Queridos:
Se trata, una vez más, de la poesía y de la realidad. No he salido todavía de esta querella. Pero, ¿quién ha olvidado el bello teorema de Rimbaud: «el arte es una tontería»? ((«El arte es una tontería», aparece en un borrador de «Delires II» de Une Saison en Enfer, el cual es:

«…tan débil, que me creí soportable en la sociedad sólo a fuerza de piedad. Qué desgracia. ¿Qué claustro posible para este bello hastío? (…) Odio ahora los ímpetus místicos y las extrañezas de estilo. Ahora puedo decir que el arte es una tontería. Nuestros grandes poetas, arte también fácil: el arte es una tontería. Salud a la belleza».

En el texto impreso: «Esto pasó. Sé hoy día saludar a la belleza».)) ¿La fiesta de Saint-Paul-Roux? ((A partir de esta fecha se ve pues, el castellano de Lagatjar inaugurar una escuela, y, subido sobre una escalera, recitar un poema en presencia de la decana de Camaret (cuya oración fúnebre compondrá dos años después); o patrocinar, a bordo de una embarcación, la fiesta anual de las regatas; o aceptar la simbólica presidencia de honor del bote salvavidas. Un día de diciembre hace afichar por intermedio de un cómplice, sobre los muros de la comuna, un «Celest o grama» del Pére Noel, invitando a todos los niños de Camaret a «esperarlo al muelle, el sábado 25 hacia las 3 (de marea alta), teniendo en la mano una rama de pino o de tamarindo…». Y surge, efectivamente, a la hora señalada, de un horizonte gris, como un personaje de linterna mágica en la proa de una barca, donde vestido con el traje tradicional y decorado con una gran barba, prefigura ya al hombre de nieve (el poema de los «Sabliers» (Camaret, 1892) en que los pescadores de Kerbonn encuentran el cadáver del poeta «sobre el cual flotaba una gran barba blanca»).
Atraca, desempaqueta frente a los niños maravillados, cientos de juguetes que ha adquirido en las tiendas de Brest… Y cuando se vuelva por donde vino, después de haber declamado un poema, para desaparecer a la vuelta del muelle, más de un joven camaretense conservará el recuerdo de haber recibido un juguete del Viejo Pascuero en «carne y hueso».
Así, el poeta no se contenta ya, con ser el «alquimista del verbo», un taumaturgo de la estética o del pensamiento. Siembra duendes en medio del pueblo bretón, siempre sediento de maravilla, y hace, pagando con su persona, «el gesto del poeta»: es auténticamente el encantador y el «hacedor de milagros»; el último «Santo» bretón cuyo recuerdo irradia desde el interior de las más pobres mansiones.)) y, más aún, ¿el testimonio imborrable de Germain Nouveau? ((«Con los Gustave Courbet y los Giuseppe Verdi, Germain Nouveau se ubica al lado de los artistas que, resueltamente, optaron por la generosidad y la bondad. El ‹viejo compañero de antes, bien cordial› que el 12 de diciembre de 1893, en Alger, escribía a Rimbaud para saber si en Aden no tendría alguna posibilidad como profesor de dibujo, nos da, frente a tanto magos negros, el ejemplo inapreciable de alguien que poseyó en todo sentido la virtud del despojo: nada en las manos, nada en los bolsillos; cantor a corazón abierto, gratuito, simple y salubre como el pan».
Michael Leiris, Arts. 26 de octubre de 1951. ))

En el fondo, el debate sobre la poesía y la realidad –en el cual el futurismo regló el acto provocación, exasperado más tarde por Dada, y ahondado por el surrealismo– dista de estar aclarado.
¿Qué poeta, después de ellos, puede, verdaderamente, soslayar una tal cuestión? Se ha querido trascender la literatura, la «obra de arte», las prisiones de la estética, y a pesar de todo, se ha permanecido y se permanece todavía hoy en el poema, en el cuadro y en el objeto. ¿Cómo podrá evitar el Surrealismo –y esto ocurre ya– ser clasificado en las bibliotecas, y quizás un día –por qué no– en las antologías escolares?

