La cabeza y el rostro.
Croquis de un rostro dibujado por el pintor Francis Bacon.
Lo primero que constatamos, a pesar de las distorciones en esta obra es el reconocimiento de un rostro. Este rostro está centrado en la mirada, en su construcción los ojos son inequívocos, limitados por el estricto campo geométrico de unas elipses. También la mirada reconstruye el óvalo de la cabeza. El resto de esta cara no es inmediatamente reconocible.
Podemos afirmar que este retrato está construido en una disputa. Es la manifestación de la disputa del ser, que se manifiesta en la sola certeza de la mirada. Ella es el vínculo entre el interior no visible de la persona y su expresión ante todos. La invención del rostro y su identificación se dan en el plano mental del dibujo.
Habitamos junto a otros, así en este interior se nos hacen presentes no solo los rostros, sino el cuerpo que culmina en la cabeza. Ésta ya no está en un plano, es la presencia de un volumen, su bella presencia incluye menos distingos que el rostro.
Esta relación entre rostro y cabeza nos lleva a caer en la cuenta de una condición de nuestro habitar. Parece que habitamos al menos en una alternancia de dos modos, el primero vinculado al ser, en los distingos del rostro y el segundo al estar, que se cumple con la sola presencia como en esta cabeza que está ahí aunque no nos entregue un reconocimiento. Ser y estar en el espacio. En el acto de habitar se puede ser el actor, quien sostiene una acción, y también se puede solo estar, contar con la sola presencia. El espacio habitable está abierto a esta doble posibilidad de ser y estar en él.