abril 22, 2003

Clase 4. Trimestre I / 2003

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} Alberto Cruz C.

A mi me toca la parte de todos nosotros, los poetas tienen palabras inaugurales, nosotros no tenemos palabras inaugurales; tenemos las palabras inauguradas de ellos. Nosotros tenemos palabras de abertura y de fundación. Lo habitual en el mundo actual es tener palabra de fundación, pero no palabra de abertura. Se piensa que se vive en lo ya fundado y que lo ya fundado es fecundo, es internamente fecundo. No… no se necesita la abertura, no. Nosotros creemos que se necesita.

Durante todo este tiempo hemos tratado de construir un lenguaje de abertura; y dentro de los planes de estudio están estos martes dedicados a construir nosotros desde nosotros, con nosotros y por nosotros este lenguaje de abertura. El se ocupa evidentemente de las cosas que nos suceden a nosotros, así tenemos que debemos preocuparnos de este inicio, todavía inicio, de este año universitario, y dentro de este inicio el acto, aquí mismo, donde se inició, y en que tuve que hablar yo; siempre haciendo la voz del nosotros, del nosotros abriente, y hablé de lo que era el desprenderse, y lo hablé, el desprenderse nuestro que se encontraba con el mundo actual y de nuevo volví al desprenderse a encontrarse otra vez. Yo creo que esta clase va haber que repetirla. ¿Por qué?. Porque como la sala estaba oscura yo no le veía los rostros a ustedes; en verdad, no se puede hacer una clase sin verle los rostros a los demás. No se puede hacer una clase en que el profesor no le vea el rostro y la mirada a los alumnos. Incluso, diría yo, cuando uno se dirige para hablar al alumno, para que resulte real, casi la mirada de uno se vuelve tan penetrante que ve en el ojo del alumno, en la pupila de él, el reflejo de uno, el reflejo del cuerpo de uno. Es un fenómeno físico que se agrandara enormemente, no se puede sin rostro haber comunicación real de abertura, de fundación sí, de abertura no.

Bien, junto con las cosas nuestras, del inicio, de la recepción que ustedes le hicieron a primer año, la semana universitaria… ustedes lo tienen presente. También sucedió en la Universidad una nueva para ella, una buena nueva para ella: que la Universidad Católica es Pontificia, recibió el nombramiento pontificio; y ese día en la Misa y el Sermón, y después en la Clase Magistral lo primero que traía lo Pontificio era madurar la fraternidad. Entonces, llevado esto al lenguaje de abertura, tenía que pensar cómo se da la fraternidad, y la fraternidad se da en lo oral, se da en lo oral, se da en el hablar oral; por eso en este momento estoy haciendo una clase oral, e incluso no he dibujado para que sea por medio de la palabra, y solamente ella, por lo que estoy llevando lo que digo a verlo en la pupila dilatada de ustedes. Entonces lo pontificio es recogido en algo que allí se dijo, la fraternidad, y la fraternidad en nuestra abertura es lo oral. Y lo oral, en este momento tiene que ser que le da forma a lo que yo estoy diciendo.

Lo oral se compone del que habla y del que escucha, y el que escucha, escucha en silencio, se hace silencio para oír. Esto es importante, lo del silencio, y es algo que todos ustedes, que nosotros, tenemos que vivir día a día, momento a momento; el silencio. Hacerse silencio para oír. ¿Pero este silencio nuestro de abertura, qué característica tendría? Que dibuja, que dibuja, que dibuja. Cuando uno está yendo cotidianamente en sus afanes; naturalmente que se va hablando y va diciendo, por ejemplo, me está yendo bien, o mira lo que sucede aquí, o no me había fijado en esto, o cualquier cosa. Naturalmente que en la observación también nos hablamos; la observación es un hablarse hablante con palabras palabraeantes –podríamos decir-, tanto, que no hay dibujo sin escritura. Pero el dibujo mismo, en un instante dado, es silencio; después el dibujo mismo se pone a hablar de lo ya dibujado, pero hay un momento en que el dibujo dibuja confiando a la mano que dibuja; ni a la cabeza ni al corazón, por decirlo así; sino que a ella, la mano, y la mano no habla sino que traza. Entonces, este trazar, es silencio que se traza.

