Clase 9 Trimestre II 2009
Publicado por Alberto Cruz C. • 11 de Agosto, 2009 • Categoría: Taller de AmereidaManuel Sanfuentes: El Teorema de Rimbaud es enfrentarnos permanentemente a aquella cuestión llamada por él y por nosotros como desconocido.
Todo conocer se sustenta en un ejercicio de las facultades intelectuales (intellectus es latino); sin embargo el ánimo poético (Dichtermut) se nos aproxima o nos dice apelando en uno precisamente a una facultad cultivada en la gratitud máxima, más allá de todo conocimiento.
La poesía no nos enseña nada más que la abertura que las propias enseñanzas han de sostener. En ciertos momentos de este aprendizaje el intelecto es incapaz de desconocer, de sentirse a merced de ese presente que se nos manifiesta como una conjugación sublime entre lo con lugar y lo sin lugar.
De esta manera el ha-lugar sería encontrarse mutuamente en un común desconocerse, ahí donde el tiempo se suspende y nos corrige.
“Cuando habla un poeta adviene un silencio”; tal es el trazo que Rimbaud nos lega, aquella renuncia –más gratuita aún que su propia empresa poética, que deja a los demás en medio de la interrogante sin respuestas.
El intelecto está lejos de poder comprender esta falla; por eso Godo, para poder avanzar, recurre a la alegoría amorosa del deseo, tal cual una aventura para la naturaleza humana –la capacidad de amar.
Es el eros que nos sobrecoge y nos mueve, es él el que nos hace patente el desconocido que jamás a Rimbaud se le manifestó en plenitud (es su pecado diríaAnguita); es el misterio, dirán otros, es una pavada podría decir alguno.
Es el misterio del hombre solo que no se manifiesta si no surge una figura otra (el huésped, la mujer, el próximo, el amigo, el desconocido mismo… acaso un cualquiera), quien hará visible aquello que para Rimbaud le fue vedado; precisamente ese otro fuera de uno; el él, el otro, ese otro, estaba dentro de él mismo (yo es un otro, yo soy un otro)… por eso, acaso, ese caduco fin de poema:
“Mais plus alors”
“Pero ya no más!
Por eso es que probablemente aquel “nosotros” al que nos referimos en el Taller sea aquello que Rimbaud vislumbró; a su videncia de esa rima entre palabra y acción le hacía falta un orfebre, un artesano, un cantero, algo que le diera forma a ese desconocido planteado.
En su época, imposible; puro naturalismo y una situación decadente de la representación; había que avanzar al otro siglo para abandonar al paisaje y retomar sus delirios para darles cuerpo, y otro siglo más para reconocer totalmente ese imposible.
En cierta manera el gran análisis de Rimbaud es el del pasado… “en Grecia ta, ta tá…”, no así su presente, y su videncia puede convertirse y de echo parece así, es un sin salida que la misma palabra lo somete.
Por esta razón, si es que hay un testamento, lo hay en cuanto falta de; tal heredad que Godo nos plantea es un linaje de la palabra pura y no de las advertencias que nos privan de un verdadero habitar la gratuidad de la poesía… Rimbaud cobraba caro cada verso.
Las citas y recados en toda esta lectura que hacemos nos llevan lejos y cerca al mismo tiempo; toda palabra le habla a otra que calla en su momento; así, las múltiples e infinitas relaciones que el intelecto puede abordar parecen no suficientes para adentrarse en una cuestión poética que responde sólo a ese eros con que somos llamados como otro.
Nunca se es el mismo ante el poema y menos aún ante el silencio que él nos trae y nos retiene un momento pasajero. La poesía y expresamente ese lapso que hace dudar un instante a todo oficiante y al mismo tiempo da origen a su creatividad.
La responsabilidad de la obra no es para la poesía más que un subterfugio para acallar ese silencio que apela entre las manos la edificación de un mundo carente de todo teniéndolo todo.
Ya todo está afuera, tal es nuestro tiempo; esa delgadez de la interioridad, ese sin dentro u olvido de sí mismo.
Es el inquietante presente que pierde su presencia y su prestancia; la participación en tal presente en una ficción si no se le somete a este escrutinio del dentro y del fuera.
Acaso una tradición no se sustenta en su propio modo de ser y no ser? Es decir, en sus más íntimas contradicciones.
El poema siguiente a Devoción es uno titulado Democracia:
“la bandera cuadra con el paisaje inmundo”.
Rimbaud ya lo ha dicho: “ya no más”; su inmenso esfuerzo por detenerse, abrirse y mirarse, parece ser el gran legado.
Una heredad que quiere mostrarse a sí misma como un “ya no más”, requiere de un silencio poético que aquí aún no se hace presente; yo mismo eludo tal momento indescifrable.
“Rimbaud señala una videncia aún oculta del presente”, lo que quiere decir que, incluso, participando a plenitud del aquí y ahora, hay algo que tampoco se manifiesta nunca y jamás lo hará… tal es el desconocido y así permanecerá como tal.
