julio 22, 2003

Clase 4. Trimestre II / 2003

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Alberto Cruz C.

Volvemos a lo tratado en la tercera clase: el irrumpir, el aprestar, el proyectar, la aventura, el cese, el recomienzo, el ser sostenido.

1º El Irrumpir

Se dijo que la palabra poética cruza como un rayo y arco iris para todos, señalando el “ha lugar”. En que la creatividad de todos encuentre su cauce de realización -agregamos ahora-. Entonces el “ha lugar” establece en cada cual, en uno, en nosotros -arquitectos y diseñadores- un tiempo, vale decir, hace del tiempo un cauce. Hemos celebrado así los cincuenta años de nuestro cauce. Y decimos bien, porque la palabra poética que es rayo, que es arco-iris hace y celebra. Entonces, el ha lugar poético es haber y celebrar, entonces, también, el lugar, lo es de realización y de celebración. Y aún también, el irrumpir es así mismo esta doble dimensión del tiempo, de la temporalidad. Se realiza y se celebra, se celebra que lo que se realiza sea inaugural. En que inaugurar es traer algo que es mera posibilidad, cobre su cauce de realización. Tenemos que la mera posibilidad de una ciudad abierta cobró y mantiene su cauce desde hace treinta y tres años: tal tiempo de realización-celebración. Para un pueblo de estorninos, los pájaros que vuelan entrecruzando sus zig-zag nos dice Godo. El ha lugar de la Ciudad Abierta es que ella inauguró la temporalidad de los estorninos.

2º El Aprestar

Se dijo: oír la palabra poética no es algo ocasional, sino en continuidad; en un ir oyéndola desde el propio oficio. Ahora agregamos. Ir oyendo es ir portando la palabra oída. Es ser su portador. También se dijo: el pro y el yectar, el proyectar del oficio oye a la palabra poética como una llamada. Entonces agregamos, somos portadores de una llamada. No somos sino eso. No, por tanto unos que hacen de intermediarios entre la poesía y los oficios del arte. Es bien posible que el mundo actual que va en el organizarse a fin de no entrar en pérdidas, nos tenga cada vez como una suerte de intermediarios. Y aún de intercesores ante el rayo y el arco iris de la poesía. No es este nuestro “curso”, tampoco el darle curso en otros. Y no lo es ni puede serlo, porque el ser intermediario no abre cauce de la realización-celebración que inaugura. Lo dicho en la primera clase del año. “Dante o nada” de Godo, lo oímos como ser portadores de llamada o nada.

3º El Proyectar

Se dijo: El proyecto de un juego. Un juego poético. Con cartas como los juegos de naipe. En este cada carta tiene un valor unívoco: cuatro corazones. Calidad: corazón: cantidad cuatro: algo completo. Autosustentable. Pero, las cartas de un juego poético, como la Paleen de Godo, ellas eran figuras que exponían un argumento. Y quien las miraba debía exponer dicho argumento diciendo alguna o algunas palabras. Y los jugadores debían asentir que el argumento de la figura estaba expuesto en su calidad y cantidad, cabría señalar. Ciertamente se trata de un proyecto de Diseño gráfico. Entonces, la arquitectura y el diseño de objetos, darán curso a su quehacer en el cauce del yecto. Sí, en él, en el yectar. En que yectar es traer un dimensión inherente al oficio. Así, la carta que se expone a la aprobación de los jugadores, ha de alcanzar una igual forma desde la distancia más próxima como la más alejada. Proximidad y lejanía es una dimensión inherente a la arquitectura. La cual puede concebir una forma constante en la extensión. Y el diseño de objetos ha de yectar su dimensión inherente de transformar operadamente, de operar, así yectar la carta proyectada por el gráfico, como constante en el espaciarse, yección del arquitecto, mediante una operación de su volumen -toda carta lo es en la yección del diseñador de objeto-. Ahora bien, en la actualidad se consideraría corrientemente que el proyectar gráfico es la labor del interno y que el yectar del arquitecto y diseñador de objetos serían labores de los externos. Nó. No es así, esta vez. Los que proyectan y yectan son internos. Y lo son porque son portadores por igual de la llamada. Godo decía que todos los oficios son iguales. Sí. En esto. Que nombramos desde largos años: ronda. La ronda de pueblo de palomas de Rimbaud, que es vuelo de estroninos en Godo.

