julio 15, 2003

Clase 3. Trimestre II / 2003

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Alberto Cruz C.

1º Del irrumpir

Ello se refiere a la marcha de este Taller de América. La que ha venido llevando a cabo desde la clase inaugural de comienzo del año universitario. Marcha que se viene disponiendo, a prestando para darse cuenta que ella, la marcha, recibe un llamado. Y que, por tanto hay que disponerse, aprestarse a oír ese llamado. Que es uno que dice la palabra poética. Aquella del “ha lugar” de Amereida. Irrumpir es -entonces- oír la palabra poética. Esta es primeramente a todos: ella cruza como un rayo o un arco-iris, para todos. Esa es la dimensión poética del irrumpir. Y la dimensión de los oficios, arquitectura y Diseño. Es esta de oír a ese rayo o arco iris como una llamada. Como una llamada al oficio mismo.

2º Del aprestarse

Ello se refiere al oír la palabra poética como llamado al oficio. Que no es simplemente oírla, ni tampoco oírla ocasionalmente, sino que se trata de un estar, un ir oyéndola. Desde y para el propio quehacer creativo del oficio. Quehacer que, como señalamos en la última clase sabe, más precisamente conoce por experiencia lo que —- proyectar. Conoce así el “pro” y el “yec” tar. Entonces son ambos, el pro y el yectar los que oyen la llamada. Y para cual, como dijo al hablar del irrumpir, han de aprestarse, volverse prestos.

3º Del proyecto

Ello se refiere a un proyecto de un juego. Aquel de la intimidad poética. Y que se juega con castas, como de las de un naipe. Se trata entonces de concebir y realizar dichas cartas. Y así mismo participar en el juego mismo como un jugador. Evidentemente en juego corriente un jugador no se fabricó las cartas. Pero aquí, sí. Por eso su relación con ellas es distinta. En que lo distinto yace, en que unas cartas fuera del juego, no significan nada. Salvo la posibilidad de jugar. En cambio, en nuestro caso, siempre estarán significando la realización de un proyecto. Uno realizado con prestancia, con la prestancia del que oye una llamada, más precisamente, como se dijo, el que va oyendo, o sea, la Escuela entera en cuanto tal.

4º De la aventura

Ello se refiere que este proyecto de juegos y sus cartas se constituyen en una aventura. En la aventura de la estrella de la Cruz del Sur de Amereida. Para hablar de esta aventura comencemos por aquello que no lo es. Por ejemplo, un hombre encarga la arquitectura de su casa, otro la publicidad gráfica de un evento: un tercero un transportador de materias viscosas… Lo que piden es algo objetivamente unívoco, que puede ser y que es definido por contratos, estos dentro de los usos y costumbres vigentes en la sociedad. Ahora bien la aventura no se desenvuelve en una relación unívoca. Pues el autor, el artífice de las cartas, ha de participar en el juego como cualquier hombre, vale decir como no artífice. Ha de replegarse cabe advertir, sobre si mismo para encontrarse con aquella realidad suya que sostiene al artífice, al hombre de oficio.

5º Del Cese

Ello se refiere al cese de la aventura. Para lo cual permanezcamos tratando al juego. Por cierto en el juego algo se pone en juego, y dicho ponerse entrega u otorga el bien, el triunfo, o el fracaso, la derrota. En esto se distingue de un divertimiento, en que el, por ejemplo, algunos se ponen de acuerdo para cambiarle los nombres a las calles por los de las estrellas. En esto no hay triunfo o derrota. Sino un situarse en una brisa -digamos- que dilata la imaginación. La aventura tiene el triunfo del juego y la no-derrota o fracaso del divertimento. Ahora bien una aventura cesa, cesa en serlo. Precisamente su cese es el que la da su tensión. Pero como hay no fracaso, al cese es un triunfo. Y este es; que la aventura recomienza.

6º Del recomienzo

Se refiere a la marcha no propiamente del Taller, ni a la enseñanza y aprendizaje de los oficios, sino a ese hombre, a ese todo, cualquier hombre, que puede participar en un juego poético. Y él se decide a participar porque el busca las ocasiones de recomenzar. Ahora, volviendo al Taller este se realiza a través de un recomenzar. El año pasado la Escuela celebró sus cincuenta años y los exalumnos que participaron como oficiantes de su oficio declararon que para ellos era un acto de recomenzar distinto; pues eran todos a la vez.

