En Valparaíso, la orilla del mar, de una ciudad puerto.
Nos detiene la belleza del agua y sus reflejos que huyen y de los cuerpos que flotan con un movimiento que tampoco se entrega en un ritmo reconocible. Esta extensión es lo otro, ya que no vivimos en el agua, lo que en ella ocurre es un acontecer, nada permanece todo transcurre. Esta superficie permanece con sus variaciones sujetas al clima y disponible sin acumular en sí misma.
Tratamos con una superficie disponible, su profundidad existe pero incide menos. Por su tamaño es ineludible e inmodificable directamente.
Lo que tenemos con el mar es una relación. Si la tierra la poseemos directamente, contamos con ella, el mar está entre nosotros a través de relaciones. La función del puerto es una relación que vincula lugares distantes a través del mar, relaciones efímeras en la brevedad del tiempo.
Lo que vemos en el mar, lo abierto, lo disponible, lo cambiante, lo distante, lo natural, lo inabarcable, lo otro de la superficie líquida. Lo extenso del mar no solo está en su superficie líquida sino también en su capacidad para contener atributos.
Pero lo que nos detuvo fue la belleza, el mar es bello en su proximidad y lejanía, no así la tierra que tiene garantizada solo la belleza de lo lejano.
Para la ciudad esta presencia del mar que es lo otro, con la belleza próxima y lejana a la vez, hace de la orilla un lugar con potencialidad para cantar su destino si se la construye atendiendo a su ofrecimiento.