Poesía y Realidad

Escritores, los hechos están allí como un muro que hemos edificado con nuestras propias manos. Podremos mostrar el contexto de nuestras obras para señalar que la voluntad que las creó apunta al abandono del arte… Pero las obras testimonian contra todos nosotros. A lo más, las explicaciones nos ayudarán a distinguir la buena de la mala literatura.
Y, sin embargo, cada uno a su turno, probó con sus actos, y algunos con su vida y su muerte, que se trataba de absolutamente otra cosa que de la «obra».
La lógica interna de la poesía como anti-arte conduce a la pasión de cambiar el mundo. Y la ardiente sed de justicia –sincera y generosa– ha querido saciarse en esta empresa. Entonces la poesía fue doblada por la política –el instrumento que ejecuta todo cambio. Así Marinetti terminó en el facismo, y Aragon en el comunismo oficial. La fidelidad poética impidió a Breton este género de compromiso, pero no le impidió creer que el «cambiar la vida» de Rimbaud equivalía al «cambiar el mundo» de Marx. Después de ellos sabemos que la poesía es liberadora, que purifica y amplifica la persona humana.
Pero se ha terminado por creer que el accidente necesario de la significación con relación a la palabra, como la madera con relación al árbol, era lo esencial de la poesía; se ha terminado por creer que ella puede convertirse en la esclusa dorada de los resentimientos producidos por un mundo cualquiera, y que su misión es casi la de denunciar todo estado que nos constriñe. En un cierto nivel se ha confundido la poesía y su ley con la Política y sus leyes. Los efectos del compromiso político son conocidos –miserias de la poesía– y el célebre «mientras tanto» no es una respuesta, ni el refugio en el «poema» una solución.
Habrá siempre autores de poemas y de cuadros y no está mal. Pero el problema se encuentra en otra parte.
¿Debe el poeta, al expresar sus descubrimientos, quedar encerrado en el marco del poema y, por esto, sometido a las leyes de tal o cual estética, aún a pesar suyo?
¿Es verdaderamente posible el abandono de la literatura?
¿O bien no hay salida?
¿La toma de la realidad significa el tomar a cargo la actualidad universalizada en el poeta?
¿O bien el compromiso político es inevitable?
¿O quizás la realidad es otra cosa que la actualidad?

La Esperanza del Surrealismo

Pero, primero hay que pagar las deudas. ¿Quién no es hoy día –y hablo de los poetas que escriben poemas– más o menos deudor del cubismo, del dadaísmo, del surrealismo? El surrealismo, sobre todo, ha reabierto el sueño y la aspiración a una unidad que tiende a extender la vigilia más allá de la conciencia. Pero la promesa que palpita, enteramente viva aún, en su mejor poema, el Manifiesto Surrealista, es mucho más grande. La realidad concreta abre ahí su pozo y desborda toda creación poética. No se podía prever que después del Primer Manifiesto se llegaría a cantar Elsa y aún Nadja, poemas que son en el fondo y, de una manera muy distinta el uno del otro, verdaderas «obras de arte». Inútil es insistir en la diferencia entre el canto de amor de estos poemas y el amor en los trovadores o en Dante. «No es más el amante de Jimena; es el amante de Graziella. No es más Petrarca; es Alfred de Musset».
Ciertamente –y creo que en la época de Aragon se hizo la observación– un imbécil que cuenta sus sueños no agrega nada. Es necesario, en verdad, el poeta. Pero se creyó comprender que era necesario, en consecuencia, el poema. Y en cuanto a la escritura automática, no exageremos. Desde que el hombre tiene memoria, ningún verdadero poeta la ha desconocido, aunque utilizando también otros procedimientos. Se sabe bien que un soneto –un verdadero soneto– no se lo hace sobre las reglas; es necesario primero llegar a ser la regla para escribir en su osado lenguaje que fuerza las palabras al azar de la invención precisa.
Se debe al surrealismo de Breton la esperanza de otra cosa que la literatura. Digo bien la esperanza, porque, en los hechos, a pesar de todo, se ha permanecido en la expresión del procedimiento, en el esquema y en las «obras de arte».

