La noche y su radical espacio la ausencia de luz, ahora casi imposible de percibir en forma habitual. Con la cantidad de energía con que contamos en la ciudad ha igualado en claridad operativa el día y la noche. Aún se ha se ha revertido la situación y algunos grandes interiores comerciales operan con iluminación de noche a pleno día.
Aún tenemos hoy la posibilidad de un momento inicial, estar iluminados por una vela. Esto se da al menos en dos situaciones, en las emergencias, por un corte de la energía eléctrica y en las celebraciones.
Estamos en la mesa a la hora de la cena en una de estas emergencias, y al dibujarla estamos de lleno en esta situación primera. Apenas iluminados por una vela, menos luz no nos podemos imaginar, claro que es poca luz pero deja ver muy bien lo que hay, no es una visión equívoca.
Es una mirada distinta, lo que vemos es definitivamente distinto al día o a la claridad de la iluminación eléctrica. Lo radical está en que la vela ilumina produciendo simultáneamente iluminación y penumbra, superficies iluminadas con la misma intensidad que las sombras arrojadas. La base de la vela está en una penumbra producida por ella misma, y sin embargo no la dibujo así.
En este punto caemos en la cuenta que al dibujar lo que se ve a la luz de la vela está fuertemente asistido por la memoria y no solo por lo que los ojos perciben, ya conozco el soporte de ella. Así dibujar a la luz de la vela es una lucha entre lo que efectivamente el ojo percibe como iluminado o en sombra y lo ya se conoce de aquello que se está dibujando, lo que ya se ha visto y reside en la memoria.
Aquí hay una pista de la opción tomada al iluminar con velas las celebraciones. Si en ella se quiere que esté presente todo el espacio existencial de aquello que se celebra, el arreglo del espacio con luces equivalentes a las sombras pide para ser habitado de la presencia de la memoria. Y la memoria de los objetos que nos rodean abre el campo de toda memoria que reside en el lenguaje, una forma de la celebración.