfuentes

Cuando las partidas se asemejan a los arribos, cuando quien llega saluda al que mañana ha de partir. Cuando al unísono estar y no estar no omite las presencias que nos rigen como una suerte de beldad emancipadora cuando nos cubre las guardias cuando faltamos.

Las Travesías, como estancias americanas, se adscriben a la geografía pero no se apegan; se orientan en las coordenadas pero no rehacen el paisaje; éste ya es. Un signo en el espacio es el saludo vasto de Amereida, no una reconstitución de escena.

Así la estancia; el poema de la phalène de Valparaíso recubre con su velo el continente: “un escudo de cristal que defiende nuestra mesa”… Tal vez la defiende de nosotros mismos, de sabernos bienhechores o advertidos de antemano de las faltas que engrandecen.

Las Travesías se dirigen a un punto distintivo del continente, ya sea geográfico o de intimidades; otras veces se yerra por él; uno se aventura en el recorrido y exige de él la prestancia de la diferencia, pero no se tiene propiedad sobre estos distingos; se va a ellos, se les dibuja para retratar su intimidad, no para tenerla sino para traerla aquí hasta nosotros como un cronista de los dispar y extraordinario.

El conflicto del hombre contemporáneo es su batalla por la posesión. En las travesías, todo lo contrario, practicamos el desprendimiento, la falta de tenencia, la observancia de ir yendo y dejando atrás… de ir sacrificando phalène por phalène, de ir incendiando la palabra para dejarla ahí suspendida en medio del páramo, de las pampas, de las aguas, de las montañas; doquier pida que una palabra clame su dedicación.

Hace dos o tres clases, luego de realizada la phalène, aquí en el Taller de América, recogiendo el acontecer, y luego de incendiada esa palabra en la ciudad y aludiendo a los vocablos del Taller, se traía uno último; si bien entiendo uno no escrito todavía, pero sí que teníamos a su sentido llevándonos: la Restitución.

La phalène luego de su extinción se restituye, vuelve a la vida en la palabra que nos deja y que llevamos cada cual en Travesía. Entonces ella se restaura, vuelve a imperar; “el escudo de cristal que defiende nuestra mesa” nos protege de las faltas.

Ciertamente la poesía no claudica ni se consume en un solo intento; podrá ser una triste alegoría de un deceso contundente que por cierto da más vida.

Ha sido bueno recuperar ese valor que no perece; y si lo hace, volver a darle vida. La Restauración, por ejemplo, en notas de Travesía: “Tal acto pide al cuerpo su ejercicio, voluntad y voluptuosidad; la poesía a flor de labios libera por su boca lo inescrito y dicho ahí; el oidor retiene el retumbar de la palabra poética. Las partes del cuerpo como las partes de un todo juegan desde su unicidad hasta sus combinatorias no infinitas. El autor y el lector se integran en una nueva persona: el Auctor (ver F. Fedier); tal acto, tal jugada… y se rectifican uno al otro”.

Encontrar en la phalène su regreso nos permite volver a ella, pedir más, volver a oír y a tener su presencia entre nosotros con la misma multiplicidad de la Travesía.

Entiendo a la poesía en este acto de restauración, restituyendo “lo que quebrado en ascuas quedas mudó su boca”.

Esto abre los horizontes; imagino que en el futuro podremos abordar el norte del continente; el Sur de Amereida, radicalmente distinto; habremos de encontrarnos con aquella tierra originaria, con pueblos vencidos por la civilización, con tradiciones que no sospechamos, con nombres que han sobrepasado infinidad de sacrificios.

Ciertamente Amereida no va en busca de lo autóctono o del criollismo de lo indígena, pero el encuentro con una América más compleja en su conformación actual dará a la Amereida un volumen nuevo… pues:

“nada se corrompe
si en la aventura
una lengua anuncia la que escucha
y otra palabra
nace”

Y así mismo comprender la diferencia de los mares, Pacífico y Atlántico; el primero marítimo, el segundo ribereño, de las desembocaduras más que costas, de la tierra adentro, de las grandes aguas descendiendo… Horizontes distintos para cada cual, mar y mar y un solo mar desconocido para ambos… el mar interior americano, el lugar de los nuevos nombres, del nuevo volumen.

Termino con un prólogo indispensable, así nombrado por Leopoldo Marechal, autor del libro que cito (Adán Buenosayres), porteño de Buenos Aires, a orillas de ese mar de plata que es el enorme río; ese horizonte no es de mar, es agua dulce… puerto adentro… leo:

Prólogo Indispensable

En cierta mañana de octubre de 192…, casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñábamos las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:

Adán Buenosayres

R.I.P.