Lo Propio de la Poesía

No me resigno a enterrar en el olvido o en las interpretaciones el teorema de Rimbaud. No me resigno tampoco a la vuelta al poema, sea cual sea su contenido y su intención. Porque yo no creo que la admirable vida de Nouveau no sea más que una experiencia personal sin ningún valor para la continuación poética. ((«Germain Nouveau, cuya vida y obra se reflejan recíprocamente, y una a otra aclaran, fue un poeta que no cesó de vivir peligrosamente una búsqueda sin concesiones. Mendigo del amor profano y del amor místico a la vez (solicitó y obtuvo) más allá de sus dones, es despojamiento perfecto a la luz del cual, sus poemas, renegados por él mismo, su vida, que quiso más y más humillada, dejaron traslucir tras ellos ese abismo fascinante que permanece para el espíritu humano como la única aproximación posible al absoluto».
A. Rolland de Renville, Arts, 26-x-1951. )) Entonces trato de volver a empezar y vuelvo a Lautréamont y a sus maltraídas Poesías. El nos ha dicho bien cual es la diferencia entre poesía y política, psicología, dramas, luchas, etc. Escuchémoslo: «La misión de la poesía es difícil. Ella no se mezcla con los acontecimientos de la política, a la manera como se gobierna un pueblo; no hace alusión a los períodos históricos, a los golpes de estado, a los regicidios, a las intrigas de corte. No habla de las luchas que debe sostener el hombre excepcionalmente, con él mismo, con sus pasiones. Ella descubre las leyes que hacen vivir a la política teórica, la paz universal, las refutaciones de Maquiavelo, los cucuruchos de papel de que se compone la obra de Proudhon, la psicología de la humanidad». ((«Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores de la juventud. Estamos lejos de los Homero, Virgilio, Klopstock, Camóens, imaginaciones emancipadas, fabricantes de odas, vendedores de epigramas contra la divinidad».
Lautréamont. Poesías. )) La poesía se contiene en sus márgenes. Está en el trasfondo de la existencia porque, antes de todo, está en la vida. La poesía per se que clamaba Poe es el desvelamiento de la posibilidad en el estado puro, antes de cualquier elección. Ella revela al hombre. Es la trascendencia misma que brota con y sobre toda realización. Este esplendor nos paraliza, nos encanta y nos muestra, en propiedad, la condición humana. Entonces ¿qué es el mundo? El mundo no es más que un cierto cumplimiento de la pura posibilidad que es el hombre. Habrá tantos mundos como cumplimientos escogidos. Pero más allá de toda significación la poesía sublima el instante, el acto por el cual y en el cual el hombre se reconoce originariamente. Ella hace surgir del pavor donde el hombre se encuentra, la posibilidad forzada que él es. De un trazo, en un rayo inextinguible. La poesía se encuentra en la raíz de la libertad; en su doble giro de reconocimiento del caos de donde brota el hombre y de la luz con la cual un mundo puede ser ordenado. En este sentido ella es siempre creadora puesto que desvela la condición «poética» del hombre. Es, por lo tanto, constantemente liberadora. Está en el mundo de donde surge, pero se encuentra fuera de ese mundo. Por tal vía, ella deviene unidad de medida (nombres, números, danzas, trabajos humanos) y desprende el tiempo. Pero ¿qué es el tiempo? La sucesión que se consiente, un modo de existencia. He ahí el don del poeta, y por esta razón él es necesario, a tal punto que el mundo, a pesar de todo, no puede prescindir de él si juega su papel. «Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu», porque es él quien instituye el tiempo. El poeta abre el testimonio de esta pasión originaria. La poesía se encuentra, antes que todos los contrarios, en la profunda «contradicción de mi espíritu con la nada». Su espejo está siempre vacío puesto que ella es la posibilidad del espejo. Sueño y vigilia, saber e ignorancia, poder e impotencia, etc., son ya «significaciones». La poesía las atraviesa descubriéndolas una por una según el mundo donde ella surge para hacer resplandecer la suspensión milagrosa del hombre. Recuerda siempre a las patas del pájaro la realidad esencial de sus alas con las cuales el abismo lo sostiene. Su relación con lo desconocido –el más allá de un mundo admitido– es esencial puesto que de su acto se desprende la posibilidad de crear y de hacer allí un mundo. Su abertura recuerda al hombre, sumergido en sus sufrimientos y sus alegrías concertadas, el alba perpetua de su origen. He ahí su ascesis. Ella es el acto humano que se relaciona con el fundamento de toda realidad. Y por eso ella se hace terriblemente consoladora. «Es el poeta quien consuela a la humanidad. Los papeles se han invertido arbitrariamente».