4º El Aventurar

Se dijo: La aventura es que el artífice de las cartas, participa en el juego poético como cualquier jugador. Y que ha de replegarse sobre sí mismo, por tanto, para padecer tal relación con la palabra poética en su acto de ser llamada que da curso a los cauces del hombre. Vayamos ahora a la primera clase de este año. Dije en ella “alba. Despierto ya. Tomo un cuaderno casi completo. Miro los dibujos. En esta hora ellos extreman sus claridades y oscuridades. Mis propios dibujos se desprenden en tal extremarse.» Tenemos por tanto que replegarse sobre sí mismo para jugar el juego poético viene a ser extremarse, en que extremarse es padecer desprendimientos. Vale decir, que uno ha de jugar como si se encontrase en el alba. Ello es siempre posible. Los párpados son bien capaces de construirnos las horas del día. Ellos son -lo señalamos en esa primera clase- proficientes; pro, el mismo de proyecto y ficientes, eficientes, que logran. Pero, cabe advertir, hay que extremar esto de los párpados proficientes, a fin de desprenderse de ellos, pues no se trata en manera alguna de elaborar técnicas acerca de la eficiencia de los párpados. Todo lo contrario, se trata de la gratuidad de la aventura. Bien parece que la gratuidad nunca es unívoca.

5º El Cesar

Se dijo: La aventura cesa. Su cese es un triunfo. Porque ella recomienza. Agregamos ahora: Somos portadores. Señalamos anteriormente que somos portadores de oír la llamada, portadores del oficio que oye la palabra poética como llamada a su proyectar. Somos portadores, entonces, del recomenzar. Que es del permanente, incesante comenzar, en que este momento es al par el primero y el más alto creativamente; experiencia que ha de atravesar todo arte. Aquella del canto al uno, en lenguaje matemático 0 y 1: una preformalización del decir poético, tal cosa X o nada. Por tanto, la experiencia de ser portadores incesantes del Dante o nada, cual forma temporal del irrevocable carácter de ser, de ir decidido, inherente al arte.

6º El Recomenzar

Se dijo: el año pasado la Escuela celebró sus cincuenta años y los exalumnos que participaron como oficiantes de su oficio, declararon que para ellos era un acto de recomenzar distinto, pues eran todos a la vez. Ahora agregamos: las láminas de los ex-alumnos consuenan, por ello resuenan. Lo que trae una observación que cuenta ya con muchos años: en el alba, despiertos pero con los ojos aún cerrados. Oímos el canto del gallo o de pájaros marinos, que se va repitiendo y alejando hasta hacerse in-audible, y ese canto que oímos no es el primero, pues el primero es un canto inaudible que nos advierte que vendrá uno segundo que oiremos. Por cierto, todo ello es una observación del espacio acústico. Nuestra jornada comienza a través de él. Acaso todo comienzo. Todo recomenzar. Y también acaso aún, un juego poético es primeramente audible. Sí, porque él ciertamente consuena y resuena.

