Clase 2. Trimestre II / 2003
Alberto Cruz C.
Lo leído sentado.
Hablando en el lenguaje corriente, cotidiano, se dice: “Soy alumno en propiedad de la Escuela: propiamente dibujo bien” Propiedad y propio indican, entonces posesión, poseer algo. Continuando “así es que tienes de pintor, la mano”. “No, no tengo esa dimensión”. Dimensión es, entonces medida, grado de posesión. Medida, que como todo medir es ubicatorio.
Ahora, cambiando de grado, ubicándonos en un lenguaje más elaborado, abstracto, digamos: yectar, yección. De ella provienen pro-yectar, proyección. También, trayecto. Y, por cierto, inyección.
Bien; lo que se trata en esta segunda clase del segundo trimestre, es de la relación entre la palabra poética que se oye, y su trayecto al pro-yectar. Al oírla como proyecto. Con esa dimensión. Permanezcamos en ello. Tenemos como propio, oír a la palabra poética, estar siempre dispuestos. Y ese estar siempre dispuesto es, propiamente, estar en el proyectar. En un propio proyecto. Y porque estamos ubicados en una tal dimensión, bien sabemos que no nos apropiamos de la palabra poética oída. Ella, intocada, realiza un trayecto en nuestro proyectar. Un trayecto que no nos toca directamente, cual una inyección.
Poseemos vivencias de oír la palabra poética del “ha lugar” de Godo, demorando el final de la emisión, de la yección de cada palabra para volverla un silencio que espera de la llegada de la palabra sucesora. Vivencia es recorrer el trayecto de un hecho. Experiencia, es que tal recorrido alcance la dimensión de un padecimiento, como se padece la tristeza, la alegría, que poseen nuestra propia manera de estar, nuestra propiedad.
Por tanto estamos invitados, desde la clase anterior a lo que Amereida, en la Cruz del Sur, llama una aventura.
La aventura de realizar un proyecto de las cartas de un juego, el juego de la phalène, que es un juego al que todos son invitados y que es al para el juego de la propia intimidad poética, experiencia que es de poetas, que por ello alcanza el límite más alto de la vivencia nuestra. Detengámosnos en esto: un juego de cartas -la phalène- la llamó godo, que no la podemos padecer propiamente como experiencia, pues 1 la padeciéramos seríamos poetas, cosa que no somos, pero si la podemos poseer en propiedad como vivencia, como vivencia de la mayor dimensión. Y esto puede ocurrir, porque vimos proyectando, aún más, confiando a la mano el trayecto de lo oído a la proyección.
Dicho trayecto es una manera propiamente nuestra de oír a la palabra poética tornándose silencio en espera de la palabra venidera, lo que Godo llamó la disyunción. Su inauguración del tiempo. Este como ritmo del aparecer.
Entonces, volviendo al trayecto de la mano, de la mano que observa, que 2 dibuje como y cuando le parezca una forma que al ocultarse el sol, ella se mantenga en una dimensión de mayor luminosidad que la página de la carpeta ya oscureciéndose, pues en un momento dado la mano que bien sabe lo que dibuja, ella, se siente tentada a asirla, tomarla. Por cierto, en la rapidez de una milésima de segundo.
Pero, ya es tema para la tercera clase: bien parece que la actual creatividad, aquella de estos días, se esfuerza por que ese segundo, se amplíe, no ensanche en su duración. Esa duración actual de lo archivable, en archivo. Tal esfuerzo, desangra, destruye toda aventura.
Ver esto último, en las clases de los jueves para toda la Escuela de la Música de las Matemáticas.
1:Si 2: ella.
Preparación a la 3ª Clase, desde un comentario de la 2 Retén de Amereida: retener. Retener la Santidad de la Obra. Retener: la proyección. La conclusividad. El cierres. De lo promisorio poético que anuncia. Pero el viernes anticipa. Tal es el límite que Godo ocultó en su decir “la Santidad de la Obra»; para que ello fuese palabra de llamada al intacto oidor. Pero hoy adviene el momento de dilucidar el límite entre promisorio y cierres. Y adviene pues, se viene, se está dando, el paso del saludo a lo vasto de Amereida a la residencia de los pájaros, por obra del doctorado. Ver página. En que el doctorado es fruto del trabajo, material, creativo, espiritual: del trabajo íntegro que habla unívocamente.