Si revela el acto humano, es por tal acción que ella llega a ser la Fiesta. Y digo bien el acto. Es verdad que el poeta es un hombre de palabras, pero, también, él es mucho más que eso. El poeta es el portador de la Fiesta. La poesía se hace en su persona, en su cuerpo, en su lenguaje, en su vida y no solamente «entre las sábanas».

El Poeta y la Poesía

Cara a cara del mundo constituido, el poeta se encuentra en otro lugar. Me explico. El no puede, y no debe tener en cuenta ni los favores ni los obstáculos que el mundo pueda significarle. Surge tal como es en su medio. Este es su deber y su destino. No se ocupa de ser o de llegar a ser un rebelde. Él no lo es, puesto que lo es obligatoriamente desde el punto de vista de las convenciones establecidas. Pero no combate, estando vencido de antemano; su tortura es su poesía, su fiesta, y de ningún modo la lucha más o menos eficaz para cambiar el mundo. No se rebela contra nada. Obedece al acto que lleva en sí y hace, en el mundo, la fiesta de la condición humana. Fiesta consoladora, a pesar de todas las interpretaciones posibles. Pero ¿qué es lo que quiere decir consolar? El consuelo no es el bálsamo sobre las heridas ni el pañuelo para las lágrimas. Consolar quiere decir revelar constantemente a los hombres cogidos por las tareas del mundo, el esplendor que llevan en ellos, el fulgor de esa pura posibilidad antes de toda elección; de esa posibilidad de hacer y de alcanzar toda realidad no obstante las culpas, los errores, los éxitos, los crímenes y aún la alegría admitida. La revelación de esta posibilidad a través de sus trabajos, penas y placeres, a través de todas las significaciones que son cumplimientos reales, ya establecidos en curso de desaparición, significaciones conocidas, mal conocidas o desconocidas; revelación que es también –¿por qué no?– lámpara sobre zonas del espíritu y sobre el país de la labor. Revelación del instante que es el hombre antes de todo tiempo. Revelación que es la verdadera memoria.

La Poesía es Fiesta

Me digo: es necesario obedecer al acto poético con y a pesar del mundo para desencadenar la Fiesta. Y la Fiesta es el juego, supremo rigor de mi libertad. Tal es la misión del poeta porque el mundo debe ser siempre reapasionado. ((«La vida humana debe reapasionarse, hacerse revalidar aún bajo el ángulo de lo que muy verosímilmente sólo es dado a cada uno una vez. Será tal vez necesario dejarle una latitud muy distinta. Puedan en un día próximo los cuentistas árabes de aire libre, que gozan actualmente de una audiencia desacostumbrada, crearse émulos en nuestras plazas de América, de Europa, y que por todas partes siga su curso la imaginación tan vergonzosamente canalizada. Puedan las fiestas, donde sea dado a cada uno el participar activamente, ser concebidas suficientemente amplias como para agotar periódicamente todo el poder fosfórico contenido en el hombre».
André Breton. Arcane 17.))