7º El Ser Sostenidos

Se dijo: La Santidad de la Obra. Ella significa recapitular. Y ahora hemos venido viendo como el irrumpir es tiempo de realización y de celebración de lo inaugural; el aprestarse es ser portador de la llamada de la palabra poética al pro-yectar o nada; el proyectar cual labor de internos en la ronda de los estorninos: el aventurar, que es extremarse en desprendimientos como lo proficiente de la gratuidad; el cesar para recomenzar o lo primero y lo más alto del arte, el recomenzar que se inicia por el espacio acústico, lo audible. La Santidad de la obra. -se dijo- en cuanto Santidad reconoce que somos sostenidos en el ser, para dar estos seis pasos recién dichos. Sostenidos por Dios. Y que no hablar de ello, significa restar una dimensión, cosa que no hace la música de las matemáticas, en la que sus símbolos encierran todas las dimensiones de sus objetos matemáticos. Tenemos que en la primera clase de este trimestre dijimos que en el curso de Cultura Religiosa se enseñaban nociones básicas de antropología-Teología. Ellas señalan que el nombre de Dios designa a los dioses del politeísmo que pertenecen a este mundo, a un Dios monoteísta que no se ocupa de este mundo, al Dios trinitario del cristianismo. Por tanto hay explicitar: no nos autosustentamos en el ser, sino que somos sustentados cristianamente: así, somos, seremos recapitulados, purificándonos para la vida eterna, los hombres y el cosmos, el espacio se eterniza, es un misterio de amor, este de ser sostenidos en el ser. Y los seis pasos antedichos lo son de una construcción de la gratitud. Y para quien sostiene que el ser se auto sostiene los pasos dan cuenta de una hondura, suya, o para aquellos de diversos cultos.

8º La Universidad

Es un nuevo punto que agregamos. Pues ella, en este inicio del siglo ha entrado en un periodo de cambios, los cuales dejan el régimen de una etapa única en un hogar de estudio que otorga una pertenencia, a una secuencia de etapas en diversos lugares donde se va perfeccionando el conocimiento. Cabe advertir que se está en el comienzo de un régimen de la auto-pertenencia, en él que cada cual ha de constituir la dirección de sus intereses. Ante ello, el Taller de América durante este año -un año es el pulso de los oficios que proyectan-.

Celebra el juego de la intimidad poética, en que nosotros jugadores, conformamos las cartas para jugar desde el origen del oficio, y venimos a constituir -así, el “interés 2 -digamos- del cambio de Norte de Amereida: que, constituye el presente.

Manuel F. Sanfuentes

Cuando me instalo a escribir una carta, así como estas páginas que ahora leo como si fuesen una serie de cartas que alguien más o menos familiar nos enviara cada martes, pareciera que el tiempo se tornara irremediablemente favorable. La detención, así como la quietud de quien va a emprenderlas con el dibujo, la parsimonia del letargo hablado que es la escritura se demora más que lo habitual pues se quiere habitar o asistir al tiempo que reside en el destinatario; al fin, en el lector.

A una suma de cartas se les llama una correspondencia (como una función biyectiva), cada elemento en cada conjunto tiene su imagen. El que escribe tiene su imagen en aquel a quien se dirige; le corresponde sin dificultad un semejante al otro lado, en las antípodas o en el cerro del lado.

Esta correspondencia que hacen las cartas es el diálogo necesario que ha de tenerse cuando un tema debe ser llevado al debate, a la polémica, a la discusión o a la controversia. Una carta puede diferir o consentir; lo que se quiera, pero nunca deja de referirse o hacer presente.

En la lectura de las cartas de la phalène, o en el caso de “leer” una imagen, el lector debe establecer una correspondencia entre él y lo que ve y resolverlo con una palabra; lo que entonces hará de vínculo entre el ser y su intimidad.

Este vínculo, esta palabra vínculo, más que apuntar a lo escueto de una sola palabra o un conjunto en frase que quiere decir algo, lo que hace es que nombra; viene a dar nombre como en un bautismo, algo se inaugura y se restablece ese vínculo desde siempre perdido entre uno y el ser.

Aquel acto restituyente que da el nombrar aquello que todavía no está y que se presenta como una iluminación para ser dilucidada, devuelve al hombre la reminiscencia paradisíaca donde todo era uno y descansaba en una unicidad divinizante.