7º Del ser sostenidos

Se refiere al recomenzar cada vez nuevamente. Ello es posible porque el hombre es sostenido en su ser. Eso es lo que indica la Santidad de la obra. Pues la Santidad en sí misma no es autosustentante. Si no la gratitud de ser sostenido por Dios. Y en El no hay cese alguno. Entonces, volviendo al comienzo: la irrupción es un modo de la gratitud, porque todo acto que busca lo bello, lo bueno, lo verdadero va a ser recapitulado en la perfección, en el eterno por tanto. Tenemos que en las matemáticas los símbolos encierran todas las dimensiones de los oficios matemáticos que representan, sólo es cuestión de abrirlos para que las dimensiones aparezcan. Así, el hablar en el taller de América ha de alcanzar esa potencia de contener del símbolo. Por eso cada vez que se dice algo a la Escuela reunida en pleno ha de llegarse a tocar el sostenimiento del ser, en cuanto estamos y vamos. Así, vamos anticipando lo que iremos a proyectar en esa observación a realizar, que se indicó en clase anterior – de una forma que mantenía su luminosidad en el ocaso, por unos momentos; o en otra observación que se le equipare.

Manuel F. Sanfuentes

La quintaesencia de todo juego está en el rol que cada participante tiene en el desempeño del juego.

Entre la libertad y la aceptación el arquero admite tomar la pelota con las manos, el que está atrás defender y el delantero meterlas todas en el arco contrario; así de llano es el campo de juego, cancha (en quechua, americano).

En el juego de naipes, la vuelta distribuye equitativamente las cartas a cada garito, y cada cual toma esa suerte dada ahí, en esa circunstancia, en esa ronda, como si fuesen dones para en el juego desenvolverse como un jugador.

Todo aquel que se da al juego debe hacer, sin duda, un cálculo; dirigir el balón a un punto, sumar y restar los corazones y sobretodo acertar el momento justo para dar el gran golpe que le dará a él y a los suyos la victoria.

Pero ha habido que llevar adelante el juego por medio de una inventiva que le permita al que lo hace dilucidar lo que enfrente tiene como realidad.

Las cartas, en el caso del segundo ejemplo deben junto con leerse, visualizarse, porque cada una de ellas al tiempo que forman conjunto, en conjunto arman tríos, escala, sólo pares, etc. Cada una de ellas obedece a una tradición que debe interpretarse.

Esta interpretación de las cartas, escritas e iluminadas o sólo dibujadas en el caso de la phalène no ha de hacerse con aquello con aquello en que uno se ha instruido (tenemos claro que estamos en la instancia de juego, jugamos); es decir, ese saber que algunas veces hace de escudo y respuesta, no, la lectura de la iluminación ha de hacerse para volver a iluminarla con lo más nítido que uno tiene en el momento en que se es solicitado para hacerlo… tal como recibir el arquero la pelota con las manos… el más indicado.

El juego de la phalène ilumina al más incrédulo puesto que lleva el hacer -de un tiempo preciso- a una poiesis que hace que todo lo que ahí acontece sea poético; puesto que de antemano cada cual ha dejado fuera el demonio que deshace la fiesta.

Fíjense que hemos aceptado esa instancia dentro del ejercicio y estudio del oficio, que se ofrece y se entrega -no menos- por completo a la poesía (se acompaña al poeta en su iluminación como el poeta otras veces entra en la intimidad del quehacer del oficiante)… esta es nuestra iluminación; es el dibujo que nosotros hacemos a nuestros contemporáneos. Y la poesía ha inventado para ello la phaléne, un modo de estar que permite a cualquiera (sinvergüenzas y bondadosos) decir -por medio del mínimo gesto de la lectura de una carta iluminada- lo que en las finales, la palabra de dicho momento dice entre todos: el gol, la baraja repartida, el poema que esas voces en conjunto desprenden y demandan del poeta su locución y sus manos para hacer de lo dispar un conjunto amable que reúne a todos en un solo bocado.

A continuación leo tres poemas nacidos en estas instancias, los cuales se han elaborado en el marco de la Cultura del Cuerpo los miércoles en la mañana:

i.

sin un sentimiento
la oscuridad se silencia
y la contemplación se hace
rara y fría
pero la luz
verdad
no niebla
sino gracias y reflejo
esencias y claridades
¿ensueño verdad?
las fuerzas en la palabra
que dan pasión
despojan
las esperanzas
son un capullo

ii.

en el transcurso del negro
en el oleaje fluctuoso
se confunde
una multiplicidad
de colores al mirar
el viaje
y el paso
hacia los matices del cielo

iii.

fue la transparencia intersectada
en lo oculto
el destino de partir
y arrojarse a la jornada
puros
de los colores y de un gris sinuoso
y cerrado en subida
al bosque
que va de la escalera a la gota
en desorden
por telarañas
a las frutas de la duna
allá

Jaime Reyes G.