Un día, he visto al poeta mezclado al mundo, fuera de su sepultura, horriblemente libre entre las gentes. Descubridor de realidad entre los órdenes convenidos, instrumento de su acto que hace su canto. Canto en el mundo, codo a codo en las rutas, en todas las esquinas prohibidas y permitidas. Y más aún en el paisaje y la naturaleza puesto que él es creatura –el acto abierto al cosmos. Sin enemigos ni obstáculos posibles. ¿Su virtud? El coraje, tal como Hölderlin nos lo ha dicho en su admirable «Dichtermut». ((¿Pues, familiares, para ti, no son todos los vivientes?
¿Entonces, no te nutre, para el servicio, la Parca misma?
Tal anda, solamente, sin defensa
por la vida delante, sin cuidado.
Que todo lo que ha lugar, sea bendito para ti,
vuelto hacia la alegría, tente. ¡Qué podría, aún,
herirte, mi corazón! ¿Qué, sobrevenir,
allá, donde sabes andar?
Así como dulcemente a la orilla, o bien en plateada
ruidosa, muy lejos, ola; o bien sobre silenciosas
honduras del agua, el ligero
nadador transcurre, tal, somos nosotros también.
Nosotros, los poetas del pueblo, deseosos, donde
lo viviente en torno nuestro respira y muere,
dichosos, apegados a cada uno,
en cada uno confiados
¿cómo, cantaríamos,
sin ello, nosotros a cada uno su propio dios?
Cuando la ola –y así también– a uno de los audaces,
a la que él, fielmente, se confió, lo atrae, acariciándolo,
hacia lo hondo
y cuya la voz del que canta
ahora en el ámbito azul se calla.
En la dicha murió, y aún deploran los solitarios
sus bosques y la caída de aquel que más aman.
A menudo resuena para la virgen
desde el follaje su canción amiga.
Cuando por la tarde, uno de los nuestros pasa a lo largo
donde naufragó el hermano, mucho, sin duda, piensa
ante el lugar premonitorio.
Hace silencio y se va más munido.
Hölderlin, «Dichtermut».))

El Poeta y el Mundo

Pero el poeta es también un hombre. Entonces ¿cómo vivirá?
No tiene oficio, él oficia. El mundo puede humillarlo o sostenerlo. Eso no le concierne. Celebrante, no juzga ni quiere ser juzgado. Es el mundo quien se juzga a sí mismo agobiándolo o glorificándolo. Su misión es autónoma e indestructible porque es necesaria. Pase lo que pase, la fiesta continúa. No tiene nada que temer, y aún si lo peor ocurre, podemos estar seguros que «otros horribles trabajadores vendrán». ((«El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca él mismo, agota en él todos los venenos, para guardar sólo las quintas esencias. ¡Inefable tortura en que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en que se vuelve, entre todos, el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito –y el supremo sabio! ¡Porque llega a lo desconocido!
Puesto que ha cultivado su alma, ¡ya rica, más que nadie! Llega a lo desconocido, y cuando enloquecido terminase por perder la inteligencia de sus visiones: ¡las ha visto! ¡Que reviente en su salto por las cosas inauditas e innombrables! Otros horribles trabajadores vendrán, comenzarán por los horizontes en que el otro se desplomó».
Rimbaud, Carta a Paul Demeny, 15 de marzo 1871.))