1. Clase
La unión de
La Música de las Matemáticas
La Santidad de la Obra
2. Clase
El proyecto que se realiza
Las cartas para un juego.
Aquel de la intimidad poética: la phalène
Las cartas en:
a. el saludo a lo vasto de Amereida.
b. del infinito y su sucesor
c. de la creatividad Bará que sabe de la creatividad Asá.
Es un esfuerzo por realizar, que es concebir y ejecutar – cartas cáusticas que reciban la masa 1 de la heredad poética en su retumbar 2, en que lo si cáustico es asumir los imprevisibles retornos de la masa en su retumbar. Imprevisibles que una vez lanzados no son detenibles. ES la peripecia de la aventura de la fundación desde la palabra origen.
Jaime Reyes G.
Comenzamos este período del Taller de América sobre una palabra como enunciado principal: viaje. Preguntamos entonces qué cosas eran absolutamente indispensables para que un viaje exista, aquello esencial que no puede faltar para que un viaje se cumpla. Ustedes dieron una lista de la que recogimos la palabra partida y acabamos proponiendo que amereida es un poema de viaje y de partidas. Voy a extenderme un poco sobre esta proposición, aunque debo aclarar que el libro es mucho más y que se lo puede recoger desde múltiples puntos de vista. Este es sólo uno más.
El primer poema de amereida es una exhortación a los marinos, que acaso sean los viajeros por excelencia. El 2º y el 3er poema tratan la travesía; la definen y la anuncian. Luego viene el inventario (pag. 51); un orden para enumerar poéticamente aquello que llevamos en un viaje. Luego se menciona quienes viajan y quienes ayudaron en el viaje (pag. 58). En la página 67 aparece la palabra náufrago, sobre la que me detendré más adelante. Y así puedo seguir citando directamente párrafos repletos de relaciones.
– pag. 77: los viajes enseñan (entre otras cosas) que las palabras son como extrañas a las cosas que nombran…
– pag. 80: ¿el viaje? acaso hay que venir a celebrar en el lugar mismo ver marcar inscribir
– pag. 82: y aún más -para poder hablar hay que perder la palabra- lo que se produce en el simple viaje…
– pag. 90: …una respuesta – mañana partimos a recorrer américa
– pag. 92: para respondernos mañana partimos…
– pag. 96: para palpar el presente de lo leve es que mañana partimos a lo largo y ancho de América…
– pag. 99: mañana partimos a tierras de climas extremos en su estación extrema al cabo de hornos para desde allá comenzar a recorrer América…
– pag. 102: por eso mañana partimos a recorrer América e ir junto a ella sin interrumpirla cuando nos diga sus encargos…
– pag. 106: para deshacernos y deshacer este equivoco es que mañana partimos a recorrer América…
– pag. 111: para librarnos y librar al presente de toda sospecha de impostura mañana comenzaremos a recorrer América… por eso mañana partimos…
– pag. 116: por eso mañana partimos a recorrer América en camioneta…
– pag. 120: y para llevar a cabo este mirar mañana partimos a recorrer América…
– pag. 124: y este lenguaje de lo múltiple debe hablar en América él nos lleva a que mañana emprendamos el comienzo de un viaje que atraviese sus tierras…
Luego desde la página 134 a la 153 están citados los cronistas españoles que vinieron por primera vez y sus crónicas son relatos de viaje. En la página 169 están los mapas y la palabra orientarse, el sentido poético de nuestra orientación. En la página 186 y 187 están los mapas con la ruta de viaje de la primera travesía. En la 189 dice y acaba “el camino no es el camino”.