Todos ustedes, todos nosotros tenemos esto. Resulta que… ¿Cuál es la característica de la observación? Que anticipa, que anticipa e incluso, alguien le puede preguntar a otro: Cómo te sientes… Bien, tengo una carpeta de observaciones, tengo aquí… y sabe que tiene una dimensión anticipadora. Eso viene de la palabra, al par que viene del dibujo, y en el dibujo, al par del dibujo hablándose a sí mismo como el dibujo guardando un instante el silencio de la mano. Así, nos estamos construyendo, así.

Y hablar todas estas cosas es, y saberlas que las tenemos, y que más allá de que algunos lo hagan mejor y otro peor, o que el mejor esté en un día malo y el peor esté en un día mejor; fuera de todo eso, es algo que nos ha sido otorgado, que nos ha sido regalado… no es cierto?… a nosotros. Y que nosotros tenemos que, como todo regalo, desarrollarlo y darlo a conocer, es decir, volverse para nosotros una misión. Y en este instante mismo el propio acto de la clase se transforma en una misión que la propia escuela se hace a sí misma; y se hace a sí misma diciéndose de estas cosas.

Cuando, hace pocos días, estaban terminando los preparativos para la farándula, había un silencio creativo en el cual no se decían entre ustedes sino que las palabras necesarias, absolutamente necesarias para que lo que estaba terminándose, se concluyera. La Escuela entera estaba viviendo la experiencia del silencio de ella misma. Ciertamente, cada cual puede volverse sobre sí y caer en la cuenta de cómo se va conformando en él este silencio anticipador. Allí, yo miraba, en ese silencio, a los alumnos que iban en la farándula a tener determinado papel o rol, le agregaban en ese instante una varillas; como si no bastase el propio cuerpo para la farándula. El cuerpo se prolongaba y después estaban allí las bicicletas, y las bicicletas no se bastaban a sí mismas con ser bicicletas, tenían que agregársele algo.

Es necesario que nosotros vivamos la Escuela como una generación única, no como una sucesión de generaciones. Cuando se funda, el valor que tiene de fundar es que la generación tiene que estar muy determinada para que cobre su –como se diría hoy- su perfil, su rostro. En la fundación eso se da de esa manera. Pero la abertura es que todas las generaciones constituyan una, y todos los actos llaman a otros. Los que estaban prolongando al alumno era igual a años anteriores -unos 15 digamos- en que los cuerpos en la Ciudad Abierta se prolongaban en lo que se llamó el parapeto para oír a actores de teatro itinerantes que daban la vuelta al mundo y que hacían de cualquier lugar el escenario, y en ese momento estaban haciendo el de las arenas, las dunas de Ritoque un lugar dramático. Y para el silencio de oirlos el cuerpo se prolongaba. El parapeto; la generación del parapeto es una generación que recorre a lo largo de los 50 años este nosotros.

En la bicicleta, estos objetos también están hace, desde 1984 -van a ser 20 años- de la primera travesía y antes de partir a la travesía con las manos se hizo un objeto, y ese objeto se multiplicó en diversas posiciones, en diversas ubicaciones en una ciudad próxima para de allí partir, la primera vez, la primera travesía de la Escuela a Santa Cruz de la Sierra, la Capital Poética de América; y a esos objetos se los llamó el pormenor… así se van… Y lo que nosotros quisiéramos lograr es que estos fondos, que nosotros logramos recibir como regalo, permanezcan; pero, no pueden permanecer como en una disponibilidad, como un recurrir, sino que piden todo lo contrario, se alejan, algo así como en el horizonte que a medida que uno avanza el horizonte avanza con uno si se le aleja. Hay una operación entonces de el recurrir al fondo nuestro que es toda una operación; es la operación propia nuestra, es la operación que cada vez hay que renovar, que cada vez nace de la interioridad creativa de cada cual. Eso es. Por tanto hay que habilitar la Escuela, habitar sus clases, habitar sus idas a la Ciudad Abierta, habitar las invitaciones poéticas en esta operación de la abertura, esta operación central de la abertura. Eso es lo que no podría dejar de decirse en un momento como el presente en que estamos construyendo la maduración de la fraternidad.

