octubre 14, 2003

Clase 4. Trimestre III / 2003

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Manuel F. Sanfuentes

El cumplimiento, como algo imperioso que se emprende se asemeja a uno de los vocablos que en el Taller de América han ido apareciendo como nombres que a los oficios inducen: “Esperanza Esperanzada”. Cumplimiento que sólo una saga organizada permite llevar a buen término o a buen pie.

Ese llevarse a cabo de la phalène en su esperanza esperanzada nos ha convocado no por requerimiento sino por puro eros creativo y consolador, pasión… fiesta que da pie, suelo y sentido.

La saga consentida del poema reconoce a lo dicho en la phalène como algo edificante que debe ser incorporado; se distinguen así los roles que hacen de cada cual un emisario del sentido: está el lector, está el que dirige, está quien oye, está el que viste, está el que acompaña, están todos y está la poesía llevándose a cabo en ese momento como un racimo que crece sin cortarse.

En un modo muy preciso el acto poético restituye, más que otorgar una dosis más de su sentido del desconocido, da al que se ejercita una memoria nueva; no que rememore o haga fuego de las cenizas, no que reencuentre; esa memoria se inaugura ahí de por sí y para todos y abre en cada cual la esperanza de que allí lo que se da restituye, edifica… y se acuna como un signo.

No deja de dar sentido; el quehacer diario de los oficios, su faena cotidiana y su ejercicio se ven acompañados de un halo memorable que se comparte más allá de los roces prácticos.

¿Cuánto de poema tiene todo lo que hacemos? ¿Cuánto del oficio, del que sienta su humana procedencia a escribir lo que la musa dicta como una diosa?

Si el oficio comprendiera que el hacer de la poesía es este irse dando al que palabra pide espera esperanzada… sí… cuando le da lugar.

Ha-lugar, la disyunción poética abrió a la poesía las comarcas del paseo; el escribano del monasterio y sus manuscritos, esa disposición en el poema ya no cae… hemos venido a lo abierto amigos…

cierto lo brillante restado
hoy bajo y estrecho nos encierra el cielo
ni los cerros están ni aun abiertas de los bosques
las cumbres al deseo
            y vacío descansa de canciones el aire

de Ida al Campo
F. Hölderlin

Tal abertura, límite, nos devuelve al origen; el acto poético fundacional de la Ciudad Abierta parece intacto, su caminata, su paseo por la arena recién inaugurándose y hablando de sí. He aquí: la poesía, ronda, cuerpo, pueblo, aves, palomas, estorninos… Hermandad en la Orquídea… la flor que crece al alero de…

Cuando decimos: detengámonos aquí, creo que no lo hacemos; no nos detenemos puesto que no hay modo, la poesía tampoco es una detención o un téngase presente; es más un “he ahí”, un “ça va”, un “mire pues” que un “ya lo tengo” o un “me detengo”.

Estos no son vocablos; entiendo a ellos como una glosa que instruye con solo enunciarse; ni sus desarrollos (aún no habidos) dicen tanto como ellos solos, en dictado e incipientes; habrá de allegarse a ellos: Retén, A Flor de Labios, Reojo, Ojo Largo, Laboriosidad, Privilegio, Injusticia, Meticulosidad, Encrucijada, Mundo… y así… hasta Horizonte, el vocablo 39.

Hay una gracia impredecible y esperanzadora cuando poesía y oficio hablan a la vez sabiendo oírse; no una en vez de otra; ni antes ni después, sino al par como diciéndose uno al otro, para hacer del lenguaje un mundo que rija el quehacer.

Amereida nos dice que “sin lenguaje, todas las rutas hacia nuestra intimidad, aunque se adueñen, deforman y engañan”. Esta intimidad, abordarla pide de la ronda, de una disposición que comparte el cuerpo, las manos y el habla; ese lenguaje del que está, dice y traza. Lo imperioso es este trío en conjunto que nos da lenguaje concorde a lo que hacemos; permite hablarnos en la intimidad de la materia y en la individuación del mundo contemporáneo.

Una Escuela no es un individuo, tampoco la suma de ellos; sino que es la intimidad que se concierta entre el vocablo y el poema. Concierto que se da, pues, en el acto. Concierto de las Travesías, intimidad de la materia con alguna extensión continental… siempre una; y una palabra que cubra esa extensión, el poema de la phalène inscrito en cada punto de las diferentes travesías; un horizonte del poema a voz en cuello como un eco que retumba en este tiempo como un coro americano cantando a su mar interior; tantas voces como número de travesías.

Dispuestos y orientados, como un rezo a tierra santa; Santa Cruz de la Sierra, eje. Capital poética de América.