La apoteosis del hombre se da siempre cuando éste se enfrenta ante el dulce desconocido y debe nombrarlo; así como a las reses al rojo vivo que Amereida señala que perdurarán para una larga rememoración.

La preocupación no es ser memorable, sino que lo dicho en la flor de los labios quede instaurado como un orden y un valor de verdad.

Esto más que ejercer una profesión hace de cada cual profesar lo que ha nombrado, y lo nombrado sólo se da cuando se ha estado ante algo que debe ser dilucidado.

No hay equívoco ni engaño; por ejemplo: si voy al oculista, me siento y leo de las 15 líneas sólo las primeras 4 y medias; el doctor sabe inmediatamente qué tipo de lector soy yo; y lo sabe por el solo acto de sentarme ahí y leer un enjambre de signos incluso sin sentido. Pero él establece en el acto una relación y una correspondencia; entonces sentencia: izquierda 0,7, derecha 0,93.

Así mismo, nosotros decimos con certeza cuando somos apelados en tales instancias. Somos gente de palabra desde un comienzo, y la observación por otro lado es un modo de nombrar entre palabra y dibujo lo que ahí está.

Lo que llamamos desconocido tal vez no es tal; Arturo Mena en la última clase de la Música de las Matemáticas se refería a un número que podíamos imaginar, a otro que no imaginamos, otro que no imaginaremos y otro que ni imaginamos que podríamos imaginar.

Así es, el desconocido es aquella instancia que siempre se va dilucidando, pero lo cierto es que nunca deja de permanecer desconocido. ¿No hace dios con nosotros maneras de aproximarnos para acercarse mutuamente? ¿Los esposos no se conocen cada día más y se desconocen?

Hay un camino, hay una ruta que lleva a ese reconocimiento de uno en lo magnífico, a habitar ese campo iluminado en que no hay gobierno sino fraternidad, estatura.

La poesía conduce a ese número y a ese nombre y escribe una carta para hacer presente y dar de leer un signo que ha de abrir el horizonte que confunde lo oculto de lo desconocido.

Termino con un poema de Charles Baudelaire que alude a este proceso de dilucidación:

Correspondencias

La Naturaleza es un templo donde los vivos pilares
Dejan a veces salir confusas palabras
El hombre ahí pasa a través de una foresta de símbolos
Que le observan con una mirada familiar

Como largos ecos que de lejos se confunden
En una tenebrosa y profunda unidad
Vasta como la noche y como la claridad
Los perfumes, los colores y los sonidos se contestan

Hay perfumes frescos como carnes de infantes
Dulce como el oboe, verde como las praderas
Y otros corruptos, ricos y triunfantes
Tienen la expansión de las cosas infinitas

Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso
Que cantan los transportes del espíritu y los sentidos.

Jaime Reyes G.

VIII

O Mort, vieux capitaine, il est temps! levons l’ancre!
Ce pays nous ennuie, ô Mort! Appareillons!
Si le ciel et la mer sont noirs comme de l’encre,
Nos coeurs que tu connais sont remplis de rayons!

Verse-nous ton poison pour qu’il nous réconforte!
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau,
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe?
Au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!

VIII

Oh, Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla!
Cuánto nos pesa este país ¡oh muerte! ¡Aparejemos!
Si el cielo y el mar son negros cual la tinta,
¡nuestros corazones que tú conoces están repletos de rayos!

¡Derrámanos ya tu veneno, y que él nos reconforte!
Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema,
que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ?
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!

Esta es la última estrofa del último poema, que se llama “El Viaje”, de “Las Flores del Mal” de Charles Baudelaire, publicado por primera vez hace casi exactamente ciento cincuenta años, en París, Francia. Lo leemos en esta ocasión para avanzar hacia una de las palabras que ustedes pusieron en la lista del primer día de clases. Me refiero a la palabra “desconocido”.

