Clase 2. Trimestre III / 2003
Manuel F. Sanfuentes
Retomaré el sentido de la iluminación que a la palabra poética acompaña y añade luz a las palabras.
Acompañar es ir leyendo entre el signo tipográfico, su orden y proposición, una serie de imágenes que ilustran lo que el lector retiene de la lectura. Las imágenes corroboran más que evidencian; la misma fotografía hoy ya no es fuente de verdad tanto como las palabras. Quizá por esto es que seguimos insistiendo en acompañar al texto de una imagen y viceversa.
Se ha entendido la lectura como un surco sucesivo, progresivo y linealmente procedente. Un texto comienza, se emancipa, llega a un clímax y culmina. Vimos, oímos la vez pasada cómo en una serie de epígrafes poéticos, escritos sucesivamente, podíamos leerles independiente de su orden; íbamos en el puro sentido del poema y no en su linealidad condescendiente.
Los cuadros de una exposición proponen al visitante el mismo desafío: reconstruir un sentido que se va desprendiendo en la visión que recorre cada uno de los cuadros, puedo omitir, saltar, devolverme, repetir, volver a repetirme; todo para auscultar lo que ahí tan quieto pareciera reposar tranquilamente.
Recuerdo una escena en que un general alemán representado por Peter O’Tool, recorriendo una colección de maestros de la pintura requisada por los nazis durante la Segunda Guerra; demorándose delicadamente en cada cuadro, llega al frente de un Van Gogh, creo que los girasoles o un autorretrato… el general comienza a temblar tiernamente, de pronto un sudor inmenso se apodera de él, ya un temblor lo estremece por entero, casi cae, sus ojos deliran como el mismo Van Gogh. Su asistente lo sujeta y lo saca de la sala de los cuadros, del motivo mismo de su inquietud… pero ésta no es por la cantidad o la belleza de un arte pictórico, sino producto de una sola de ellas; esa obra que expresa y extiende al lector-visor la intimidad misma que tal obra motivó o dio a luz.
Ese brinco de uno a otro, ese encuentro fortuito con el motivo que hace al lector estallar como un disparo nuevo es lo que ha hecho que este tipo de movimiento despierte un sentido renovado y no correlativo, quizás, matemáticamente, un universo no recursivo.
Macedonio Fernández, escritor y poeta argentino del siglo XX había advertido -tal vez en un sentido sumamente americano y disperso- que el lector saltaba de una a otra página como en busca de su propio retrato más que del autor mismo. Se trata del Museo de la Novela de la Eterna, una novela que no es novela, con personajes que son arquetípicos, con diálogos sin ninguna contingencia y gestos primordiales de personajes que en el mismo texto van saltando y dialogando en ese brinco de un lenguaje que quiere edificar un género que va de la línea a una sinuosidad; por ejemplo: ir viendo de cima en cima, o en los valles sólo el valle.
Este modo en la plástica, imagino que no es tan excéntrico; los pintores pintan de a uno; cada cuadro es un libro entero, se dice un universo; ellos suman, los pintores, un cuadro junto al otro y el espectador recorre a su antojo.
Yo me he detenido, más que en el juego geométrico, en la calidad que los colores me proponen; jamás un rojo, jamás un verde; pareciera que son tierras coloridas dispuestas como un arte espectral de un arco iris.
Sin esa cromaticidad, la phalène de la poesía tampoco es algo consecutivo; tampoco trabajo adentro del taller de un artesano minucioso; la poesía busca su tiempo para recorrerla en ese brinco que cuando se llega luego del salto se arriba a una zona nueva que debe ya nombrarse.
Esa dedicación sublime a la pintura (mental… recuerdo a Claudio Girola y Miguel Ángel) que nosotros no ejercemos en el sentido del pintor de un cuadro y sus medidas, es semejante a la entrega que hacemos a la poesía cuando acogemos su hablar que nos lleva al acto. Amereida se quedó como una flor imperecedera; Rimbaud no se fue más desde que el día no calzó con la oración.
Es el calce que nos quita el sueño, es el ritmo que reúne a la palabra y a la acción en bello acto: hoy día, la phalène.
Unos de los personajes de la Eterna de Macedonio se llama así: Dulce Persona… la misma dulzura para que todo se concilie. San Francisco hace el reconocimiento de la persona; cada cosa, podríamos decir, nos humaniza; nos llama igual que al agua, nos llama igual que al lobo; nos reintegra a la creación, nos minimiza para divinizarnos.
Ese salto en el reconocimiento (recordemos que se dudaba de la humanidad de los indios en tiempos de la conquista de nuestros países, recordemos las controversias, Valladolid, etc.) esas criaturas exaltada como un Uno primordial es el orden que restituye a la realidad nuestro proceder.
El calce entre uno y lo otro (no necesariamente sucesivos (4 y 7)) se hace por medio del reconocimiento de sus relaciones o modo de estar en el mundo. Si voy del 4 al 7, ¿paso por el 5 y el 6?, habrá que verlo; nada impide ese salto, sólo cuidar e inventar el camino del uno al otro… porque efectivamente se realiza.
Si voy de un pliedro al otro, si sus caras se me muestran llanamente y no se oculta ya su cuerpo, es lección misma de ese recorrido que se hace.
Lo que permanece oculto es uno mismo, ese lector que se va revelando en su humanidad y la manifiesta en la medida de su avance.
La iluminación que es una imagen, acompaña puesto que la palabra debe ser significada, la palabra debe augurar y lo hace en el juego de la voz y de las manos.
Augurar para las travesías ese acompañamiento. Augurio que la phalène haga y diga para este viaje