Nos corresponde, entonces, otro turno hacia la lista de palabras que elaborásemos el primer día; aquellas palabras que enunciaran lo inherente a todo viaje. Ahora decimos la palabra azar.

Nos referíamos entonces a aquellos imprevistos que todo viaje posee, a lo sorpresivo que siempre surge e interviene. Y yo voy a interpretar particularmente los asuntos relacionados con esta situación.

Suponiendo primero que el azar se hará patente y presente siempre y sin excepciones durante todo viaje verdadero. Sin embargo no es fácil aclarar ni decir qué es exactamente eso que llamamos azar.

Es ta palabra árabe en los juegos de cartas o naipes significa justamente aquella carta o dado que contiene el número con el que se pierde. Pero en la percepción popular, la que todos tenemos y que además de sabia es la percepción que mejor manejamos, pareciera que el azar puede también resultar provechoso, es decir, que su aparición puede provocar ambas suertes: el buen o el mal destino. Tenemos entonces, pensando en un viaje, dos extremos para aproximarnos desde las palabras hacia la elucidación de nuestra propia lista.

El primero es que resuelve al azar como un impedimento, como lo que desordena, destruye y desorienta el viaje. Aquellos hechos o sucesos o circunstancias por las cuales el viaje se interrumpe, se anula o fracasa. Y nadie en su sano juicio puede desear que esto se produzca, por lo que debe contar con algún arma que lo defienda de esta clase de azar, que lo libre de l a carta con el número que pierde y extravía. El mundo actual ha encontrado esa arma y la usa con denuedo y sin vacilaciones, sin importar las horribles consecuencias. La defensa se llama planificación. Hasta el más mínimo detalle se calcula y se prepara; itinerarios, destinos, gastos, etc. El no cumplimiento de cualquiera de los factores previstos o, más grave aún, el surgimiento de algún factor no considerado derivan en el desastre del contratiempo. No importa por ahora la gravedad del incumplimiento, el hecho ineludible es la aparición del contratiempo. La planificación invade ahora no sólo los viajes, sino prácticamente todos los aspectos de la vida, incluso en aquel incalculable por excelencia: el futuro. Pero el futuro permanece como aquello que posee el poder de destruir lo planificado. Y así el futuro se convierte en amenaza. Vivimos y viajamos en un tiempo mutilado por los contratiempos, en donde la ventura -lo porvenir- es percibido como amenaza, en donde nos sentimos y estamos seguros durante la indiferencia que transcurre dentro de un cálculo casi universal, cuando -paradójicamente- estamos constantemente amenazados por la ruptura de esa indiferencia. (1)

La defensa de la planificación no son medios adecuados para salvarnos de las cartas o dados del azar, porque un verdadero viaje no puede emprenderse sobre la base de las amenazas ni de las indiferencias. De hecho esta doble mutilación del tiempo, este permanente contratiempo sí puede salvarse durante los viajes, como veremos al final.

El segundo extremo por el cual se resuelve el azar es aquel en que lo consideramos como las circunstancias favorables. Aquellos hechos, factores y causas que intervienen a favor del viaje. Dicho más simple y sinceramente: las situaciones que responden en orden a permitirnos respetar el plan y el cálculo, la conjetura, la previsión y las suposiciones. Aquello que supuestamente no estaba considerado, pero que se vuelve lo benefactor, que nos acoge, nos hospeda y nos reenvía lo consideramos como algo extraordinario casi salvífico. Incluso llegamos a creer que pueden existir ciertas circunstancias que pueden y alcanzan a modificar radicalmente nuestros itinerarios, plazos y destinos y pareciera que el resultado surge incierto después de todo.

El drama surge cuando caemos en la cuenta que hemos tratado al azar exactamente de la misma forma en ambos extremos: le otorgamos el poder de modificar y de intervenir decisivamente en nuestro viaje. Así entregados nosotros mismos en los brazos inciertos de un azar fluctuante, vacilante, indeciso y variable convertimos al viaje en un títere sin posibilidad alguna de verdaderamente realizarse. Así también le ocurre al tiempo: ha sido transformado en un mero accidente o eventualidad provocado directamente por el azar. Sucede entonces que el cumplimiento de nuestras tareas e incluso de nuestros anhelos dependen del azar.