Ahora quisiera recoger dos palabras mencionadas la clase pasada y que nosotros reunimos en una sola en aquella lista, las palabras “regresar” y “llegar” las unimos en la palabra volver. Pues bien, en la página 184 de amereida, justo cuando el poema va a terminar hay un párrafo que dice: (se lee la página 184)
Resulta que todas las partidas habladas en el poema culminan con una sola, la más importante. Al final se parte para llegar, para volver. Y el poema indica la clave para comprender un poco más profundamente el asunto cuando dice que en esta acción intermitente de ir y volver se construye “lo permanente” de una ciudad. Voy dar un ejemplo.
Hay una instancia en que una partida queda frustrada; una situación extraordinaria por la cual aquel que partió de viaje puede quedar impedido, incompleto, interrumpido. Hay un viajero cuyo viaje queda suspendido ad eternum y su alma permanece en vilo atrapada entre los fantasmas del tiempo. Estoy hablando del naufragio. Un náufrago vive en una contradicción del tiempo porque no tiene presente. Todo su mundo se basa en el pasado y en el futuro. Sobrevive entre sus recuerdos y la esperanza de ser rescatado. Vive así en una emergencia constante e insostenible, en un mundo que no le pertenece y que no puede recibirlo. Vive sin orientación, irremediablemente perdido y completamente sojuzgado por las circunstancias del fatal destino. Un náufrago no puede construir nada permanente porque no puede volver. Esa es la parte del viaje que le ha sido negada y es por esa negación que no consuma su viaje y así tampoco se presenta la verdadera realidad. La construcción de lo permanente que se da por el volver es también la construcción de lo trascendente. (1)
1. Recuerdo a propósito de estas palabras una cita que hiciera hace algunos años en este mismo Taller y que la semana pasada tratamos en el curso de Presentación al Diseño del primer año. Hablábamos de la sociedad
Esta es una sociedad anarquista y utópica que tuvo lugar y momento. Una sociedad que extravió a propósito los puentes que la unían con otras sociedades para condenarse a un extrañamiento imposible e infecundo. No le interesa si el mundo la considera dentro o fuera de sus leyes, sólo cuenta que sus hombres sean y permanezcan libres.
Estando a bordo de un barco se es libre (salvo a bordo de un buque militar, sobre todo uno inglés del S. XVII) porque sólo se responde ante el capitán. Por el contrario, al desembarcar se pierde esa libertad absoluta del mar porque en tierra se debe responder ante las complejas y múltiples leyes, ante la siempre inquisidora policía y ante los severos y parciales jueces. En tierra se deben rendir cuentas y pagar tributos e impuestos. Los hombres del siglo XVII habitantes de la isla Tortuga no sólo estaban incómodos ante tales órdenes sino que renegaban del mundo y en ello sus modos y posibilidades de establecer una otra manera de vida. Sin embargo hay una trampa sutil pero grave en semejante utopía: En la Tortuga nadie podía tener realmente un verdadero anhelo puesto que todo cuanto necesitaban o deseaban ya estaba allí, al alcance de la mano. Nadie podía pensar en el progreso social o en la evolución técnica (no construían barcos; era más fácil robarlos) o filosófica. No había que mejorar las cosas. Todo ya está y una sociedad así, siendo “perfecta”, no puede continuar ni continuarse. Es una sociedad siempre presa de su circunstancia, de los hechos políticos, económicos y sociales externos que la sostienen en su independencia, que entonces es sólo aparente. Una sociedad que no puede hacer mundo puesto que está fuera de él. Una sociedad que no puede perdurar más allá ni resiste la más simple pregunta: ¿Cómo es el presente? Es esta una pregunta carente de cualquier sentido en la isla Tortuga, puesto que el presente para ellos no existe en cuanto a situación temporal. No hay presente porque no hay tarea ni deberes ni esfuerzo para alcanzar algo. El tiempo para ellos no es el constante fluir de la realidad sino más bien una dimensión estática, inútil y siempre homogénea. Se deduce que para estos filibusteros no hay tiempo, no hay trascendencia, no hay la idea de la perpetuación de nada. Es una sociedad náufraga.