Todos ustedes habrán oído muchas veces esta palabra aquí en la Escuela; una palabra que para nosotros es un concepto colmado de sentidos y significados. Pero las más de las veces usamos esta palabra abrazados y rodeados de tantos supuestos y para designar tantas situaciones, que se nos extravían sus claridades. Las más de las veces no entendemos de qué estamos hablando cuando decimos “desconocido”. Se parece a la visita de un eco nítido que nadie sabe de dónde viene pero que todos pretenden comprender. Pues bien. He aquí concretamente de dónde viene: de este poema de Baudelaire. Nada más ni nada menos.

El poeta francés nos hace una exhortación, es decir, una advertencia y una invitación, se trata de hundirnos en el fondo del abismo, hacia lo desconocido, para hallar la novedad. Es esta una invitación extraordinaria porque es la primera que se oye en occidente en dosmilsetecientos años de civilización. Desde Grecia la poesía, y detrás de esta todas las artes, venían oyendo los ecos de otra invitación. Ni opuesta ni contradictoria pero sí esencialmente diferente. Incluso es posible asegurar que el mundo actual no ha olvidado la invitación griega en absoluto. Al contrario, la sigue oyendo y aceptando en todos los órdenes de la vida cotidiana, en las artes, en la política, en fin, en todo momento y todo lugar aún hoy. Es esa invitación que las artes de todos los tiempos reciben de la poesía para obrar en favor de la belleza. Todos los artistas verdaderos se deben irremediablemente a la belleza. No importan los métodos de búsqueda, las danzas de acercamiento, las drogas de inspiración fácil, los materiales, etc. Siempre la belleza allí, residente magnífica, divina y delicada en la obra. Y los griegos tenían un método para alcanzarla, para llegar hasta ella, para obedecerla: la armonía. El objetivo de todo trabajo creativo será la armonía. Y no sólo en el arte, sino en todas las manifestaciones humanas: por ejemplo se trata de que las relaciones familiares sean armoniosas, lo mismo con la interacción entre el hombre y la naturaleza, el comercio entre los estados, y un largo etc. Es el reinado sin contrapeso de la armonía. Es el reinado de un objetivo para conseguir la belleza. El arquitecto León Battista Alberti la define para nosotros: “Definiremos la belleza como armonía, la armonía de todas las partes entre sí … de tal modo que no se pueda aumentar, disminuir o cambiar sino para peor…» Es el resultado de este gran valor y casi divino para obtener el cual, es necesario empeñar todo el ingenio y toda la habilidad técnica de la que uno está provisto… Es una cualidad resultante de la conexión y unión de los elementos y en ella resplandece toda la forma de la belleza y que nosotros llamamos “conccinnitas”… Es deber y tarea de la “conccinnitas” ordenar según las leyes precisas las partes que por su propia naturaleza serían distintas entre sí, de modo que su aspecto presente una recíproca concordancia. La “conccinnitas” se nutre de la gracia y decoro (decoro en latín quiere decir esplendor). En cualquier cosa que percibamos por vía auditiva, visual o de otro género enseguida advertimos lo que corresponde a la “conccinnitas”. Por instinto natural aspiramos a lo mejor, a lo óptimo y con voluptuosidad adherimos. La “conccinnitas” se manifiesta en el organismo entero… Abraza la vida entera del hombre y sus leyes, preside toda la naturaleza. Armonía es también unión, ensamble, ajustamiento, hacer que no se rechacen o discuerden dos o más partes de un todo. Armonía la entendemos como pacto, combinación bien concertada, ley, orden, convenio proporcionado, simetría.

Todo esto es lo que Baudelaire acaba con una sola invitación (que a su vez el recibiera de Poe, como anota Godo en Hay que ser Absolutamente Moderno, pero eso es tema de otro momento). Ya no más la armonía como objetivo sino el desconocido como horizonte.

