Una detención del bus en un largo viaje por América.
Se ofrece algo, servicios, comida y baños pero en la detención es poco se recibe como pobre.
Viajar en bus tiene su potencia en el desplazamiento, todo el constreñimiento se justifica por el avance en la distancia. Si nos acompañamos de música, la extensión se vuelve comprensible asociándola a una escena del cine.
Pero nos encontramos detenidos en un lugar con leves ofrecimientos, pero pobre en su espacialidad, a poca distancia del exterior del bus que en nada acoge. Es un espacio inhóspito, en esta circunstancia los cuerpos adoptan un gesto compensatorio, de dominio. Vamos en la extensión comprimidos pero rescatados por la velocidad, por el prodigio de la velocidad mecánica; el dominio de la energía permite acceder a la velocidad que domina las grandes distancias, suspendiendo el tiempo para lograr alcanzarlas.
Volviendo a la necesaria detención, donde se pierde la potencia de la energía desplegada en la velocidad, se diría que volvemos a la tierra de dónde veníamos. Pero no, no estamos sumidos en la tierra, habitamos la tierra. Aquí se nos muestra una abertura del habitar, que es estar distante de la tierra, habitamos en un suelo.
En esta detención nuestro cuerpo habla con su actitud, a pesar de las dimensiones de menos, o a raíz de ellas el cuerpo permanece erguido, haciendo de un bulto un asiento, para permanecer distante del pavimento, volviéndolo suelo.
Para recibir estas relaciones con la tierra y el espacio es que partimos a recorrer América.