Por esto es que no se admitían mujeres (y aún no se las admite tradicionalmente sobre los barcos). La mujer, en su vínculo con el hombre, hace una sociedad con temporalidad. Aparece el domingo, que no es otra cosa que el presente puro cuidado por su prodigio extraordinario (En la tortuga todos los días eran ordinariamente domingo). Aparece la muerte como un traspaso y no sólo como la consumación de la valentía. Los hijos son la trascendencia antes de la muerte, son resurrección vital. Es por ellos que se vive el presente.
Una sociedad con hombres y mujeres que viven dentro del tiempo requieren del esfuerzo, del sacrificio y del trabajo para que sus anhelos, más que cumplirse y acabar, permanezcan siempre como tales.
En 1655 comienza el ocaso de los habitantes de la isla Tortuga. Bertrand D‘Obregon -que está mandado por Luis XIV- es electo gobernador por los piratas, que ya en otras ocasiones habían elegido al enviado del rey, pero siempre había sucedido que en lugar de ponerlos en orden, estos gobernadores “oficiales” acabaron sumándose a la vida filibustera. Francia sabe entonces que no conseguirá doblegar a la isla mediante la fuerza militar ni con la creación de lealtades. Lo ha intentado antes y siempre obtuvo fracasos. D‘Obregon contrata a cien mujeres para que vayan a pasar el resto de sus días a la isla. Desembarcan todas juntas. Son prostitutas, huérfanas, presidiarias. (No importan en absoluto tales orígenes, que por lo demás son los mismos que aquellos de los filibusteros.) El efecto es el deseado. Los hombres se emparejan, algunos tienen hijos, la ropa recién lavada cuelga secándose al viento afuera de las chozas, los guisos y las sopas calientes aguardan sobre las mesas. Los bucaneros son ahora soldados, burgueses que -sin saberlo- sirven a los intereses de Luis XIV. Combaten siempre con fiereza y crueldad, pero ahora responden ante una sociedad como cualquiera otra del mundo.
Pero en el fondo lo que llega a la isla es algo más profundo aún que este nuevo orden. Lo que realmente llega es la redención. Tiene ahora sentido la palabra volver. Ahora los hombres de mar que tienen familia siempre volverán a la isla Tortuga después de las expediciones. Ha aparecido el Destino).
Manuel F. Sanfuentes
Iluminación; del latín Lúmen: Lumbre: “cuerpo que despide luz”. A veces decimos de alguien que es una lumbrera pues al despedir luz ilumina.
Podemos decir que la iluminación es el arte del tablero, no lo es de quien dibuja a la intemperie, sino de quien tiene enfrente una página y se dedica en exclusiva a darle luz, a darle a luz.
¿Cómo partir con esa primera línea o trazo que dará el pie para todo lo siguiente? Esto implica una meditación en el sujeto; los monjes de los monasterios europeos del año 1000 más o menos transcribían; es decir, también copistas, lo que en un texto original era sólo palabra.
Entonces ellos partían con la inicial, con la primera letra que daba pie e inicio al texto, otras veces tomaban la primera palabra entera; pero siempre había una partida que iniciaba y entonces el motivo se engalanaba en la reflexión meditativa del texto y de la luz que se iba agregando.
Luz en cuanto claridades; el texto se convertía así en un claro airoso, en una instancia de recogimiento.
La invención de la imprenta y los iconoclastas que desestimaron toda imagen que representara lo divino terminaron por destruir el arte de los copistas; los monasterios y las iglesias fueron quemados y los escribas perseguidos.
Sin embargo, las primeras ediciones impresas partieron imitando las grafía de los manuscritos, su composición y modo de iluminar. Hasta hoy podemos ver cómo esa tradición no desaparece sino que queda.
Puesto que se lee y se dibuja simultáneamente, la imagen debe dar una guía que al lector no distraiga sino que deje intacto en su lectura.