La Rebelión

La idea generosa de rebelión y la sed de eficacia han fracasado: han terminado en la práctica política, en el «mientras tanto» o en la vuelta al poema. Ellas han creado la dependencia. Todo manifiesto, humor negro, acto-provocación revela la dependencia al objeto, atacado o negado. Pero la poesía no necesita atacar sea lo que sea. Ella afirma y revela. La afirmación supera toda negación. La revelación abandona en la sombra un montón de cosas acordadas al mismo tiempo que muestra nuevas.
He visto al poeta que muestra el mundo porque él se desnuda. Su acto revela el paisaje, las gentes, las relaciones de hombres y cosas. Portador de fiesta, él es portador de probabilidades porque, con su presencia desencadena relaciones imprevistas y provoca la participación activa en los Juegos a fin de dar cumplimiento a lo que nos fue dicho: «La poesía debe ser hecha por todos. Y no por uno». Y puesto que su acto es libre de toda dependencia al mundo, es siempre el regalo, presente poético que conmueve y consuela. Él soporta la alienación del hombre contra sí mismo.
La poesía en acto surge y se inserta verdaderamente en la realidad. Desvela la posibilidad que funda toda existencia efectiva y al mismo tiempo se hace acto en el mundo. He visto entonces al poeta salir de la literatura, sobrepasar el poema, y aún, abandonar la escritura.

Poesía y Escritura

¿Qué es la escritura?
A lo largo de los siglos se ha adquirido la gracia de la escritura. Pero ella es un instrumento entre tantos otros –¿es un medio?– aún si para el poeta el instrumento se volvió casi naturaleza. El río de la existencia profunda se atiene a sus orillas, y yo también estoy sobre sus bordes. Sin embargo, la poesía existió antes de toda escritura, y nada impide al poeta prescindir de ella.
Además, el poeta de hoy –y Artaud sabía mucho sobre esto– ha perdido su cuerpo en la mesa, en la cama y en el desdoblamiento de su existencia.
He visto al poeta que no escribe sino que hace su poesía provocando la fiesta con su voz, su cuerpo y su presencia en un chorro espontáneo. Pero, entonces ¿su acto no deja huella en el tiempo?

No, no deja una «obra»; pero él se inserta en una vía más profunda y escondida que el libro: en la leyenda. Aún si se equivoca, porque «el error es la leyenda dolorosa». Muchas cosas que no están escritas nos llegan por la leyenda. Expresiones, gestos, lenguas y sabidurías que vienen en el aire y quedan en el aire cuando nosotros desaparecemos. Ellas persisten en las tradiciones que forman un pueblo. Para la poesía, la escritura, aunque posible, no es necesario. Y como algunos en otro plano, el poeta puede abandonarla. «Volvamos a Confucio, a Buda, a Sócrates, a Jesucristo, moralistas que andaban por los pueblos padeciendo hambre!».

Poesía y Poema

No se hace lo que se puede, sino lo que se quiere. Hemos ya partido repetidas veces con jóvenes actores, con poetas que leían o improvisaban, con pintores y escultores construyendo al borde de las rutas. Allí hemos reconocido la importancia de la máscara que uno se vuelve, de la sorpresa de aparecer como aparecidos sin jamás convocar, sin llamar a nadie; de el verdadero anti-teatro por la participación de todos en el juego poético y la utilización insólita del espacio. Allí se aprendió que la poesía se comunica también por la música de los sentidos y no solamente por la melodía de los sonidos o las significaciones de las palabras. Allí se ha reconocido la vida amenazante y amenazada a campo raso, la verdadera purificación que se produce en nosotros, y otros horizontes antes apenas sospechados. Allá se entrevió también la posibilidad para aquellos que no escriben –el pintor y el escultor– a fin de que nos devuelvan no el paisaje, sino el signo del lugar, que se descubre en la celebración. Y también… pero callamos lo que aún no hemos experimentado totalmente.

Y aún si el prejuicio del «poema», ese fantasma de la obra, existía en nuestras improvisaciones, se percibió que la fiesta no lo exigía, porque lo que cuenta es el poeta vuelto por entero –presencia, gesto y voz– instrumento de la poesía que lo sobrepasa. Entonces la palabra como en las gestas antiguas de la caza, de la guerra, del amor, es solamente una parte, tal vez una cierta cima de una ceremonia más vasta que no es el poema.
El poeta debe ser itinerante de la poesía.
Debemos recogerlo todo, nuestros temores y nuestras esperanzas, nuestros impulsos y nuestros desfallecimientos, y partir por los caminos para crear allí anti-sueños.