Pero resulta, siempre entre nos y para nos, que cuando la mano que dibuja, el ojo que ve, la oreja que oye, la cabeza que piensa, el corazón que siente; en fin, todo el cuerpo le sucede así como le sucede a ese momento en que el dibujo es puramente mano; resulta que se produce otro momento; es que –volviendo a las primeras travesías- se vio que en el momento de terminar la travesía se producía en uno una suerte de quedar como absorto; en el fondo es que el abrir apunta a una cosa: a que el obrar del hombre es con una indeterminación… candorosamente uno dice: si hubiera tenido más tiempo lo habría terminado… no, no… así además no se fabrica ese no tener tiempo. Pero más allá de nuestras maneras de ser, en la abertura se produce un momento que lo llamamos lo absorto, en que uno siente la condición abriente que es en una indeterminación. Todo está determinado, pero junto con ello hay una indeterminación. Esto es distinto a la poesía, nosotros no lo sabemos eso, no lo vamos a saber nunca cómo en la poesía la determinación y la indeterminación se da. Nos lo podrán explicar, nos podrán dar datos; pero de adentro, como podemos vivir el instante del dibujo y este otro instante es una cosa que la podemos padecer desde dentro.

Esto que estoy diciendo son nuestras dimensiones de la oralidad, de lo oral. Lo oral se constituye así. Lo oral es con esto. Lo que estoy hablando es de la oralidad. Volviendo… en esa clase inicial aquí en que hablé. Hablaba del desprenderse, que nosotros éramos como unos árboles, toda la Escuela es un arbolado, todos los alumnos cada uno es un árbol, todos los profesores son unos árboles, que florecen y después dan frutos; y en un momento dado los frutos se desprenden. Y cuando un fruto se desprende, lo desprendido ya no le pertenece a uno. Una castaña desprendida ya no le pertenece al castaño. Igual como en este momento las palabras que estoy diciendo como frutos de una voluntad de madurar en la fraternidad cada palabra es como un fruto como que se me desprendiera sobre la cual no tengo yo ninguna potencia de transformarla, de perfeccionarla, de rectificarla, de adornarla o de negarla. Hay una cosa irremisible, irremediable en lo oral. Y la condición nuestra de abertura es la aceptación y la vivencia pensada como conciencia de el fruto que madura y que se desprende de uno. Es ese momento de desprenderse que lleva la mano que por un instante guarda silencio y que lleva el absorto de la obra que permanece en una indeterminación que no niega; todo ello que constituye lo oral va a ser fruto que se desprende de nosotros, y que una vez desprendido ya no es uno mismo sino que es fuera de uno mismo, como su propio extranjero.

Esto ha sido preocupación de los fundadores del mundo actual, y resulta que los fundadores del mundo actual registran y filman todo lo que pueden; antes no existía -por ejemplo antes de la fotografía no existía todo ello- ni antes del computador y la televisión no existía todo ello; pero hoy existe. Entonces nos encontramos, en el día de hoy, que todo lo oral fijado en el documento de un film o de un vídeo para muchos representa que la realidad sería el film o el vídeo, el film o el vídeo sería el árbol y todo lo que hacemos sería labor de jardinero para que ese árbol-film creciera. Pero para la abertura de nosotros es que él es un desprenderse, es un fruto que se desprende… es lo inverso. Creo, y también viendo a las generaciones que en determinados momentos se hacían lo que se llamaban convenciones; todos los alumnos y todas las escuelas se juntaban en un momento dado en una convención en que todos tenían palabra, voz, voto, discusión, etc. Y se trataba un asunto. Ha habido muchas a lo largo de los 50 años, muchas convenciones. Una jornada de una convención. Creo que habría que comenzar a pensar en una convención en que todos participaran con respecto a la farándula física -por decirlo así- que se realizó, y la farándula en las imágenes de un vídeo que se tiene, para que cada cual elabore lo oral. Sería una convención de fraternidad. Eso sería. Veamos cómo puede hacerse.