Esta tradición que queda es la que ha reunido a la palabra y al dibujo, pues para ambos hay una misma mano que ejecuta, una misma página que recibe y una misma luz que ilumina al lector cuando ha de leer.
Ese cuerpo que despide luz a veces recibe o canta a esas luminarias o habla bajo esa luminosidad. Es el caso de las “Iluminaciones” de Arthur Rimbaud, que sin una sola imagen puede transformar el texto, la palabra, en una visualización tajante; leo algunos versos que parecen iluminarse:
– “las piedras preciosas que se ocultan, las flores que ya miraban”
– “Madame instaló un piano en los Alpes”
– “desfile de encantamientos”
– “incluso ataúdes en un palio nocturno”
– “he abrazado el alba del verano”
– “la mano del maestro anima el clavecín de los prados”
– “nada quedará de las apariencias actuales”
Y así… etc.
La razón por la cual Rimbaud tituló así su libro, me atrevo a decir que, careciendo de toda imagen, luz o cromaticidad, él sabía que ese modo de ir diciendo era exacto al del escriba que combatía su conciencia dándole a la palabra su iluminación.
Rimbaud sabía que él hacía, al par, bailar y meditar a las palabras; era un problema de apariencias, pero él se dedicó a un punto que fue sólo el poema y a falta de imagen todo en él imaginaba e ilustraba como una enseñanza. Entre radical e inocente el “lenguaje del alma para el alma” podía suplir esa carencia. La palabra estaba ya dedicada.
Si hemos de proceder con la poesía, asistimos a ella como ejemplo y paradoja. Nosotros partimos a iluminar nuestro quehacer, éste del Taller de Amér¡ca, con aquella tradición del manuscrito, con aquella omisión de Rimbaud y con toda la invención que aquí en la Escuela se ha hecho de la caligrafía; que al fin es la mano y el reflejo de cada cual: su propio pulso.
El joven Rimbaud partió a África, a la calidez misma que él había proclamado. Hay un viajar que se da en la poesía siempre por fuerza -mayor o menor- y que no obedece a una ordenanza ni a un deseo sino solamente a la palabra dicha; hay una fidelidad tal a lo cierto que incluso puede diferir de la opinión de uno mismo.
A mí me pareció, a propósito del viaje a Japón, que había algo anterior en el oriente que en el occidente; algo que se venía dibujando de antemano más allá del tiempo. Japón, al mismo tiempo que es el sumun de lo civilizado y tecnológico habita ese tiempo anterior que yo sabía se guardaba en esa capacidad de reducir todo a un trazo y su fonema.
O ver sin comprender, oír sin entender; siempre habrá una zona incomprensible; el desconocido que trae la poesía es ese lado que carece de dominio.
Oriente es un modo de preceder a lo europeo; el viaje no siempre exige de una familiaridad para entretenerse, sino que pide en el mismo acto de viajar encontrarla, ir hacia ella; la fraternidad no se da entre los amigos, pues ya los son, sino en aquellos en que uno reconoce una desconocida semejanza.
Y allí en Japón esa semejanza fue el encuentro con una espiritualidad que lleva a la práctica una meditación no sobre el motivo o sujeto, sino sobre el vacío mismo o carencia que se da en uno.
Y así como el monje europeo tenía su tablero, su atril de trabajo y meditaba en aquello que allí estaba haciendo; el monje en oriente separa y medita en medio de su ausencia, ascua o vacío, y su quehacer es observancia de un silencio que medita más consciente.
Todo el viaje ha de reposar no en la comprensión sino en el hallazgo de esa familiaridad; incluso podremos no comprender el lenguaje del lugar pero sí su proceder, sus gestos; y puesto que somos hombres y mujeres que observamos podemos distinguir y dibujamos, iluminamos la extrañeza más compleja y luego la damos de leer y el otro comprende y cae en la cuenta puesto que ha sido iluminado.
La luz de la poesía no es demostrativa, podríamos decir es instructiva puesto que ella misma se instruye; por eso ella guarda silencio, atiende y va siempre en busca de un nuevo hábito para que vuelva a ser iluminada.