Hay una maniobra para salir de esta sencilla trampa. Nosotros vamos a aprender a viajar jugando en una phalene. (2) Nosotros sí consideramos al azar, pero al modo como lo hace la phalene; definitivamente no le concedemos al azar el poder sobre el rumbo de nuestro viaje porque no estamos embarcados por la ventura, sino en una aventura. Y la diferencia es fundamental.

Cuando nos ubicamos en el primer extremo mencionado más arriba quisiéramos mudar lo adverso en favorable. Quisiéramos que sean cuales sean los impedimentos infranqueables, los obstáculos insufribles o los contratiempos insalvables, estar disponibles para consideralo todo como un regalo extraordinario e invaluable. Pendientes de aplicar la única regla por la cual el juego de la phalene siempre se cumple y nos deja jugar a todos desde un puesto inicial en el que estamos en lo mismo, todos por igual: la regla que permite corregirse a sí misma en todo momento y en todo lugar. Porque así podemos preparar y calcular el juego (3), pero no condicionados por un resultado en el que importa ganar o perder, sino por un matrimonio entre el lugar y su fórmula. Es decir, un juego en el que lo trascendente y esencial es la experiencia por la que cada cual adviene en la poesía misma. Se trata de un cumplimiento otro, extraño si se quiere, sobre el cual se compone el tiempo presente.

No es lo mismo atravesar un continente que dejarse atravesar por éste. Esa es la clave: dejarse atravesar. (4)

Cuando nos ubicamos en el segundo extremo mencionado, aquel que dice que el azar se presenta como la buena suerte, sobreviene una consecuencia que de igual forma nos avisa y advierte que el azar no pude ser el dueño de nuestras posibilidades. Porque podríamos interpretar esa buena suerte como la buena ventura, y siendo así nos hallamos con lo siguiente: Para ser merecedor de las bienaventuranzas (5) hay que hacer algo, hay que colocar una contraparte; que además resultan ser bastante difíciles de cumplir. En efecto, no es fácil alcanzar la pobreza de espíritu, la mansedumbre o la misericordia. Concluyo que para admitir azares favorables hay que estar incluso más dispuestos y abiertos que para enfrentar la dificultad. Razón y acierto tuvo Pascal cuando decía que el azar premia a los espíritus preparados.

Notas

1.Amereida vol. II desde pág. 81:
«Nuestra época moderna remata hoy en la perfección de sus cálculos. La forma acabada de estos cálculos es la planificación Para la planificación, el cálculo se extiende hasta lo que era hasta aquí lo incalculable por excelencia: el futuro.
La planificación (y su útil indispensable, el cálculo de probabilidades) le quitan al futuro su carácter de incógnita.
¿Por qué asistimos al desarrollo tan notable de la planificación prospectiva? ¿Es por una mayor comodidad en las explotaciones? Pero entonces ¿por qué la previsibilidad es así más cómoda? Si la previsibilidad es de este modo más cómoda, es porque el futuro se siente como amenaza. En efecto, mientras no es tomado en consideración por el cálculo, el futuro permanece como lo que es capaz de trastornar la planificación presente Pero la planificación no hace más que acentuar el carácter amenazador del futuro. En efecto.
Ella transforma en presente anticipado todo lo que puede en él, calcularse no dejando al futuro más que su parte de imprevisto, imprevisibilidad, en pocas palabras: la amenaza que él presenta contra toda previsión. El tiempo de nuestra época es así: por una parte,factor determinado o coordenada especial en un cálculo universal; por otra, amenaza para ese mismo cálculo. En este Tiempo, el hombre sólo puede vivir en tránsito, es decir, en la indiferencia del pasado, del presente y del porvenir con solamente la posibilidad amenazadora de la ruptura de esa indiferencia
Romper esta doble mutilación del Tiempo tal esla condición previa a toda modificación de la vida.»

