Una casa en un barrio marginal del gran Valparaíso.
Una primera ubicación, no se trata aquí de la pobreza como una virtud espiritual, como la que construyen quienes contraen un voto de pobreza, siendo ésta voluntaria, una libre opción, sino que podemos suponer que es un estado involuntario del que se quisiera salir.
Estamos aquí ante una manifestación de la pobreza a través de la forma. En ella lo primero que podemos constatar es que la pobreza no es una inexistencia material, todo lo contrario, se manifiesta como un acopio. Están presentes los vegetales sin ser un jardín, hay materiales de construcción sin ser una bodega. No está fuera del área urbana frente a ella pasan las redes de energía eléctrica y telefónica. Y sin embargo es una casa pobre, ciertamente su construcción no tiene ningún trazo que muestre un grado de libertad que manifieste una voluntad de forma, los maderos en diagonal del cerco no aparecen como un propósito ya que podría ser la deformación de uno originalmente vertical.
Así estamos ante haberes, un aromo, un eucapiptus, una higuera, un acopio de piedras, y ciertamente una casa. Estamos ante la pobreza que lo es material en la modestia de los haberes que ahí hay, pero también lo es en la densidad de habitación, este exterior aparece en un estado de descuido que se impone al no ocuparlo. La pobreza se manifiesta en una construcción que no se decide a poseer lo que tiene, siendo menos de lo que puede ser.
Los arquitectos quisieramos poder erigir una forma en cualquier circunstancia, aún en la mayor modestia lograr una plenitud, como la tenemos cotidianamente ante nosotros en el pan. Pero la plenitud del habitar no se presenta con esa misma potencia. La pobreza se presenta en un sin nombre, pero como no es una inexistencia, avanza hacia la forma reuniendo haberes, acopiando. El acopio es estar a la espera de aquel haber que le dará nombre y forma.