“que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ?
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo! ”

Porque sucede que el abismo en realidad no tiene fondo, es un sin fondo. Ese rodar es un “ir hacia” que no tiene fin: el fondo del abismo no es alcanzable, allí no se puede llegar. Y el fondo del desconocido funciona exactamente igual. En esto es que se parece al horizonte y se diferencia de un objetivo, porque este último es como un blanco hacia el cual se dirigen todos los lanzamientos y sobre el cual después se verifican la calidad de los aciertos. En este horizonte, en los confines, no se puede verificar con esos métodos ni con esas precisiones, Se trata de estar yendo siempre. Es un sin fin, como el amor.

Lo que Baudelaire vislumbrara como “lo nuevo” va a ser luego recogido por otros poetas y después por artistas de todo el mundo. Rimbaud ensancha el horizonte y agrega: “no sólo desconocido sino sea esto con forma o informe. Hay que entrar hasta el fondo para arrebatar a cada época su cuota de desconocido y traerla en la mano, como Prometeo tenía la luz”. Por eso Rimbaud encontró amarga a la belleza cuando la sentó en sus rodillas; porque estaba hecha con la armonía y no con el desconocido. Luego Lautreamont señaló vigorosamente que la poesía no debe ser hecha por uno sino que debe ser hecha por todos (no para todos sino por todos). Y acuña la fórmula más aguda que cierne la poesía moderna: “Una cosa es bella cuando se parece al encuentro fortuito de un paraguas y de una máquina de coser sobre una mesa de operaciones”. Cuando estas tres cosas fuertemente dispares azarosamente se encuentran se revela una región desconocida. Y he aquí finalmente que la armonía desaparece como método de construcción, elaboración, evocación, invitación, etc., de la belleza. A partir de este momento todo trabajo creativo queda abrazado por los mantos de este horizonte y es así que esta Escuela lleva cincuenta años andando. La explicación de Lautreamont es por cierto cifrada y sus interpretaciones pueden ser variadas, pero en esta escuela hemos adelantado en una durante los últimos cincuenta años. Lo hacemos en los proyectos de los talleres; en cada uno de los proyectos que ustedes llevan adelante durante sus estudios. Cada año, las materias propias de la arquitectura y de los diseños aquí recomienzan como si fuese la primera vez que nos enfrentásemos con ellas. Desde el primer año ustedes han de vérselas con la complejidad entera de un proyecto de belleza. Es así que esta escuela y la maduración de ustedes en el oficio no progresan; porque el compromiso artístico es siempre el mismo y requiere de cada vez la misma intensidad y la misma pasión. Cada año, y en cada proyecto, volvemos a no saber. Es decir, a situarnos en un campo sobre el cual el progreso no sirve para nada, porque nosotros no avanzamos sobre una línea de tiempo marcada como sucesiones. Esa mesa de operaciones es nuestros proyectos, y la máquina de coser y el paraguas son todos aquellos elementos que hallamos por medio de la observación. Elementos que no estaban relacionados en la cruda apariencia, pero que el ejercicio artístico de la observación reúne y trae a presencia.

En las travesías nuestra mesa de operaciones es la vasta extensión del continente americano, el paraguas son nuestras obras proyectadas por los oficios y la máquina de coser es la palabra de la poesía. Esa reunión de la palabra y el oficio sobre la extensión americana provoca ala belleza a que venga a nosotros con su reino. Y nosotros además todo esto lo celebramos. Celebramos esta reunión de los elementos distantes sobre un campo nuevo. Y estos no son actos conmemorativos o de lanzamiento ni enunciativos. Es la fiesta del desconocido mismo sin la pretensión de conocerlo ni desenmascararlo (deja que lo oculto se muestre oculto). La celebración más sencilla y también la más radicalmente profunda que quisiéramos acometer es la fiesta con este Taller de América finaliza su etapa. Se llama phalène y ustedes, con las cartas iluminadas que están dibujando en las tareas, están preparando el juego de la pahlène. Un juego que se realiza precisamente sobre ese fondo inalcanzable de los abismos; sobre la derrota preciosa hacia el desconocido: la poesía.