2. Segunda Carta sobre la Phalène.
Conversación sostenida por Godo con los Miembros del Instituto de Arte U.C.V. en el año 1969. (fragmento).
«Pero hablemos de juego. ¿Juego no vale regla, elementos, o principio y fin, marco?
El juego, como tal, es, de suyo, en su jugada, indiscutiblemente una “obra” pues él se hace, se abre para que esplenda la aparición de la poiesis misma del aparecer. Además, lo propio de un juego -que es de suyo “obra”- hecho por todos -cualquiera- es que admite en su regla, elementos, formas, y a todos, desde un mínimo hacer a un mayor hacer en orden a complejidades.
Un juego de todos en el que ese todos se da juego. Esta admisión pide una regla. La regla que abra tal admisión. Un límite plausible para pensar tal regla es verificar aquello que es peculiar de ese “todos”.
Un límite propio de ese “todos” es la ocasión del despropósito. Es decir, la regla ha de ser tal que admita la constante “corrección” de cualquier propósito. Esa “corrección” se dice así porque la regla la mantiene en el ámbito del juego que ha de conocer sólo un límite. Ese límite consiste únicamente en salirse del juego. En el juego poético de cualquiera la regla da cabida a cualquiera aparición que quiera estar en juego, simplemente. Al punto que si alguien permanece en el juego con el fin deliberado de destruirlo, sin querer irse del juego, es un elemento más del juego. Y la regla debe valer para él.
La regla trae consigo siempre un cálculo. El cálculo de ese juego que juega -muestra, delata- el juego Por otra parte la regla debe, de hecho admitir y abrir juego y hacer jugar a los cualesquiera, a todo el mundo, con lo que hay allí. Allí, es a su vez, el allí “local” y el allí contemporáneo, vale decir el allí de no importa qué parte y momento del mundo. Y en cuanto es, propiamente, juego de mundo, puedo jugarlo doquier con cualquier otro doquier, convirtiendo todo en doquier. Es decir, puedo jugarlo en medio de una tribu amazónica con lo que hay “allí” y haciendo venir una luz atómica desde EE.UU. para un instante del juego.
Cualquier es también cualquier “Allí” sin folklorismos de ninguna laya. Pero la regla del juego es sólo regla en la medida en que ella es esencialmente poética, es decir, que tiene la virtud específica de comparecer con “los cualquiera” el esplendor de la poiesis misma, que ese es el único objeto del juego. Excluido otro fin. Por tal especificidad y exclusión la Phalène es de suyo Obra.
En tanto la regla se expande verdaderamente, la verificación del juego u obra esplende en sí mismo. Todo cuanto transcurre en el ámbito donde la regla juega es elemento y juega como elemento.
Por ello es que no juega a perder o a ganar, porque la regla fundamental admite la incesante “corrección”. Pero, en cambio, sí, puede decirse que no hay juego si la regla no fue adecuada para que cupiera cualquiera y para que así cupiendo todos, compareciera esplendente la poiesis del juego-mundo. En este sentido la Phalène no puede dejar de ser Obra.
Esto cierra la paradoja. La phalène misma es Obra y en consecuencia su oficio es necesario como oficio y se expande en regla, elemento, objetivo. El oficio de hacer poesía por todos y no por uno.»

3. Amereida:
«¿ entonces ?acaso la obra hic et nunc digamos improvisada lo cual quiere decir hecha allí mismo y no sin preparación ni preparativo y con todo el tiempo que se quiera puede casar a la tierra con el bre es esta una celebración local la poesía el acto poéti-co matrimonio de la mar con el dogo la poesía semejante a aquellos franciscanos joaquinitas que partieron a bautizar a todos los hombres para que el mundo y su historia tuvieran acabamiento para apresurar así el fin del mundo la poesía como acto parte a celebrar las bodas del lugar y de la fórmula – operación difícil como un sermón que reconoce lo singular nombrándolo operación dos veces infinita pues es tarea inacabable finalizar el mundo y puesto que todo recién llegado ( sobreviviente ) ha de recomenzar la nominación por cuenta de su propia vida este vuelo quebrado anhelante lo hemos llamado phalène poco importa.»

4. Nota 49, Amereida vol. II
«Hay un espesor entre hombre y hombre. La espesura no es la de esta trama inextricable de arbustos, la espesura invencible. El arte de la cortesía, de la convención de los oficios, como santo y seña para ahuyentar el miedo mantiene a todos los humanos y hace que nos atengamos los unos a los otros. Ni el amor basta para atravesarla. No se puede cruzarla por la convención de los caminos. Hay que ir a campo traviesa. Saber, saber, saber, que el camino nunca es el camino. Harto difícil será para todos nosotros comprender esto y eso es lo que hay de todos a todos en medio de la espesura. Hay otra distancia-tiempo que va de voz a voz. En la voz, no en el farol que está en la mano se puede cruzar esa espesura. Ella no tiene sentido, como no tiene sentido la pregunta de ¿quién eres tú? Ya no estamos como “tus”, ninguno en la espesura. En la espesura, y ella está en todas partes, aquí y en las ciudades, sólo podemos entender u oírnos en virtud del rumbo, de los rumbos que nacen de nuestras propias incertidumbres. La incertidumbre de atravesar gratuitamente la mera travesía, lábil, débil, humana, como si los seres humanos fuésemos, todos, unos hermosos desdichados.»

5. Capítulo V al VII del evangelio de San Mateo:
“Bienaventurados sean los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.”