«Recibamos todos los influjos de vigor y de ternura real. Y en la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades». ((«Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa. Porque pues, puedo decir que tengo adquirida la victoria: los rechinamientos de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros apestados se moderan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimos lamentos se escapan –envidias para los mendigos, los bandidos, los amigos de la muerte, los atrasados de todo tipo– ¡Condenados, si yo me vengara!
Hay que ser absolutamente moderno.
Nada de cánticos: tener ganado el paso. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi cara, y no tengo nada tras de mí sino este horrible arbusto!…
El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la visión de la justicia es el placer de solo Dios.
Sin embargo es la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de ternura real. Y en la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.
¡Para qué hablaba de mano amiga! Una bella ventaja es que me puedo reír de los viejos amores falsos y avergonzar a esas parejas mentirosas; he visto el infierno de las mujeres allá: y me será lícito poseer la verdad en un alma y un cuerpo».
Rimbaud, «Adiós», Une Saison en Enfer.))

Para nosotros toda la realidad insólita y todo maravilloso cotidiano; las vigilias, las iluminaciones y aún los doblegamientos del espíritu. Todo está allí, en la aventura poética. Nos hace falta verdaderamente «cambiar de vida» para cambiar la vida. «Tener ganado el paso» significa no perderse, permanecer fieles y obedientes al acto que nos ha consagrado.
Sé bien que hay muchas maneras de ser poeta. Pienso en ciertos escritores. Pienso también en ciertos buscadores de lo desconocido. Pero hablo de poetas de poemas, como lo soy yo y como lo son muchos otros. Me atengo a mis límites y es a mis semejantes a quienes hablo, y a mis semejantes a quienes llamo.

  • Tipo de Referencia: Libro
  • Título: Carta del Errante
  • Autor: Godofredo Iommi M.
  • Edición: Escuela de Arquitectura UCV.
  • Páginas: 43
  • Formato: 23.4 x 17,6 cm.
  • Ciudad: Valparaíso
  • Año: 1976
  • Código Pedido: 741.64 bal
  • Colección: Memoria Diseño Gráfico
  • Nota de la Edición: El día 30 de octubre de 1976 se realizó en la Ciudad Abierta un acto poético que daba inicio a una nueva obra escultórica.
    Participaron en el acto: Eugenia Aguirre, Ignacio Balcells, José Balcells, Carlos Covarrubias, Claudio Girola, Godofredo Iommi, Ingrid Jongman y Jacqueline Marty.
    El poema recogido dice así:

Gracias por el viento que vuelve a
soplar, tan fuerte dando
en el filo aterido su nube blanca, efímera.
Piedra en el seno, el antiguo áspid
perdido en las auroras.
De mi alma abajo al sábado al sótano.
Escribe las hierbas bajo el viento y
el pie murmura lo que el suelo grita
la marcha.
Que mudando el paso dice del baile, rompe
el mar azul –¡al fin el cielo!–
el viento sopla las dunas cuando
hay que tener esperanza.
Soñar jamás ha nombrado.
Un lugar único en el mundo.
Con eso basta.
Rasgo que no es trazo.
Presente verde y sostenido en penumbra.
Esta tierra así por sus huesos abierta
se muestra cambiada más allá del aliento.
Entonces se mira en sus vientos distantes.
Distinguiéndose en las primaveras.

Los dibujos fueron hechos por José Balcells y Claudio Girola. El croquis del lugar del acto y de la obra fue realizado por José Vial A.
  • Nota con§tel: Ailleurs, nº 1, París 1963, p. 14 a 24, con el título Lettre de l’Errant. El director de la publicación era en ese entonces Henri Tronquoy de quien se muestran en el mismo número algunos de sus trabajos escultóricos. [ Bajar Pdf versión francés ].
  • [ Bajar Archivo Pdf ]

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